domingo, 26 de junio de 2011

Primicia de mis Vampiros

Aunque a veces creo que habló sola, ya que nadie se anima a comentar, no puedo resistir dejar la primicia de mi nueva novela de vampiros cuyo nombre sigue la temática de los cuentos de hadas, al igual que la primera.

Aquí tienen el prologo

La princesa de la torre

Antes de morir quisiera escuchar mi nombre por última vez.

No de mis labios y es que lo he pronunciado tantas veces, para llenar el vacío de mi habitación, que ha perdido su significado.

Desearía sin embargo oírlo en otra voz. Una que me recordara la identidad que la soledad trata de robarme. Una voz me llamara por mi nombre y me recordara que soy una persona además de una princesa.

Miró a la vacía oscuridad de mi habitación con una amarga sonrisa en los labios al comprender la ironía: soy una princesa pero mi vida dista de ser un cuento de hadas.

Cuando era niña soñaba con casarme con un príncipe, creyendo que era mi derecho de nacimiento, ¿Qué sabía entonces lo el destino me deparaba?

Ahora soy una princesa.

La princesa sin nombre encerrada en la torre del castillo de Bram, la prisionera innominada encerrada para siempre.

Un para siempre que termina hoy.

Ésta misma noche, en la que el castillo duerme inconsciente de lo que vaga tras sus muros, de un modo u otro finalizará mi tormento.

A fuera en la oscuridad, nada se mueve, excepto el viento que mece las hojas de los árboles y trae consigo el aroma del bosque de Slatioara a mi desolada habitación. Todo mundo duerme excepto yo, aunque no es el frio que muerde mi carne lo que me mantiene en vela. Mi mente ésta demasiado excitada ante lo que se aproxima. Tanto que me es imposible siquiera cerrar los ojos, así que aguardo en silencio, dividida entre el miedo, la esperanza y algo más.

Un oscuro sentimiento que no me atrevo a nombrar pero que mi cuerpo sediento del toque de otro anhela con la misma avidez con la que deseo la liberación que su visita puede traerme.

Debería estar acostumbrada a las cadenas, después de todo ¿que podía saber de libertad? Si siempre he estado encadenada, prisionera de mis deberes para con mi familia, de mi rango, incluso de mi sexo, porque aunque nací en la opulencia, fui criada para aceptar el mismo destino de otras mujeres: ser esposa y madre sin otra elección posible.

No era de extrañar que apenas tuve edad mi padre arreglara un matrimonio con otro Voivoda.

Mirecea De Bram, un príncipe me dijo, e ingenuamente imaginé a un gallardo joven que vendría por mí para llevarme a su castillo donde seríamos felices para siempre.

La realidad era menos conspicua, y me tomó poco tiempo comprender que en realidad mi matrimonio sólo la garantía de un tratado entre mi padre y mi esposo, porque como dirían las viejas de mi pueblo: tener un varón es una bendición, tener dos una invitación al desastre pero tener una niña es tener moneda de cambio.

Eso era lo que yo era: moneda de cambio.

Un peón en juego de poder de mi padre.

Aun así nunca pensé en negarme aun sabiendo que mi destino era vivir a la sombra como una esposa a la que no se le presta atención pero a la que se preña cada tanto para asegurar el linaje.

Soporté la brutalidad de Mircea muchas noches y a pesar de odiarlo cada recé pidiendo que el cielo me enviara un hijo.

El cielo no me escuchó. Los meses fueron pasando y día a día mi valor fue haciéndose menor, mi posición más débil.

Algunas veces incluso escuché a las sirvientas murmurar –Pobre señora–intercambiando miradas de pena.

Yo seguí con la cabeza en alto a pesar de las veces que Mircea me golpeaba por no darle el heredero que deseaba más que nada en el mundo.

Comprendí que mis días estaban contados cuando la amante de esposo, le dio lo que yo no pude.

El nacimiento de su hijo me convirtió en una paría, una esposa de la que había que deshacerse de alguna manera. Obviamente él no tuvo el valor de matarme, la alianza con mi padre pesaba lo suficiente como para ganarme un poco de tiempo.

