martes, 12 de junio de 2012

Memorias de una chica mala (capitulo 3)


Algunos recuerdan la escuela como la etapa más feliz de la vida y cuando se les pregunta, dicen que harían cualquier cosa por volver, nunca le he encontrado sentido a esa afirmación.
La preparatoria no fue una etapa feliz, al contrario, la sentía como algo cercano al infierno, así que preferiría que me arrastraran cuatro caballos salvajes que volver a pasar por ella.
Es decir, ¿Por qué coño volvería al punto en donde, además del absoluto desastre que era mi vida familiar, tenía que lidiar con las personalidades retorcidas y malévolas de mis compañeros?
La respuesta es simple: por nada del mundo.
En aquel entonces, mi propio ego era una cosa frágil y quebradiza que me empeñaba en esconder tras una gruesa coraza de cinismo.  Es decir, no es que las palabras y actitudes de rechazo no me hirieran, sino que siempre me las arreglaba para esconder mi dolor, usando una actitud de “me vale madre”
Además de la autodefensa había un gran componente de rebeldía en mi actitud. A pesar de sentirme una anormal me negaba a someterme a las imposiciones dictadas por la moda.
En la prepa o instituto – como quieran llamarle- siempre hay entes lastimosos empeñados en integrarse al hato y por lo tanto capaces de hacer cualquier cosa por conseguir aceptación.
Nunca fui de esos.
Supongo que a cierto nivel deseaba lo mismo, sin embargo íntimamente comprendía que mis gustos y aficiones nunca serían comprensibles ni aceptables para, la descerebrada y conformista, masa de chicos con la que a fuerza tenía que tratar.
Para mi resultaba más simple decir: “Ve a saludar a tu hetaira progenitora” que era mi manera florida de mandarlos a joder con – y a- su madre, que tratar de ponerme a nivel y desconectar mi cerebro para ser capaz de interactuar la manada y hablar de música Pop o sobre los guapos de la clase, que en mi opinión brillaban por su ausencia.
Que puedo decir… tenía- más bien tengo- gustos raros.
Me encanta la literatura del siglo de oro, cuando era adolescente, algunas veces incluso repetía partes de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, como un mantra que me ayudaba a pasar los tragos amargos del día.
Además amaba escuchar a Nine Inch Nails, , lo que junto con el maquillaje oscuro y el código de vestimenta tirando a dark no me convertían en la reina del baile.
Académicamente tampoco sobresalía mucho, sin falsa modestia puedo decir que era una chica muy inteligente, aunque no muy lista.
En mi, lo que ahora los psicólogos llaman inteligencia emocional, brillaba por su ausencia en mi personalidad. Supongo, de nueva cuenta, que era asunto de las hormonas, pues se me hacía mucho más fácil- y más satisfactorio- emprenderla a golpes que usar mi habilidad verbal para despellejar.
Con esos antecedentes no es de extrañar que mi vida se desarrollara al margen, de la sociedad, por así decirlo. Hubiera sido la victima perfecta de bulling –  conducta que para cuando estudie no tenía nombre –a no ser por mi reputación de salvaje que me había conseguido un margen de respeto.
El mismo que se les da a los locos.
Sin embargo a Alex no parecía hacerle meya mi oscura notoriedad.  Tras el fracaso inicial, decidió tomarse las cosas con calma, sin quitar el dedo del renglón.
De un modo u otro me incitaba a participar en sus clases.
Al principio no me lo tomé bien, por dos razones, la primera era que estaba más que acostumbrada a ser ignorada.
La segunda es que hasta el día de hoy padezco lo que mi madre llama “Conflicto de autoridad”, es decir, me enferma, encabrona, cabrea, emputa y otra gran cantidad de palabras soeces, que me den órdenes.
-Naciste para ser jefa – aun dice mi vieja, con voz dulce y sonríe como si al cabo de los años ese defecto se hubiera convertido en virtud.
Alex, que en realidad era un hombre de lo más intuitivo, decidió apelar a la curiosidad en vez de utilizar la fuerza o de aplicarme el código de silencio.  Día a día, clase a clase, se dedicó a retar mi incipiente confianza intelectual con problemas matemáticos que fueron escalando en complejidad.
Al principio ni siquiera me di cuenta de lo que pretendía, cegada por el rencor, la mala leche y otros tantos sentimientos incomprensibles e inmanejables para la adolescente que aun era, respondía a sus preguntas del peor modo posible, sin desanimarlo.
Impasible ante mis desplantes, Alex seguía haciéndome preguntas en un tono que, sugería un desafío a mi inteligencia aunque nadie más parecía percibirlo de ese modo.
a causa de mi inmadurez, sentía cualquier reto del mismo modo que un toro percibe un trapo rojo: como una oportunidad para atacar, y así casi sin darme cuenta una tarde me encontré, lápiz en mano, trabajando y obligando a mi mente enfocarse en algo diferente a los malsanos miasmas de la realidad para abrirse a una idea que no había contemplado: yo era realmente buena en mate.