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jueves, 31 de enero de 2013

Luna del Cazador Cap 3



—Si fuera tú le quitaría las manos de encima en este momento
Los dos yonkys se congelaron un segundo y enseguida entraron en pánico.
—!Qué coño!—Saltó sorprendido el tío que se cubría la sangrante nariz con las manos, el otro se agitó como si fuera a convulsionar.
Gracias a Dios pensó Sam, ahora por favor que alguien le quite la navaja o va a terminar por cortarme.
Los drogatas nerviosos parecían a punto de dejar todo el asunto y salir por piernas, la poli había llegado, estaban jodidos o eso creyeron hasta notar la ausencia de luces, sirenas y tíos en uniformes, la valentía regresó al comprender que nadie iba a arrestarlos.
El par giró buscando del origen de aquella voz.
—Dije que le quitaras las manos de encima—repitió monocorde el desconocido, — No es que importe, pero sería una buena idea que la dejaras ir antes de que nos conozcamos mejor —puntualizó.
Usando a la chica a modo de escudo para evitar cualquier ataque sorpresivo, los drogatas se movieron describiendo un precario y oscilante círculo.
Tres pares de ojos se dirigieron hacia una esquina en donde la oscura silueta de un hombre se perfiló al pie de un árbol del Cambridge Park.
—Es nuestra — gritó el delincuente envalentonado por la ausencia de uniformados y la obvia ventaja numérica —lo que hagamos con ella no es tu maldito asunto.
—No— concordó sensato hombre —no es mi problema...
—Lárgate de una vez —el yonki temblaba como gelatina.
—Oh mierda— el desconocido parecía verdaderamente exasperado cuando salió de entre las sombras caminado con paso firme y pausado hacia ellos—ya cambia de tonada me enfermas.
El corazón de Sam cayó al piso cuando la luz difusa de las farolas lo iluminó. Siendo adicta a las novelas románticas Sam había leído frases como “el aura de peligro que lo envolvía” y las había considerado tan usadas que resultaban poco creíbles…hasta esa noche.
El par de Yonkis eran peligrosos, sin duda, pero aquel hombre era letal. Cualquiera podía verlo.
Era tan alto que resultaba intimidante, al menos les sacaba una cabeza a los adictos. Una oscura cabellera ocultaba una parte de la cara y arrojaba sombras sobre el lado que permanecía descubierto convirtiendo sus facciones en una incógnita, la única parte visible eran sus ojos dorados como el ámbar que relucían como si el fuego ardiera en su interior. Cada movimiento de sus hombros, cada paso, dejaban ver una impresionante musculatura.
Vestido con jeans desgastados, camisa negra y una cazadora de piel, el tipo destilaba amenaza desde la melena digna de un lobo hasta la suela de sus botas de motociclista.
Y no parecía tener un solo hueso altruista en el cuerpo.
¿Sería el desconocido su salvador o un nuevo y más peligroso delincuente? ¿Por qué no podía haber llegado un oficial de policía o un par de uniformados con las armas listas? ¿Los bomberos? ¿La guardia civil?
No… tenía que ser Hannibal Leccter.
—!Vete!—Chilló nuevamente el tipo de la gabardina militar.
—Joder que repetitivo eres —respondió el hombre avanzando sin prisas pero sin pausas.
A pesar de su aparente indolencia a Sam se le erizó la piel.
No, decidió, ÉL no era Hannibal sino Dexter, un asesino encantador pero letal. Un tipo malo en más de un sentido, que sin embargo poseía magnetismo animal, la dureza de diamante en sus ojos dorados, una cualidad depredadora en cada movimiento de su enorme cuerpo y cierto júbilo por la situación, tan absolutamente fuera de lugar que causaba escalofríos. Todo ello contenido en un recipiente que hubiera convertido al Brad Pitt de Telma & Louise en un niñato de instituto.
—Ahora bien—dijo el recién llegado Brad posando levemente los dorados ojos en ella de manera impersonal. —si no quieres soltarla te pediría que tuvieras cuidado con el Parkinson tío, no creo que ella agradezca que le pongas otra sonrisa.
La mano del tipo tembló dándole la razón.
Sam tuvo la certeza de que él sólo buscaba la emoción de la pelea sin importarle si ella quedaba o no en el medio.
—Supongo que lo tienes todo bajo control. —el tipo sonrió como un tiburón.
