domingo, 17 de junio de 2012

Lamento de un Vampiro I


Dejé que el dolor mordiera mis venas,
hasta arrancar mi esencia,
que la angustia devorara mi alma y mi corazón,
convirtiendo mi pecho en el vacío.
Dejé que me llenaran la boca de sal y de cenizas,
que las tinieblas me arrastraran, del cabello,
a profundos y lóbregos abismos
donde reinaba el sufrimiento.
Dejé que me hicieran daño,
bajé los brazos, rendí mi cérvix,
cerré los ojos para no ver,
el oído tapié para no oír.
sufrí con el alma encadenada,
manos quietas, piernas rotas,
boca abierta, como fosa no ocupada.
El tiempo se hizo eones,
la lluvia y el olvido lavaron los recuerdos,
más no el pecado.
El viento cantó sobre mi tumba,
canciones de nostalgia y desarraigo,
nieve y sol, calor y miedo,
eternidad de estaciones trastocadas,
mientras la muerte, a  mi muerte cortejaba.
Hasta que el abismo fue tan hondo y tan oscuro,
la soledad pudo más que los recelos,
y a la muerte tomé como amante,
amada, esposa y suerte.
me alimenté de su esencia,
e inmortalmente muerto en vida,
imaginé vencer el hierro,
que atarme a la tierra pretendía.
No sé si soy  o sueño,
vampiro hecho de sangre, ansia y muerte,
o corrupto cadáver que divaga,
o quimera siniestra,
o un triste fantasma,
más sé que ahora soy libre
o nada.
Malena Cid
2012©Todos los derechos reservados.

sábado, 16 de junio de 2012

Lucía Maller Capitulo 3


Perderse en las emociones no es buena idea estando viva, el riesgo de dejarse ganar por la pasión y hacer algo estúpido es enorme.
Muerta es aun peor.
Mi estallido no fue liberador sino al contrario, al no tener la restricciones que la física impone, el espíritu queda a merced de la fuerza de las emociones incapaz de sujetarse a nada.
Me tomó un tiempo rehacerme, por darle nombre al proceso lento y doloroso de tomar conciencia de mi misma, el suficiente para que el escenario cambiara. 
La policía y toda su parafernalia habían desaparecido, al igual que mi cuerpo y en mi antigua habitación tan solo quedaban las huellas de lo que fue y ya no era.
La tarde caía y la moribunda luz del ocaso formaba sobras alargadas sobre el piso manchado con…
Mi sangre.
lo supe al instante pero rechacé cualquier sentimiento de autocompasión, no ganaba nada revolcándome en mi miseria. A duras penas había salido de un estallido emocional, no quería caer en otro de nuevo y menos tan pronto.
No tener cuerpo tiene sus ventajas, la más obvia en ese momento era la ausencia de olores. Ya era malo ser testigo de una parte de la descomposición para, además, soportar el hedor.
Tratando de no mirar y aunque parezca cosa de locos, tampoco pisar las manchas, decidí que no ganaba nada con permanecer ahí. En vida me la pasaba encerrad en esas cuatro paredes, ahora tenía el menor deseo de repetir el patrón.
Lo cual me planteaba una extraña disyuntiva a donde ir o más extraño ¿a qué?
La imagen del detective O,Connor apareció ante mis ojos, clara y nítida como solo puede serlo la realidad y antes de ser capaz de comprender como, me encontré de pie en medio de un salón lleno de escritorios, polis y delincuentes y algo más.
Algo que me habría quitado – y no de buena manera —el aliento… de tenerlo.
Si… así es, me tomó un instante comprender que la multitud que se congregaba en aquel reducido espacio, atestando cada centímetro disponible en una espeluznante manifestación de desesperación, tenían más en común conmigo que con O´Connor.
Almas…
Decenas, o quizá cientos, miraban con ojos ausentes y expresión, vacua al circo de tres pistas que era el precinto policial.
Mi padre estaba equivocado— como siempre— el infierno existía y ésta, debía ser la antesala, pues tanto dolor y desesperación no podían venir de otra parte que no fuera el lugar maldito.
Pensamientos dispersos y erráticos se agolparon en mi mente al contemplarlos. Hombres, mujeres, niños, niñas, seres de todas las edades, tiempos, clase y condición social se agitaban en el ensordecedor silencio de las almas en pena.
¿Yo era una de ellas?…
Innumerables manos se sujetaron a mis hombros, las percibí todas, grandes, pequeñas, suaves, rudas. Al principio lo sentí casi como una bienvenida a la hermandad de la que ya formaba parte, y por un breve instante, tuve la idea de dejarme caer en el extraño abrazo.
Sería tan fácil hacerlo, tan simple renunciar a mi dolor al miedo y quedarme como un testigo silencioso…desaparecer
¡No!... no, y no. yo no pertenecía a ese lugar, no me quedaría enganchada a ese terrorífico tapiz.  Luché contra el horror recurrente de sentirme atrapada en algo oscuro e irreversible que sacaba fuerzas de mi desesperación, pues mientras más me agitaba, aquellas manos anónimas se volvían más fuertes, frías, reales, extrañamente más…  vivas.
—No…no…no…— grité, ordené y gemí.
No hubo otra respuesta que una corriente de silencioso regocijo, frio y letal como una hoja de acero al morder la carne.
Sentí lagrimas correr por mis mejillas aunque sabía que era imposible. Los muertos no lloran… ¿O sí?
—¿Por qué sigo aquí?— pregunté finalmente dejándome arrastrar.
Afortunado error…
Mi primera lección de etiqueta fúnebre vino con esa sencilla expresión, pues bastaron apenas unas cuantas palabras para hacer que la silenciosa pero violenta, aglomeración de taciturnos espíritus se apartara.
Un millón de voces, desaparecidas desde hacía mucho, murmuraron, gimieron y lloraron penas y amenazas que no conocía y tampoco deseaba conocer.
Decidí en ese momento que las preguntas existenciales no eran para los muertos. Lo mejor era dejar la filosofía a los vivos, pues a los muertos solo les importaba el descanso que les estaba negado.
Igual que a mí.
Era el momento de escapar, ahora que los silenciosos eran presa de sus sufrimientos individuales, antes de que algún detalle los hiciera reaccionaran y se acordaran de mi y de conciencia, individualidad y energía de la que parecían querer alimentarse.
Muerta si, estúpida no.
Del mismo modo en que deseé ver a O´Connor, imagine mi propio cuerpo con el único deseo de escapar y si creía que saliendo de ahí  las cosas no podían ir peor…pues, temo que me equivoqué porque lo siguiente en aparecer frente a mis ojos, fue mi propio corazón sobre una balanza ensangrentada.
Seguramente hice algo muy malo cuando estaba viva, aunque no podía recordar que.
Definitivamente karma is a bitch…

