martes, 7 de junio de 2011

Una historia de la Selva


He retomado una novela que tuve olvidada por casi tres años, aun no tiene titulo así que provisionalmente la llamo Jaguar.
Se me ocurrió después de que alguien a quien quiero mucho regresó de Costa Rica tras un viaje de estudios.
Es una historia de amor y lucha en plena selva en donde vivir cuesta y morir es tan fácil como no prestar atención.
Les dejo el prologoy ojala alguien me diera una opinión

Prologo
—¿Cuándo va a venir mamá?
La vocecita de Diego hizo que Isabel mirara hacia donde las llamas iluminaban el cielo de la noche. Su casa, su cama, sus cosas todas ardían en ese momento alimentando ese fuego.
—Mamá no va a volver – murmuró con voz apagada.
Esperaba que su hermanito comenzara a llorar pero Diego solo asintió.
—¿Papá?
Esta vez fue Rodrigo el otro gemelo quien preguntó.
—Tampoco —respondió estoica Isabel.
Rodrigo abrió sus grandes ojos verdes y cabeceo como si comprendiera la enormidad de su tragedia, pero Isabel sabía que no.
En un instante de pánico se sintió absolutamente sola y totalmente desvalida ¿Cómo podría hacerse cargo de sus hermanos? No estaba preparada, no estaba lista, apenas tenía ocho años.
La selva se los tragaría y los tres morirían ahí.
Quizás debía haberse quedado en la casa, así por lo menos el fin hubiera sido más rápido, pero mamá le había dicho que corriera y papá le gritó que mantuviera a salvo a los gemelos y ella lo había hecho.
Así que Izza había tomado de la mano a Diego y a Rodrigo sus hermanos gemelos de tres años y los tres corrieron sin mirar atrás, escondiéndose mientras su vida que conocían se convertía en un infierno.
Isabel pensó en los hombres que había llegado en la mañana. Su padre la había enviado a jugar con sus hermanos fuera de la casa para alejarla, pero ella se las había arreglado para espiar escondida bajo una ventana
Estévez…Izza recordó el nombre.
Un tipo grande y sucio. A ella le había disgustado desde el primer momento, no era una buena persona, hasta ella podía verlo, demás olía mal y…
Izza recordó la forma en la que había mirado a sus hermanitos y una vez más el cabello de la nuca se le erizó.
A papá tampoco le había gustado y menos cuando le dijo que quería sus tierras…
Cerró los puños rabiosa al recordar sus voces airadas.
—¿Iza que le pasa a tus manos? – preguntó Diego.
Izza miró hacia donde sus manos estrujaban la falda del pequeño vestido azul. No se sorprendió al descubrir cambios en su piel.
El tono parejo de su piel se había convertido en una serie de manchas que parecían latir, levantó las palmas y las hizo girar. Sus uñas tenían ahora el triple del tamaño.
—No pasa nada.— dijo y se obligó a relajarse antes de acariciar el cabello de su hermanito –es un secreto que papá me contó.
Sus hermanitos la miraron con admiración. La garganta se le cerró al pensar en lo que vendría.
Sus hermanos morirían y no había mucho que ella pudiera hacer… excepto…
Izza tuvo una idea, desesperada y loca pero era lo único a lo que ppodía sujetarse ahora.
—¿quieren ver algo divertido? – preguntó
Los gemelos la miraron y asintieron sonriendo
—¿prometen que no se lo dirán a nadie?
Dos caritas idénticas asintieron solemnes.
—Lo prometo – dijo Diego.
—Lo prometo –repitió Rodrigo.
Ella sonrió aunque el corazón la golpeaba con furia en el pecho. Se alejó un paso de los niños y cerró los ojos para recordar lo que su padre le había dicho:
Respirar…
Izza llenó sus pulmones obligándose a relajarse.
Escuchar el llamado de lo salvaje, el sonido de la vida, miles de criaturas que respiraban, se arrastraban y aguardaban en torno a ellos sin que antes se percatara de su existencia.
Respirar…
Sintió vértigo cuando los sonidos y olores giraron enloquecidos, cayó de rodillas tratando de no entrar en pánico. Sintió las nauseas llenar su vientre, la amargura de la bilis en la boca, el latido desesperado de su corazón.
Supo que lo había logrado cuando escuchó el jadeo asombrado de sus hermanitos. Trató de decirles que se callaran pero su voz salió convertida en un gruñido.
Izza apoyo las manos sobre la tierra sintiendo como el vestido se aflojaba. Sus uñas convertidas en garras se clavaron en la tierra.
Cuando abrió los ojos, los gemelos la miraban con admiración y miedo. Izza sonrió mentalmente agitando la cabeza y la cola.
Los gemelos parecieron sentir su sonrisa y correspondieron extendiendo las manitas hacia ella.
Quizás tenían una oportunidad después de todo…papá siempre había dicho que no debía usar el secreto.
Pero él ya no estaba y la vida tenía que seguir.