No, por supuesto que nada estaba bajo control, ni una jodida cosa se encontraba medianamente controlada pensó Sam, y a juzgar por la forma en la que Brad le hablaba al Yonki podía jurar que lo retaba a hacerle daño.
¿Quién dijo que la caballerosidad ha muerto? Pensó con mordacidad, ¡Mierda, no se suponía que fuera así!
Dragos observó la insegura mano que sostenía el arma y vagamente se preguntó si el yonki realmente quería hacerle daño a la chica, era una posibilidad real, aunque podría tratarse de una simple una bravata. Cualquiera que fuera el caso carecía de importancia; la presencia de la chica era circunstancial.
Dragos sólo buscaba un desfogue de tensión que se acumulaba sobre su cuello como si fuera una garra invisible. Ella era— en el mejor de los casos— un medio para alcanzar un fin.
—!La cortaré!—Ladró el drogata tirando del brazo de la chica, la espalda de ésta se arqueó levantando sus pechos, la sangre corrió en un delgado hilo hasta mancharle la blusa.
La ingle de Dragos dio un tirón, sus ojos dorados se dirigieron al hilillo de sangre y sonrío despectivamente.
—¿No lo has hecho ya?, Vamos, estúpido, alégrame la noche, clava un poco más esa navaja, dame una excusa para arrancarte el cuello.
Estaba a punto de conseguir lo que tanta falta le hacía: machacar lo que se pusiera enfrente, desfogar la furia que le corroía las entrañas.  Las uñas le picaban deseando salir de sus vainas, la piel a causa del deseo de liberar al lobo de su prisión, su cuerpo tenso esperando el momento. Si poder funcionar más o menos bien significaba que debía cargarse a la escoria para sacarse la mierda de encima pues que remedio. Por lo menos haría algo útil.
Era una pena que la chica estuviera en medio. Dragos se inclinó imperceptiblemente con cada músculo de su cuerpo listo para saltar.
Deseaba evitar causar más daño del necesario pero realmente ella no era su prioridad. Avanzó un paso.
—Retrocede—dijo el tipo de cabello color paja punzando el cuello una vez más.
Un reguero rojo se unió al primero deslizándose sobre la traslucida piel. Sangre sobre porcelana. Sus instintos se agudizaron al máximo al sentir el olor metálico, el Spalvain enseñó los dientes en una sonrisa.
—¿O qué harás?— preguntó olfateando con deleite.
—La mataré —amenazó el drogadicto clavando la punta del arma un poco más. Su compañero, parado a un metro se agitó nervioso, sus piernas se movían frenéticas.
Dragos estaba seguro que se moría de ganas de pirarse se ahí. Su pico de coca —o lo que fuera que se estuviera metiendo—estaba costando más de lo que había previsto.
—¿Por qué habría de importarme?—preguntó despreocupado. La sonrisa no le llegaba a los ojos. —Hazlo, por mí puedes cortarla todo lo que quieras.
Sam no pudo evitar hacer un gesto de alarma, aunque no esperaba otra cosa de él.
A pesar de la intención que llevaban sus palabras no desataron una respuesta histérica. La chica no lloró, ni entró en pánico, simplemente lo miró con furia y resignación. Como si le cabreara comprobar que era un hijo de puta.
Que esperabas chica pensó Dragos no soy el caballero de nadie.
—Joder hermano por qué no te piras—el tipo que intentaba detener la hemorragia nasal levantó las manos manchadas de sangre e intentó explicarse con voz gangosa—sólo queremos la pasta.
—Me tiene sin cuidado—respondió sin mirar directamente a los yonkis. —yo sólo quiero…
La chica lo miró llena de irritación, temor y algo más, un sentimiento al que se enfrentaba cada mañana frente al espejo: decepción. Pura, clara y absoluta decepción reflejada en el castaño de sus ojos. Ella lo había juzgado, medido y hallado culpable.
A su pesar perdió el hilo de sus pensamientos. Su corazón se detuvo un momento antes de comenzar a latir desenfrenado.
—Simplemente preferiría que la dejaran irse antes de que nos conozcamos mejor.— retomó la plática ignorando deliberadamente el tumulto en su interior.
—Podemos compartirla —ofreció el drogata de la navaja saltando y con la voz convertida en una serie de notas disparejas —si nos dejas la pasta te daremos el primer turno.
La sensación de culpabilidad resultó desconcertantemente aplastante, como si repentinamente la seguridad de la chica se hubiera convertido en asunto suyo.