martes, 12 de junio de 2012

Memorias de una chica mala (capitulo 3)


Algunos recuerdan la escuela como la etapa más feliz de la vida y cuando se les pregunta, dicen que harían cualquier cosa por volver, nunca le he encontrado sentido a esa afirmación.
La preparatoria no fue una etapa feliz, al contrario, la sentía como algo cercano al infierno, así que preferiría que me arrastraran cuatro caballos salvajes que volver a pasar por ella.
Es decir, ¿Por qué coño volvería al punto en donde, además del absoluto desastre que era mi vida familiar, tenía que lidiar con las personalidades retorcidas y malévolas de mis compañeros?
La respuesta es simple: por nada del mundo.
En aquel entonces, mi propio ego era una cosa frágil y quebradiza que me empeñaba en esconder tras una gruesa coraza de cinismo.  Es decir, no es que las palabras y actitudes de rechazo no me hirieran, sino que siempre me las arreglaba para esconder mi dolor, usando una actitud de “me vale madre”
Además de la autodefensa había un gran componente de rebeldía en mi actitud. A pesar de sentirme una anormal me negaba a someterme a las imposiciones dictadas por la moda.
En la prepa o instituto – como quieran llamarle- siempre hay entes lastimosos empeñados en integrarse al hato y por lo tanto capaces de hacer cualquier cosa por conseguir aceptación.
Nunca fui de esos.
Supongo que a cierto nivel deseaba lo mismo, sin embargo íntimamente comprendía que mis gustos y aficiones nunca serían comprensibles ni aceptables para, la descerebrada y conformista, masa de chicos con la que a fuerza tenía que tratar.
Para mi resultaba más simple decir: “Ve a saludar a tu hetaira progenitora” que era mi manera florida de mandarlos a joder con – y a- su madre, que tratar de ponerme a nivel y desconectar mi cerebro para ser capaz de interactuar la manada y hablar de música Pop o sobre los guapos de la clase, que en mi opinión brillaban por su ausencia.
Que puedo decir… tenía- más bien tengo- gustos raros.
Me encanta la literatura del siglo de oro, cuando era adolescente, algunas veces incluso repetía partes de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, como un mantra que me ayudaba a pasar los tragos amargos del día.
Además amaba escuchar a Nine Inch Nails, , lo que junto con el maquillaje oscuro y el código de vestimenta tirando a dark no me convertían en la reina del baile.
Académicamente tampoco sobresalía mucho, sin falsa modestia puedo decir que era una chica muy inteligente, aunque no muy lista.
En mi, lo que ahora los psicólogos llaman inteligencia emocional, brillaba por su ausencia en mi personalidad. Supongo, de nueva cuenta, que era asunto de las hormonas, pues se me hacía mucho más fácil- y más satisfactorio- emprenderla a golpes que usar mi habilidad verbal para despellejar.
Con esos antecedentes no es de extrañar que mi vida se desarrollara al margen, de la sociedad, por así decirlo. Hubiera sido la victima perfecta de bulling –  conducta que para cuando estudie no tenía nombre –a no ser por mi reputación de salvaje que me había conseguido un margen de respeto.
El mismo que se les da a los locos.
Sin embargo a Alex no parecía hacerle meya mi oscura notoriedad.  Tras el fracaso inicial, decidió tomarse las cosas con calma, sin quitar el dedo del renglón.
De un modo u otro me incitaba a participar en sus clases.
Al principio no me lo tomé bien, por dos razones, la primera era que estaba más que acostumbrada a ser ignorada.
La segunda es que hasta el día de hoy padezco lo que mi madre llama “Conflicto de autoridad”, es decir, me enferma, encabrona, cabrea, emputa y otra gran cantidad de palabras soeces, que me den órdenes.
-Naciste para ser jefa – aun dice mi vieja, con voz dulce y sonríe como si al cabo de los años ese defecto se hubiera convertido en virtud.
Alex, que en realidad era un hombre de lo más intuitivo, decidió apelar a la curiosidad en vez de utilizar la fuerza o de aplicarme el código de silencio.  Día a día, clase a clase, se dedicó a retar mi incipiente confianza intelectual con problemas matemáticos que fueron escalando en complejidad.
Al principio ni siquiera me di cuenta de lo que pretendía, cegada por el rencor, la mala leche y otros tantos sentimientos incomprensibles e inmanejables para la adolescente que aun era, respondía a sus preguntas del peor modo posible, sin desanimarlo.
Impasible ante mis desplantes, Alex seguía haciéndome preguntas en un tono que, sugería un desafío a mi inteligencia aunque nadie más parecía percibirlo de ese modo.
a causa de mi inmadurez, sentía cualquier reto del mismo modo que un toro percibe un trapo rojo: como una oportunidad para atacar, y así casi sin darme cuenta una tarde me encontré, lápiz en mano, trabajando y obligando a mi mente enfocarse en algo diferente a los malsanos miasmas de la realidad para abrirse a una idea que no había contemplado: yo era realmente buena en mate.

