jueves, 31 de enero de 2013

Luna del Cazador Cap 3



—Si fuera tú le quitaría las manos de encima en este momento
Los dos yonkys se congelaron un segundo y enseguida entraron en pánico.
—!Qué coño!—Saltó sorprendido el tío que se cubría la sangrante nariz con las manos, el otro se agitó como si fuera a convulsionar.
Gracias a Dios pensó Sam, ahora por favor que alguien le quite la navaja o va a terminar por cortarme.
Los drogatas nerviosos parecían a punto de dejar todo el asunto y salir por piernas, la poli había llegado, estaban jodidos o eso creyeron hasta notar la ausencia de luces, sirenas y tíos en uniformes, la valentía regresó al comprender que nadie iba a arrestarlos.
El par giró buscando del origen de aquella voz.
—Dije que le quitaras las manos de encima—repitió monocorde el desconocido, — No es que importe, pero sería una buena idea que la dejaras ir antes de que nos conozcamos mejor —puntualizó.
Usando a la chica a modo de escudo para evitar cualquier ataque sorpresivo, los drogatas se movieron describiendo un precario y oscilante círculo.
Tres pares de ojos se dirigieron hacia una esquina en donde la oscura silueta de un hombre se perfiló al pie de un árbol del Cambridge Park.
—Es nuestra — gritó el delincuente envalentonado por la ausencia de uniformados y la obvia ventaja numérica —lo que hagamos con ella no es tu maldito asunto.
—No— concordó sensato hombre —no es mi problema...
—Lárgate de una vez —el yonki temblaba como gelatina.
—Oh mierda— el desconocido parecía verdaderamente exasperado cuando salió de entre las sombras caminado con paso firme y pausado hacia ellos—ya cambia de tonada me enfermas.
El corazón de Sam cayó al piso cuando la luz difusa de las farolas lo iluminó. Siendo adicta a las novelas románticas Sam había leído frases como “el aura de peligro que lo envolvía” y las había considerado tan usadas que resultaban poco creíbles…hasta esa noche.
El par de Yonkis eran peligrosos, sin duda, pero aquel hombre era letal. Cualquiera podía verlo.
Era tan alto que resultaba intimidante, al menos les sacaba una cabeza a los adictos. Una oscura cabellera ocultaba una parte de la cara y arrojaba sombras sobre el lado que permanecía descubierto convirtiendo sus facciones en una incógnita, la única parte visible eran sus ojos dorados como el ámbar que relucían como si el fuego ardiera en su interior. Cada movimiento de sus hombros, cada paso, dejaban ver una impresionante musculatura.
Vestido con jeans desgastados, camisa negra y una cazadora de piel, el tipo destilaba amenaza desde la melena digna de un lobo hasta la suela de sus botas de motociclista.
Y no parecía tener un solo hueso altruista en el cuerpo.
¿Sería el desconocido su salvador o un nuevo y más peligroso delincuente? ¿Por qué no podía haber llegado un oficial de policía o un par de uniformados con las armas listas? ¿Los bomberos? ¿La guardia civil?
No… tenía que ser Hannibal Leccter.
—!Vete!—Chilló nuevamente el tipo de la gabardina militar.
—Joder que repetitivo eres —respondió el hombre avanzando sin prisas pero sin pausas.
A pesar de su aparente indolencia a Sam se le erizó la piel.
No, decidió, ÉL no era Hannibal sino Dexter, un asesino encantador pero letal. Un tipo malo en más de un sentido, que sin embargo poseía magnetismo animal, la dureza de diamante en sus ojos dorados, una cualidad depredadora en cada movimiento de su enorme cuerpo y cierto júbilo por la situación, tan absolutamente fuera de lugar que causaba escalofríos. Todo ello contenido en un recipiente que hubiera convertido al Brad Pitt de Telma & Louise en un niñato de instituto.
—Ahora bien—dijo el recién llegado Brad posando levemente los dorados ojos en ella de manera impersonal. —si no quieres soltarla te pediría que tuvieras cuidado con el Parkinson tío, no creo que ella agradezca que le pongas otra sonrisa.
La mano del tipo tembló dándole la razón.
Sam tuvo la certeza de que él sólo buscaba la emoción de la pelea sin importarle si ella quedaba o no en el medio.