No debería importarle, después de todo, ella era solo una humana más, una con poco criterio para caminar por esas calles desoladas a las tantas de la noche. Una punzada de ira se clavó en su mente. Qué coño quería esa ingenua de él, ¿deseaba que la rescatara? ¿La salvara?
—Qué dices hermano?— preguntó el Yonki en medio del silencio de Dragos.
¿Compartirla? La idea lo hizo rechinar los dientes. Él no compartía a su mujer con nadie.
¿Mierda de donde salió eso?
Ella no significaba nada y él no era el salvador de nadie.
Lo que deseaba era simple: romperles la cara a ese par de drogatas. Abrir la represa y dejar que las aguas volvieran a nivel, por lo menos hasta la siguiente vez…
Y estaba tan jodido que ni siquiera eso podría hacer bien, sin revolver las cosas y convertir todo el asunto en un rescate al mejor estilo de Hollywood.
—¿La quieres? puedes tenerla.
Antes de poder controlar su gran boca se escuchó decir:
—No soy bueno compartiendo—Dragos se alzó de hombros— y tienes hasta tres para soltarla.
¿De dónde coño habían surgido esas palabras? Quizás era simplemente la incómoda sensación de ser juzgado o el deseo de hacer algo estúpido como ponerse entre ella y esa escoria.
—!No!— gritó el drogata envalentonado, al percibir el interés de Dragos,— tú tienes hasta tres para darme tu billetera o la mataré, lo juró,— sus manos ahora saltaban como conejos colados con anfetaminas, la punta de la navaja arañaba el cuello de la chica pero ella permanecía inmóvil.
Joder el yonki iba volando directo a un serio caso de síndrome de abstinencia, pensó Dragos, no tenía importancia, sólo debía atenerse al guion.
Ella lo enfrentó una vez más, su callada desesperación y el valor que había en sus grandes ojos whiskey hicieron cambiar el mundo de Dragos para siempre.
—Uno—se escuchó decir con esa mirada clavada en él.
El yonki se agitó sacudiéndose, su compañero miró a todas partes sin saber qué hacer.
La sonrisa de Dragos se convirtió en una mueca de autodesprecio, un gesto hecho de dientes y burla.
—Dos.
¿Ella quería un héroe? Lo tendría.
Cuidado con lo que deseas nena por que puede hacerse realidad pensó, solo que a veces obtienes algo que no esperabas.
—Vamos hermano —rogó el drogata al tiempo que daba un tirón al brazo de la chica quien no pudo evitar gemir. El sonido resonó con la fuerza de una campana en un cuadrilátero de boxeo.
Dragos no tuvo conciencia de haberse movido, hasta que golpeó con todas sus fuerzas el cuerpo del yonki al tiempo que rugía:
—Tres, y no me llames hermano.
Sam no pudo seguir los movimientos del hombre, el espacio y el tiempo se convirtieron en una serie de imágenes cambiantes antes de que todo se tornara en negro sobre negro.
El aire escapó de sus pulmones ante la fuerza con la que fue levantada del suelo. En medio del caos, perdió todo punto referencia mientras giraba sin control. Ni siquiera sintió dolor el punzante dolor de su brazo al ser arrancado de la mano de su captor.
Una vez libre, se aferró al primer objeto solido que le salió al paso, cuero, pensó vagamente, reaccionó por instinto buscando la solida y real calidez que un cuerpo desconocido le ofrecía en medio del caos.
Cuando todo terminó se encontró tendida de espaldas sobre la grama húmeda, la oscura bóveda cuajada de estrellas se extendía muy arriba e interponiéndose entre ella y el cielo, un par de ojos dorados que la miraban con total abstracción.
—Oh Dios—chilló aterrada.
—Todo lo contrario—susurró el dueño de los ojos antes de sonreír con frialdad.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Luna del Cazador 2



Samanta Kleberg —Sam para los amigos— necesitaba un príncipe azul, o al menos lo deseaba al echar llave a la puerta del Denny´s, la cafetería de la que era camarera.
No es que fuera la clase de mujer que necesita de un hombre para ir por la vida—nada más lejos de la realidad—sin embargo, por una vez deseaba sentir que podía apoyarse en alguien.
Al dar la vuelta para dirigirse al estacionamiento una ráfaga de frío la golpeó obligándola a arrebujarse en su abrigo tres tallas más grandes y a encogerse para protegerse.
El aire helado le congeló la nariz y al exhalar su aliento se condesó una nubecilla blanca frente a sus ojos.
Nevaría pronto, podía sentirlo en los huesos.