viernes, 8 de junio de 2012

Una entre tantas...

Buen día, (o noche) Padre de la creación,
aunque tal vez deba llamarte madre,
puesto que de ti nací.
soy yo, Malena,
y Amparo y Joana y Emilia, y Carola,
e Irene y Eva y María y Sonia y Luisa
y tantas más,
simplemente una mujer como todas,
imaginada mucho antes de existir,
para ser deshecha apenas la idea sea completa.
Soy una estela de espuma en el océano del tiempo,
jardín salvaje en medio del sembradío,
pluma sencilla que es parte de un colorido plumaje,
Soy un rostro anónimo en una multitud,
solitario hilo en el tapiz de la vida,
sin el cual la trama entera, carecería de sentido.
Soy renuente estrella escondida a plena vista,
el verdor de una sola hoja en un magno follaje.
Soy lo que soy, y en éste día (o noche) de calma,
 te pido, padre,
(o madre):
La fuerza para seguir siendo, lo que has dispuesto sea:
Una, entre tantas otras,
Otra, entre tantas unas,
múltiple y original,
irreemplazable y  redundante a la vez,
niña de la creación, de la luz y de la vida,
del caos y la noche.
En dos palabras padre,
(o madre):
tu hija.
Malena Cid
2012©Todos los derechos reservados.

