sábado, 23 de junio de 2012

Elena


La primera vez que lo vi, la noche misma en que el huracán Elena amenazaba con arrojarse sobre nosotros,  creí que era un estúpido gringo más, uno de esos que abundan en San Esteban durante la temporada de verano buscando emociones más propias de Hawái que de una pequeña aldea de pescadores, temporalmente elevada a la categoría de balneario y que tras el anuncio de la tormenta aproximándose, abandonaran el lugar con el rabo entre las patas.
No podía culparlos, un huracán  de cualquier categoría, es cosa seria en el Caribe, pero el rencor al verlos vaciar San Esteban, como ratas escapando de un naufragio, no es algo con lo que se pueda discutir y aunque éste tipo hubiera decidió quedarse, mi antipatía se dirigía a él como embajador de todos los suyos.
Al principio no me dijo su nombre. Era un hombre bien parecido, tirando a guapo pero de un modo interesante, si es que te gustan los hombres. Alto, delgado y nervudo, con la piel bronceada, cabellos negros y ojos celestes que mantenía una ausente y nostálgica sonrisa a flor de piel.
Sin embargo había algo en él que no encajaba, para comenzar no estaba vestido de turista y en segunda había en sus ojos una suerte de arrobamiento diferente de la que se obtiene por medio de las drogas o el alcohol.  Por momentos parecía no saber en dónde estaba parado o quizás era simplemente la expresión del que espera sin esperanza.
—Le sirvo algo — pregunté en cuanto se dejó caer sobre un taburete frente a la barra del bar “El destino” en donde esa noche — un servidor — trabaja como cantinero a pesar de la lluvia que desde la tarde se hacía sentir, en rachas cada vez más violentas.
—agua — dijo sin más.
—agua será — musité colocando un vaso antes de llenarlo del cristalino liquido.
Aunque no dije nada, me resultó extraño  que pidiera agua. Algo con respecto a una cierta e imaginaria maldición, hacen que prefieran saturar de alcohol sus estómagos e hígados que arriesgarse a beber de lo mismo que los nativos.
Usualmente los gringos no beben—cuando están en San Esteban— otra cosa que no sea alcohol, en todas sus formas y variedades: cerveza a medio día en la playa, Ron en cocteles servidos en la terraza del único hotel del puerto, vodka en los las nocturnas fiestas playeras que por alguna razón ellos llaman Luau y nosotros lunadas
—Gracias — musitó y se llevó el vaso a la boca en donde permaneció un largo momento mientras aquel gringo loco, miraba al vacio.
—¿Todo bien? — pregunté después de que una racha de aire hizo vibrar el techo metálico del galpón donde funcionaba el bar.
El gringo se alzó de hombros, como dando a entender que si a pesar de la conmoción y después vació su bebida de un solo trago, tras lo cual me indicó que volviera a llenarlo.
Le serví tres vasos, uno tras otro, de agua limpia y fresca que para efectos prácticos y seguramente tras el paso de Elena costaría lo mismo que un Bloody Mary.
Después de saciar su sed y por un largo rato el gringo se mantuvo en silencio, cavilando sin duda en algo que cuando comenzó a contar solo pude pensar que estaba loco.
—¿La conoces? — me preguntó mirando al fondo de la barra en donde una vieja y descolorida fotografía languidecía en medio de la mugre de los días.
—¿A quién? — pregunté mirando a donde su vista se dirigía.
—A ella — señaló levantando la mirada.
No tuve que acercarme para saber de quién se trataba —Elena — murmuré su nombre con miedo. En San Esteban no existía una sola alma que no hubiera escuchado de Elena, su historia, mitad leyenda, mitad crónica, era contada de generación en generación desde unos cincuenta años atrás como la de la mujer que el mar se llevó en día de su boda.
Nunca me gustó y ahora, para hacer las cosas más amenazadoras, un huracán con su nombre se venía sobre nosotros.
—Elena — repitió y por primera vez en la noche vi un poco de interés en sus ojos, — la mujer de los ojos de ámbar…
Por reflejo me santigüe, mencionar a los desaparecidos nunca es bueno, preguntar por ellos como si aun vivieran, es aun peor.
—la he visto —dijo.
— En sueños quizá — respondí tratando de aparentar indiferencia. Elena era un asunto de los lugareños, no una leyenda para ser contada por gringos locos.
—Tiene la piel más bella que haya visto — los ojos azules del tipo se perdieron en la lejanía — tan delicada como la seda y del mismo color de la canela; sus labios eran blandos, tersos, deliciosos…
—Hey…— traté de callarlo, pero él me ignoró y siguió hablando.
—Siempre me han gustado las noches de luna — dijo y bebió otro trago de agua — fue en una noche de luna hace casi 20 años que encontré un dólar de plata que brillaba sobre la tierra negra del huerto como una copia  de la que resplandecía en el cielo.