Definitivamente el clima se estaba volviendo loco, se suponía que abril era sinónimo de primavera y sin embargo tenía frío. Con cierto fatalismo levantó la muñeca para consultar el viejo y despostillado reloj de pulsera: 11.40 p.m.
Púdrete Jack pensó con ira.
Esta vez su jefe había ido demasiado lejos y la había dejado pagar las consecuencias.
Era mejor que se pusiera en marcha, si esperaba un minuto más… no harán ninguna diferencia, se dijo con abatimiento. Ya era tarde y de todos modos su piso estaba a una hora de viaje en auto.
Su reflejo en el cristal de la puerta fue brutalmente honesto con ella: cabellos castaños despeinados, la piel de su rostro pálida y el tono whiskey de sus ojos convertido en un deslucido marrón que Sam asociaba a la desesperación y el cansancio.
—Caramba Sam que mal te ves.—se dijo con humor torvo.
Suspirando se dirigió llaves en mano hacia su auto, un viejo Ford azul marino, de tercera —o cuarta— aparcado bajo un charco de luz en el vacío estacionamiento de Denny´s.
Con premura entró al viejo cacharro asegurando sus portezuelas de manera automática. Según las estadísticas el auto era uno de los sitios favoritos de los asaltantes.
Deja de pensar en tonterías Sam, no ganas nada, ahora mueve el culo y vete.
Con los ojos puestos en las oscuras siluetas del Cambridge Park, en la acera de enfrente, Sam se dio prisa por encender el auto y largarse de ahí.
Durante el día el Cambridge Park era un oasis de verdor en medio de la gris uniformidad de Boston. De noche sin embargo el lugar era siniestro, desolado y tan oscuro como la boca de un lobo.
Un escalofrío de temor le recorrió la espalda. ¿Qué hacia contemplado el lugar en vez de darse prisa?
Sintiéndose un poco a salvo introdujo la llave y giró para encender el motor pero nada ocurrió.
Simplemente, el motor se negó a arrancar. Mierda, maldijo mentalmente No te mueras desgraciado, no ahora, no aquí.
El auto estaba definitivamente en coma, el maldito no hacía ni el menor intentó por echar a andar. Un par de intentos más le dijeron que no importaba cuánto insistiera, su coche simplemente había decidido tomar una jubilación anticipada o bien ya se encontraba en el cielo de los vehículos automotores.
Para lo que le importaba.
Sam se inclinó sobre el volante apoyando la frente.
Al levantar la vista la vasta oscuridad del parque parecían tener algo de perversidad.
—Maldito Jack, eres un auténtico dolor de culo.
Piensa Sam, piensa que puedes hacer ¿es decir a parte de caminar por esas calles abandonadas a la espera de un bus que quizás nunca llegue? ¡Si no fuera porque necesito el dinero!
Sam sabía cuál era la razón —las razones, más bien—por la cual su jefe se comportaba como un cretino: sexo, poder, más una dosis grande de imbecilidad extrema.
Jack la acosaba desde el primer día en un intento bastante burdo por lograr que se acostara con él.
Sam había resistido seis agotadores meses de insinuaciones y velados magreos simplemente porque necesitaba de las propinas que ganaba para completar su exigua beca, además que el horario vespertino le permitía cumplir con su horario en la universidad.
En esos momentos Sam contemplaba la idea de mandar a Jack a la mierda detallándole al infeliz en donde podía meterse su empleo.
O quizás debería demandarlo por acoso.
Naaa… la vida ya era muy complicada para agregarle problemas sin mencionar el estado de sus finanzas cercano a la bancarrota. Por muy justificado que estuviera, Sam no podía darse el lujo de gastar en abogados.
No cuando debía pagar el alquiler y llegar a fin de mes.
Lo que en realidad necesitaba, era buscar un nuevo trabajo, las cosas se estaban poniendo pesadas y nada bueno saldría de eso.
La actitud de Jack había pasado de “que puedo hacer por ti” a “te voy a doblegar, las vas a pagar perra” y de “te llevo a tu casa” a “aun no puedes descansar” al darse cuenta que no llegaría a nada con ella.
Justo ahora estaba montado en “yo soy el jefe y tu mi esclava”
En la última semana no la había dejado tomar su descanso, ni un maldito día libre para ella en toda la semana hasta culminar con la desfachatez de dejar a Sam a cargo del local.