—Supongo que lo tienes todo bajo control. —el tipo sonrió como un tiburón.
No, por supuesto que nada estaba bajo control, ni una jodida cosa se encontraba medianamente controlada pensó Sam, y a juzgar por la forma en la que Brad le hablaba al Yonki podía jurar que lo retaba a hacerle daño.
¿Quién dijo que la caballerosidad ha muerto? Pensó con mordacidad, ¡Mierda, no se suponía que fuera así!
Dragos observó la insegura mano que sostenía el arma y vagamente se preguntó si el yonki realmente quería hacerle daño a la chica, era una posibilidad real, aunque podría tratarse de una simple una bravata. Cualquiera que fuera el caso carecía de importancia; la presencia de la chica era circunstancial.
Dragos sólo buscaba un desfogue de tensión que se acumulaba sobre su cuello como si fuera una garra invisible. Ella era— en el mejor de los casos— un medio para alcanzar un fin.
—!La cortaré!—Ladró el drogata tirando del brazo de la chica, la espalda de ésta se arqueó levantando sus pechos, la sangre corrió en un delgado hilo hasta mancharle la blusa.
La ingle de Dragos dio un tirón, sus ojos dorados se dirigieron al hilillo de sangre y sonrío despectivamente.
—¿No lo has hecho ya?, Vamos, estúpido, alégrame la noche, clava un poco más esa navaja, dame una excusa para arrancarte el cuello.
Estaba a punto de conseguir lo que tanta falta le hacía: machacar lo que se pusiera enfrente, desfogar la furia que le corroía las entrañas.  Las uñas le picaban deseando salir de sus vainas, la piel a causa del deseo de liberar al lobo de su prisión, su cuerpo tenso esperando el momento. Si poder funcionar más o menos bien significaba que debía cargarse a la escoria para sacarse la mierda de encima pues que remedio. Por lo menos haría algo útil.
Era una pena que la chica estuviera en medio. Dragos se inclinó imperceptiblemente con cada músculo de su cuerpo listo para saltar.
Deseaba evitar causar más daño del necesario pero realmente ella no era su prioridad. Avanzó un paso.
—Retrocede—dijo el tipo de cabello color paja punzando el cuello una vez más.
Un reguero rojo se unió al primero deslizándose sobre la traslucida piel. Sangre sobre porcelana. Sus instintos se agudizaron al máximo al sentir el olor metálico, el Spalvain enseñó los dientes en una sonrisa.
—¿O qué harás?— preguntó olfateando con deleite.
—La mataré —amenazó el drogadicto clavando la punta del arma un poco más. Su compañero, parado a un metro se agitó nervioso, sus piernas se movían frenéticas.
Dragos estaba seguro que se moría de ganas de pirarse se ahí. Su pico de coca —o lo que fuera que se estuviera metiendo—estaba costando más de lo que había previsto.
—¿Por qué habría de importarme?—preguntó despreocupado. La sonrisa no le llegaba a los ojos. —Hazlo, por mí puedes cortarla todo lo que quieras.
Sam no pudo evitar hacer un gesto de alarma, aunque no esperaba otra cosa de él.
A pesar de la intención que llevaban sus palabras no desataron una respuesta histérica. La chica no lloró, ni entró en pánico, simplemente lo miró con furia y resignación. Como si le cabreara comprobar que era un hijo de puta.
Que esperabas chica pensó Dragos no soy el caballero de nadie.
—Joder hermano por qué no te piras—el tipo que intentaba detener la hemorragia nasal levantó las manos manchadas de sangre e intentó explicarse con voz gangosa—sólo queremos la pasta.
—Me tiene sin cuidado—respondió sin mirar directamente a los yonkis. —yo sólo quiero…
La chica lo miró llena de irritación, temor y algo más, un sentimiento al que se enfrentaba cada mañana frente al espejo: decepción. Pura, clara y absoluta decepción reflejada en el castaño de sus ojos. Ella lo había juzgado, medido y hallado culpable.
A su pesar perdió el hilo de sus pensamientos. Su corazón se detuvo un momento antes de comenzar a latir desenfrenado.