—Aja…— respondí repartiendo mi atención entre él y la vibración que el viento imprimía en las paredes del galpón.
—En una noche igual me estrené con Missy en el asiento de atrás de mi viejo Mustang— el gringo sonrió con nostalgia y luego siguió —también había luna llena la noche que conocí a mi prometida y fue una de las más bellas y grandes que hubiera visto, con la excepción de la que brillaba a la orilla de la playa una semana atrás.
—¿Qué ocurrió? — pregunté sin estar seguro de querer saber
—Ella — murmuró en un tono tan bajo que no estaba seguro de haberle escuchado.
Al escucharlo sentí un escalofrió recorrer mi espalda. Tocado…pensé, comprendiendo la razón de esa extraña mirada, tocado, no loco.
—Ocurrió que ella estaba ahí — dijo y sonrió — en medio de la fiesta y la fogata, bailando al ritmo de los tambores, con el cabello oscuro y rizado flotando libre y las caderas ondeando suavemente.
—Elena — repetí el nombre y de nuevo me santigüe.
— Si…Elena.
—¿Qué hiciste? — las preguntas seguían surgiendo de mis labios, aun en contra de mi voluntad. El gringo me miró y dijo — nada.
—Nada — repetí como un idiota.
—Nada al principio — se corrigió — no sé porque fui a la playa esa noche, no tenía ganas de ir, es decir…
—¿Es decir?— lo urgí a continuar.
—Mi prometida no estaba conmigo — dijo y me miró como tratando de apelar a la compresión que sólo un hombre tiene de los motivos de otro.
—Y tu no querías serle infiel — terminé por él.
—No…no fui con esa intención — se mesó los cabellos — no vine a San Esteban por placer, tenía que hacerlo, es mi trabajo…¿Sabes?
De pronto algo en toda la locura cobro sentido, su edad y aspecto no encajaban con la pinta de los desquiciados que se emborrachaban en la plaza y amanecían picados por los mosquitos después de dormir sobre la arena— alguien te envió a traer algo.— dije y me acobardé.
—Fedex — dijo alzándose de hombros — y se supone que era un asunto fácil de despachar…Es simple, me dijeron, vas entras el paquete y te marchas, — me explicó, — pero hubo un inconveniente y tuve que quedarme una noche.
—La noche de luna llena…
—Si — asintió — una luna como jamás vi, una fiesta en la playa y yo tan sólo quería una cerveza, y mirara a la gente para no sentirme tan lejos de casa.
—¿Lo conseguiste?
—Un poco al principio  —respondió con aire ausente a mi pregunta —esa noche había mujeres para mirar: rubias, chicas de piel oscura, morenas, altas, esbeltas, bajitas y regordetas, y yo miraba, porque como siempre me decía Kitti , mi prometida, — aclaró él — Nick puedes ver pero no tocar…
—¿Y?
—La vi entre la gente y me sentí…hipnotizado… por su baile…por la forma en que la larga y vaporosa falda, del color mismo de un ocaso, flotaba con sus movimientos… por el brillo de su piel contra las llamas, el colgante de su ombligo, la blusa que apenas cubría el borde de sus pechos…no sé si fue la combinación de la música, la noche y la mujer que me hicieron olvidar. Esa danza alrededor del fuego me hizo sentir de un modo que nunca antes fui capaz de experimentar. — bebió un trago más de agua y reanudó su historia— como si el mundo fuera nuevo o yo estuviera más vivo, como si todo…todo… lo que alguna vez deseé o soñé pudiera hacerse realidad, de pronto yo ya no era más Nicholas sino otro hombre, uno primitivo, fuerte pero real, vital…¿comprendes?
—Dicen que ella tiene ese efecto —asentí con un poco de envidia.
Él— Nick — porque ahora sabía el nombre cabeceó — lo tiene.
—Lo siguiente que supe fue que mi cerveza estaba caliente — sonrió de nuevo — y no tenía idea de cómo había ocurrido. Miré alrededor y recuerdo que me sentí extraño como borracho, aunque no había tomado nada.
Olvidé a Kitty y el compromiso, olvide donde y que estaba de paso, olvide y sólo quise hablar con ella. — me miró y parte de esa urgencia coloreo su mirada.
Asentí, el volvió a narrar.
—Tuve la urgencia de llamar su atención pero no sabía cómo hacerlo, normalmente no soy un hombre aventurero, es decir — trató de explicarse — siempre sentí que con mi prometida tenía mujer de sobra.
—Hasta que viste a Elena.— terminé por él.
— y todo cambio,— sacudió la cabeza tratando de despejársela —. No podía pensar en otra cosa que en tocar esa piel, comprobar si era tan suave como me lo parecía. Deseaba besarla, probar el sabor de sus labios, apoderarme de ella antes de que otro lo hiciera.
Me miró buscando comprensión así que se la di en un gesto.
—¿Sabes? Nunca fui posesivo, incluso Kitty me decía que parecía tener hielo en las venas — siguió, — pero con ella sí.