Resoplando para quitarse un mechón de cabellos, la chica rebuscó en su viejo bolso—que había conocido tiempos mejores —el spray pimienta para colocarlo en uno de los bolsillos del abrigo, enseguida tomó las llaves colocándolas como puntas entre los dedos de la mano y salió del auto con el corazón golpeándole fuertemente en el pecho. Al mal paso darle prisa pensó.
Mañana mismo llamaría para que lo remolcaran.
Eso sí, Sam se dio el gusto de darle una patada a la llanta trasera que le hizo más daño a ella que al moribundo auto.
Con las manos en los bolsillos del abrigo y mientras observaba sus mugrosas zapatillas deportivas echó a andar segura de que por lo menos podía correr de ser necesario.  
En realidad Denni`s no estaba en un mal vecindario, pero la hora y la cercanía al Southie no ayudaban en mucho a la seguridad, especialmente a esas horas.
Sus padres no habían dejado de machacarle que ese no era el lugar para una señorita, que los Klebberg no tenían la necesidad de trabajar para vivir y mucho menos en esas condiciones pero Sam tercamente se negaba a ceder.
Era cierto, el estrés se había convertido en un compañero constate. No era fácil lidiar con las clases, las investigaciones y ese asqueroso empleo, pero por lo menos era libre. Vivía a su manera y hacía lo que deseaba, pero lo más importante era que no volvería a estar bajo la tutela de su padre nunca más y menos se convertiría en un mueble bonito sin nada en la cabeza... como su madre.
Caminando con rapidez Sam decidió que hacerlo por el centro de la calle sería más seguro. El sonido de sus solitarios pasos reverberaba entre los edificios vacíos de otros comercios recordándole peligros sin nombre.
¡Mierda, mierda, mierda! pensó, cómo le gustaría estar ahora mismo en casa, tumbada en la cama, calentita, con sus pijamas favoritos, una taza de cacao y un buen libro en la mano.
¿A quién trato de engañar? si estuviera en casa, pensó Sam estaría trabajando en la redacción de algún trabajo para entregar mañana a primera hora. En el competitivo mundo de Harvard aun la carrera de Historia del Arte tenía una buena cantidad de investigación.
Sam gimió mentalmente al recordar las tres mil palabras sobre “La caída de la civilización etrusca y su influencia sobre el arte romano temprano” que le esperaba al llegar a casa ¡Mierda!
Su estomago hizo un fuerte ruido recordándole que no había tenido tiempo ni para comer, tendría que conformarse con un bocadillo rápido o un vaso de leche junto al fregadero, eso si tenía la suerte de haber recordado hacer las compras.
Nop, nada de eso, seguramente si quedaba algo de leche en el cartón seguramente se parecería más al queso.
Caminando a media calle entre viejos edificios que alojaban comercios durante el día y el borde del parque se prometió que al día siguiente a primera hora de la mañana buscaría un nuevo empleo, llenaría el frigorífico y en cuanto pudiera dormiría ocho horas seguidas de un tirón. Lo necesitaba, realmente.
Un ligero chasquido en la oscuridad hizo que todo el vello del cuerpo se le erizara. Durante el día era normal encontrar algún fresco que la siguiera, normalmente Sam sabía exactamente cómo comportarse pero a esas horas de la noche la situación podría ponerse bastante fea por decirlo de una forma suave.
—¡Eey— una voz pesada a la que siguió un largo y obsceno silbido que pareció rebotar entre las paredes. Curiosamente no sintió miedo sino furia, era simplemente lo que le faltaba para hacer su noche mejor. Apuró el paso intentando llegar hasta la venida Alewife, seguro que ahí habría gente. A estas alturas a Sam no le importaba si se trataba de prostitutas o simples viandantes, en su fuero interno esa esperanza, aunque banal, era suficiente para evitar que se diera la vuelta y comenzara a repartir golpes o a correr.
Un nuevo silbido se unió al primero y Sam tuvo la impresión de estar siendo cazada. Apretando los puños dentro de los bolsillos de su abrigo el tacto duro de sus llaves le dio un poco de consuelo, su rápido caminar se convirtió en un ligero trote.
El sonido de música y risas le indicó que se acercaba a algún lugar en donde habría gente y quizás incluso taxis. No es que la idea de gastar las propinas de la tarde en un taxi fuera de su agrado pero qué remedio con tal de llegar a casa a salvo.
Mantente serena, no pienses en lo que puede ocurrir, en media hora estarás a salvo en tu casa y te reirás del miedo que sientes.
El ruido de la música se hizo más fuerte, son unos cuantos metros pensó, si era lista y veloz lograría escapar.