Asi fue como terminé encerrada lejos de los ojos del mundo y me convertí en la princesa de la torre, un fantasma que aun no muere. Condenada hasta que el hambre, el aislamiento o la enfermedad se encargaran de solucionar el problema en que me había convertido.

He estado encerrada ahí durante lo que me ha parecido una eternidad pero creo que apenas ha sido poco más de un año. Los días han pasado lentamente, los he sentido arrastrarse pesados y lentos. El invierno vino y se fue dos veces pero el verano sólo una. Padecí lluvia, frío y quizás un poco de hambre pero lo peor todo era aguantar la soledad.

¡Dios! cuantas veces lloré desde el ocaso hasta el alba deseando un poco de contacto, algo tan sencillo como la sensación de una mano sobre la mía…

Muchas noches sentí la tentación de terminar con mi sufrimiento, incluso comía sin reserva los alimentos que de tanto en tanto traían a mí, deseando que hubiera veneno en ellos, hasta que comprendí que ni siquiera ese consuelo me dejaba.

No, Mircea tenía el alma retorcida, prefería orillarme a la locura para no tener mentir a mi padre así que puso a mi disposición muchas formas de terminar con mi vida: podía colgarme con las cuerdas que los sirvientes dejaban junto a mi puerta o dejar de comer o simplemente era saltar al vacío. Supongo que esa era una de las razones por las que Mircea me puso en la torre, era tan alta que la caída sería a fuerza fatal.

Poco a poco la soledad fue comiéndome por dentro, convirtiendo mi deseo de libertad en obsesión tanto que incluso la muerte era preferible a seguir soportando el encierro.

Una noche me descubrí de pie sobre el parapeto que rodeaba las almenas de la torre. No sabía cómo había llegado ahí pero tampoco me importaba, en mi mente únicamente existía el deseo irresistible de saltar al vacío, de terminar con todo

Ni siquiera era capaz de sentir el viento helado que me mordía la carne al traspasar mi exigua vestimenta.

Ciertamente le temía a la larga caída, al dolor e incluso a lo que pasaría con mi alma, si saltaba pero estaba segura que no podía seguir así.

Recuerdo que miré al cielo en donde una gran luna llena alejaba la oscuridad deseando que las tinieblas que cubrían mi alma pudieran alejarse también.

Mis labios murmuraron una oración desesperada, cerré los ojos, abrí los brazos y sentí el vértigo adueñarse de mi cabeza mientras me balanceaba precariamente al borde del abismo y…

Me detuve.

No supe por qué pero en vez de saltar dirigí mis ojos hacia los campos vacios que rodeaba el castillo.

Entonces lo vi por primera vez. Alto e imponente me miraba impertérrito de pie sobre la agostada tierra sobre la lucía pálido como la luz de la luna.

Un strigoi…un vampiro.

Una criatura maldita que sin embargo tenía la belleza de un ángel de cabellos negros y ojos que brillaban como los de las fieras.

A pesar de la distocia pude sentirlo tan cerca de mí que era como si él respirara sobre mi cuello.

Recordé las advertencias de los sacerdotes, las palabras de mis ayos, los dichos de los viejos, sabía que debía huir para salvar mi alma ya que mi vida me importaba tan poco.

No lo hice me mantuve de pie sin importar el miedo a la condena eterna sosteniéndole la mirada, entregándome a la sensación que dejaba sus fantasmales dedos sobre mi piel.

Mátame le pedí con el pensamiento rogando que acabara con mi sufrimientos.

Y a pesar de la distancia sentí, más que escuchar, su voz como un sombrío y ronco susurro que flotaba en mi mente con una única pregunta ¿Por qué?

A pesar de que él era la criatura que llevaba la maldición fui yo quien se sintió avergonzada al comprender la magnitud de mi debilidad, la docilidad que me había llevado a esa situación.

Abrumada porque en realidad no quería morir pero tampoco podía soportar seguir viviendo así.

Una violenta ráfaga hizo volar mis cabellos como una llama, el borde de mi camisón se levantó casi hasta mis caderas mientras sentía el frio de las lágrimas rodando por mis mejillas.

No pude soportarlo más, retrocedí sintiendo el deshonor a cada paso.

Esa noche supe que él vendría por mí.


¿Sé que es mucho pedir, pero alguien podría decirme que le parece?