—Simplemente preferiría que la dejaran irse antes de que nos conozcamos mejor.— retomó la plática ignorando deliberadamente el tumulto en su interior.
—Podemos compartirla —ofreció el drogata de la navaja saltando y con la voz convertida en una serie de notas disparejas —si nos dejas la pasta te daremos el primer turno.
La sensación de culpabilidad resultó desconcertantemente aplastante, como si repentinamente la seguridad de la chica se hubiera convertido en asunto suyo.
No debería importarle, después de todo, ella era solo una humana más, una con poco criterio para caminar por esas calles desoladas a las tantas de la noche. Una punzada de ira se clavó en su mente. Qué coño quería esa ingenua de él, ¿deseaba que la rescatara? ¿La salvara?
—Qué dices hermano?— preguntó el Yonki en medio del silencio de Dragos.
¿Compartirla? La idea lo hizo rechinar los dientes. Él no compartía a su mujer con nadie.
¿Mierda de donde salió eso?
Ella no significaba nada y él no era el salvador de nadie.
Lo que deseaba era simple: romperles la cara a ese par de drogatas. Abrir la represa y dejar que las aguas volvieran a nivel, por lo menos hasta la siguiente vez…
Y estaba tan jodido que ni siquiera eso podría hacer bien, sin revolver las cosas y convertir todo el asunto en un rescate al mejor estilo de Hollywood.
—¿La quieres? puedes tenerla.
Antes de poder controlar su gran boca se escuchó decir:
—No soy bueno compartiendo—Dragos se alzó de hombros— y tienes hasta tres para soltarla.
¿De dónde coño habían surgido esas palabras? Quizás era simplemente la incómoda sensación de ser juzgado o el deseo de hacer algo estúpido como ponerse entre ella y esa escoria.
—!No!— gritó el drogata envalentonado, al percibir el interés de Dragos,— tú tienes hasta tres para darme tu billetera o la mataré, lo juró,— sus manos ahora saltaban como conejos colados con anfetaminas, la punta de la navaja arañaba el cuello de la chica pero ella permanecía inmóvil.
Joder el yonki iba volando directo a un serio caso de síndrome de abstinencia, pensó Dragos, no tenía importancia, sólo debía atenerse al guion.
Ella lo enfrentó una vez más, su callada desesperación y el valor que había en sus grandes ojos whiskey hicieron cambiar el mundo de Dragos para siempre.
—Uno—se escuchó decir con esa mirada clavada en él.
El yonki se agitó sacudiéndose, su compañero miró a todas partes sin saber qué hacer.
La sonrisa de Dragos se convirtió en una mueca de autodesprecio, un gesto hecho de dientes y burla.
—Dos.
¿Ella quería un héroe? Lo tendría.
Cuidado con lo que deseas nena por que puede hacerse realidad pensó, solo que a veces obtienes algo que no esperabas.
—Vamos hermano —rogó el drogata al tiempo que daba un tirón al brazo de la chica quien no pudo evitar gemir. El sonido resonó con la fuerza de una campana en un cuadrilátero de boxeo.
Dragos no tuvo conciencia de haberse movido, hasta que golpeó con todas sus fuerzas el cuerpo del yonki al tiempo que rugía:
—Tres, y no me llames hermano.
Sam no pudo seguir los movimientos del hombre, el espacio y el tiempo se convirtieron en una serie de imágenes cambiantes antes de que todo se tornara en negro sobre negro.
El aire escapó de sus pulmones ante la fuerza con la que fue levantada del suelo. En medio del caos, perdió todo punto referencia mientras giraba sin control. Ni siquiera sintió dolor el punzante dolor de su brazo al ser arrancado de la mano de su captor.
Una vez libre, se aferró al primer objeto solido que le salió al paso, cuero, pensó vagamente, reaccionó por instinto buscando la solida y real calidez que un cuerpo desconocido le ofrecía en medio del caos.
Cuando todo terminó se encontró tendida de espaldas sobre la grama húmeda, la oscura bóveda cuajada de estrellas se extendía muy arriba e interponiéndose entre ella y el cielo, un par de ojos dorados que la miraban con total abstracción.
—Oh Dios—chilló aterrada.
—Todo lo contrario—susurró el dueño de los ojos antes de sonreír con frialdad.