No logró dar un paso más, una mano le rodeó la cintura, sus pies se elevaron en el aire. Sorprendida abrió la boca para gritar pero no huesuda mano le cubrió la boca y nariz.
Sam se retorció salvajemente aferrada al viejo bolso que contenía sus pertenecías como si la vida le fuera en ello. Lanzando patadas en todas direcciones intentó hacer blanco en cualquier parte del su atacante.
Un esfuerzo inútil a pesar de toda su resistencia estaba siendo arrastrada hacia la lóbrega arboleda del Cambridge Park.
La visión de las oscuras siluetas de los árboles desató una oleada de pánico.
Si la llevaban hasta ahí estaría perdida.
La adrenalina le dio fuerzas para una última y desesperada resistencia luchando salvajemente por liberarse.
El olor nauseabundo a sudor y otros desechos inundó su nariz, a duras penas logró contener el intentó de su estómago por contribuir a su lucha.
—Cálmate zorra — gruñó una voz desagradable a su izquierda, la presión de un cuerpo flaco y esmirriado acentuando la amenaza se hizo insoportable— Dame todo el puto dinero que tengas.
San sabía que no era rival para la desesperación de un tipo en busca de pasta para su dosis, pero algo dentro de ella se rebeló ante la idea de perder el dinero que con tanto esfuerzo había conseguido.
La indignación le ganó al miedo por poco.
Su escasa fuerza le bastó para enfrentar con cierto éxito al adicto, después de todo, las drogas nunca habían sido buenas para los músculos.
Fugazmente captó los ojos inyectados en sangre de un yonky. Crack o anfetaminas decidió Sam, lo que fuera le daba resistencia, sus manos nervudas se negaban a soltarla.
No, decidió Samanta, no iba a dejar que su dinero tan duramente ganado sirviera para comprar la próxima dosis de aquel desperdicio humano.
Estaba terriblemente cansada, absolutamente estresada, cabreada hasta el infinito y muy poco dispuesta a ser la víctima.
Gritó usando toda la fuerza de sus pulmones mientras daba un par de golpes en medio de frenéticos tirones a su bolso.
—Cállate— gritó otro Yonki. El ligero temblor en su voz le dijo a Sam que se acercaba peligrosamente al mono.
En el fondo Samanta sabía que era imprudente resistir. Ser inteligente significaba, hacer lo necesario, darles lo que pidieran, en pocas palabras vivir para contarlo, pero no podía, simplemente se negaba a ceder.
El yonki recién llegado era flaco como un espantapájaros, sus cabellos largos y grasientos le caían sobre un rostro con marcas de acné, vestía con una mugrienta trinchera, descartada del ejército y se movía espasmódicamente sin dejar de mirar en toda dirección nerviosamente.
—Dame el dinero puta, dámelo—chilló a voz en cuello intentando arrancarle el bolso de las manos.
—Cuando el infierno se congelé —respondió Sam pateando.
Un certero puñetazo en la mandíbula que le hizo ver estrellas, al instante le arrancó el bolso.
Dolorida y desorientada Sam aprovechó el momento de triunfo de los drogatas para escapar. Usando las lecciones aprendidas en clases de autodefensa dio un certero pisotón sobre las gastadas zapatillas del tipo para enseguida golpearle la nariz con la mano abierta haciéndolo sangrar.
—Perra — chilló el hombre llevando las manos a su rostro para intentar parar la hemorragia nasal.
Sam tuvo un momento de feroz alegría antes de sentir un brutal tirón en el brazo y el filo de una navaja contra su cuello.
—¿Quieres morir puta?—El temblor en la voz de este drogata era más pronunciado, le retorcía el brazo con saña a la vez que la punta contra su piel vibraba desequilibrada.—¿Quieres morir… eh… si?—repetía el tipo como si hablara solo.
Samanta dejó de resistir, el reguero tibio de su sangre contrastaba con la frialdad de la noche.
Ahora si tengo problemas.
Un millón de ideas se le cruzaron en la cabeza: al menos no tendré que entregar la tarea de mañana, ¿Quién cuidará a mi gata?, ¿me extrañara mamá?
Delirante creó planes desesperados de escapatoria y hasta rezó una breve plegaria rogando por ayuda, pero el más extraño de todos esos pensamientos azarosos fue  la idea de que moriría sin haberse enamorado jamás.
Voy a morir y sin haber amado
Que cliché tan estúpido y tan cierto. Sin poder remediarlo Samanta rió.