lunes, 4 de junio de 2012

Lucía Maller Cap 2


Mientras vivía escuché decir muchas cosas sobre la muerte, mi abuela hablaba de un paraíso donde -con la excepción de mi padre, quien por el contrario, aseguraba que, al estirar la pata (su eufemismo fúnebre favorito) todo terminaba. - la familia estaría juntas y feliz para toda eternidad.
Los dos estaban equivocados, tras mi muerte no encontré el paraíso que la abuela prometía, ni hubo coros de ángeles, túneles de luz o cosa parecida. Papá tampoco acertó porque no desaparecí, ni perdí la conciencia  ni me esfumé en la nada, al contrario, seguí siendo yo, Lucía Maller la misma patética criatura de siempre.
La realidad es que la muerte se parece a la vida o para explicarlo (de la manera más concreta que se me ocurre) estar muerta es como estar viva en un plano diferente.
Tal vez pareciera que trivializo el asunto, pero ¿Qué más puedo hacer? temo que, si profundizo en mis sentimientos perder la razón, ya tengo suficiente con adaptarme a no respirar, como para agregar locura a la ecuación.
Por el momento, me va mejor no pensar en mi nuevo estado y es que algunas veces la realidad puede ser más aterradora que la misma muerte.
No es que no comprenda la enormidad del hecho, es sólo que no encuentro palabras para describirlo, mis emociones al igual que en vida, no tienen una forma concreta, son más bien capas y mezclas incomprensibles, porque aun ahora, la verdadera naturaleza del odio, el amor o la indiferencia siguen siendo un misterio.
Sin embargo, a pesar del temor, a pesar incluso del riesgo de la locura, siento la indeseada y al tiempo inevitable necesidad de saber.
Se dice que el conocimiento es poder, pero justo ahora no lo siento así, saber es temer. No tanto quien me hizo esto, sino el porqué, que es, en última instancia la pregunta más difícil de responder y de la que no puedo huir.
Sé, de cierto, que alguien terminó con mi vida. Un ser, digámosle humano, me puso en ésta condición, de la que me es imposible escapar. Saber quien, no cambiará las cosas, pero… saber seria un comienzo.
Imagino que si consiguiera recordar mis últimas horas, tendría la imagen de mi asesino, tal vez hasta un nombre, lo que me haría más fácil responder a la pregunta que ahora me atormenta: Por qué.
En el poco tiempo que llevo de muerta (si tuviera tráquea me atragantaría al decirlo) no he podido pensar en otra cosa.
¿Hice algo malo? ¿Hablé con la persona equivocada? O ¿Quizás fue simplemente mala suerte?
Esa es la parte que ignoró y que me causa aun más repulsión que mirar mis despojos desde fuera me doy cuenta, no sin cierta furia que muerta soy aun más lastimera.
El rojo teñido de mi cabello, luce ahora más sucio y desaliñado que de costumbre, tengo la piel del color de la ceniza, fría y llena de laceraciones que ya no curaran, aunque todavía llevo el esmalte azul que le puse a mis uñas el jueves… ¿El viernes?…o ¿Qué día es hoy?
No lo sé, mi precepción del tiempo parece tan alterada como mi estado físico, soy incapaz de recordar o situarme y comprender si es día o noche, primavera o verano, aunque podría ser primavera y verano, otoño e invierno, abril y junio, todo a la vez.
De cualquier manera no importa.
Como tampoco importa la falta de modestia de mis desgarradas ropas: la camiseta negra con la imagen de una virgen parece un trapo mugriento que cuelga de mis hombros, los viejos y desteñidos jeans tienen más raspones de los que recordaba, he perdido una de mis zapatillas Coverse y la otra está cubierta con algo que puede ser sangre, vomito… o las dos cosas.
Sentiría asco por lo que fui, pero no puedo, aunque tampoco hay pudor, ese ha desaparecido y tan sólo queda la pena.
Miro la cascara vacía que fue mi cuerpo, casi sin reconocerme. La vida abandonó mis ojos, que ahora, glaucos y fríos, fijan la mirada ciega en algún lejano punto.
Sentí la rabia más abyecta descender sobre mí como un sudario mojado y frio.
Es cierto, yo no era una supermodelo, ni una científica de altos vuelos… ni una madre. Nunca había hecho grandes cosas – y ya nunca las haría- pero estaba viva, tenía un cuerpo que, sin ser el epitomé de la belleza femenina, por lo menos, era mío, un corazón que latía en mi pecho, ojos, manos, piel y si bien no era la gran cosa, tenía un futuro, patético o grandioso, nunca lo sabría, porque alguien cegó de golpe.
¡No era justo!
No lo era…
¡No!...
La ira se acumuló en mi pecho, solida y fría como un bloque de hielo que me aplastaba hasta convertirme en simple oscuridad. El dolor que me atravesó fue repentino y brutal que habría perdido el aliento… de tenerlo.
Nunca antes en vida sentí una emoción con tan horrenda pureza. y puesto que mi ser estaba -por decirlo de algún modo-en carne viva no había manera de escapar, ni arrinconar el sufrimiento en algún pequeño espacio de mi mente o encerrarme a mi misma ahí y cambiar la desesperación por un dolor físico, puesto que el cascaron vacío de mi cuerpo ya no me permitiría esa forma de evasión.  
Un grito de rabia y agonía estalló en mis labios, incontenible y sangriento como la flor roja que desgarraba mí pecho. Un alarido de muerte, hecho por la muerte misma, reverbero en las agrietadas paredes, agito las grasosas cortinas de una habitación que ya no era mía e hizo vibrar la superficie del agua que se acumulaba sobre los platos sucios.
El mundo entero pareció estremecerse alrededor pero ninguno de los vivos, a excepción del detective d O´Connor y el perro de la unidad k-9, fueron capaces de sentir el impacto de mi desesperación.
¿Qué coño era aquello de descansar en paz?