—Elena.— pronuncié su nombre mientras el viento y la lluvia arreciaban.
—Elena… — saboreo el nombre —de pronto la quise para mi, de un modo completo, como nunca desee a otra mujer, era más que un deseo una obsesión. Me fijé en cada detalle: el movimiento de sus senos, la patina de sudor que cubría su piel de canela, el leve ondular de sus caderas, los giros de sus cabellos oscuros, el brillo de sus ojos al danzar…
No pude evitar que sus palabras me excitaran al imaginarla.— sigue — le pedí a pesar de que el viento incrementase su fuerza.
—La música cambió — dijo Nick y comprendí — de una invitación a danzar sin freno, la playa se llenó de una suave melodía, vi a las parejas abrazarse, sus cuerpos unidos frente a las llamas y no pude resistir más…fui a ella.
No sabía su nombre, ni su edad, ni porqué estaba ahí pero sí, que no podía dejar esa oportunidad. De donde obtuve el valor tampoco sé, sólo que antes de que pudiera pensar en otra cosa la tenía entre mis brazos.
—¿Cómo es? — pregunté incapaz de detener mi lengua.
—Hermosa— dijo y me pidió con un gesto otro vaso de agua que le serví de inmediato, — mucho más … tiene los ojos más grandes y expresivos que haya visto, cejas delicadas y largas pestañas oscuras.
—¿Y?
Nick se tocó la cara — sus pómulos, nariz, labios carnosos…perfectos — dijo y miré la borrosa fotografía en busca de esos rasgos.
—¿Vives por aquí?  le pregunté — siguió contando — y en ese momento me sentí de lo más idiota, torpe como un adolescente en mi primera cita.
—¿Qué dijo ella?
—sólo sonrió y sin más entrelazó sus brazos en mi cuello como si hubiera esperado por mi toda la noche.
No supe que decir así que Nick continuó — La sentía tan pequeña entre mis brazos, su talle delicado, sus hombros delgados, su rostro apenas me llegaba al pecho. Inhalé el aroma de su piel y juro — dijo mirándome sin vacilar — que nunca olvidaré esa fragancia a mar, canela, coco y vainilla.
Ella se apartó y a duras penas la dejé hacerlo, pero en vez de marcharse Elena comenzó a bailar… para mí.
El ritmo se volvió lento, el aire pesado, tanto, que no podía respirar. Ella giraba seduciéndome haciendo que la noche ardiera entre las llamas de mi deseo.  Su rostro tan cerca, esa boca pedía ser comida a  besos, tan roja como una fresa madura e igual de dulce… Mis manos grandes y toscas en su cintura…
Nick calló, pero no hubo necesidad de palabras para imaginar lo que ocurrió. En mi mente lo vi besarla, vi sus labios devorarse, sentí su hambre y supe sin que él lo dijera lo que había ocurrido.
No soy un voyeur y nunca me he considerado un pervertido, pero esa noche los recuerdos de Nick eran tan vívidos que en medio de la tormenta, en mi mente se hizo el silencio y pude percibir el instante mismo en que buscaron la intimidad que sólo la playa, el mar y la oscuridad pueden dar.
Los vi desnudos sobre la arena, la boca de Nick devorando un perfecto par de pechos, coronados por pezones oscuros como el chocolate, el rastro de saliva extendiéndose sobre el vientre plano y moreno, la lengua masculina que saboreando el  pircing que adornaba el perfecto ombligo. Vi el rostro de Nick entre los muslos abiertos de Elena, los pétalos de su flor brillando bajo la luna con el glaseado del deseo, abiertos en un beso de boca a boca, escuché sus gemidos, sus gritos de salvaje abandono, las marcas que dejaba sobre la espalda de su amante.
Los papeles cambiaron y la vi, a ella, de rodillas, sometida y dominante a la vez, el erecto y duro miembro masculino envuelto por coral rojo de sus suaves labios, sus pechos subiendo y bajando con el compás de su agitada respiración, las manos de Nick sobre sus cabellos, urgiéndola, moviéndose al ritmo de las olas.
Los vi disfrutar uno del otro: ella a horcajadas sobre la hombría, sus movimientos salvajes, el sudor resbalando entre sus cuerpos, el giro sobre la arena, Elena yaciendo sobre su espalda, los muslos delicados recibiendo el embate de Nick, gruñidos de placer, gemidos de abandono, antes de terminar en la más animal y primitiva posesión de un macho tomando desde atrás a su hembra. 
Afuera rugía el viento y la lluvia  se abatía con violencia y en el desierto bar tan sólo Nick y yo estábamos en medio de la oscuridad y del peligro.
—Ella  vendrá…— musitó de pronto Nick y sonrió de verdad  —por mí.
—¿Cómo lo sabes? — pregunté con miedo, mientras el viento, como una mano gigante, jugaba a despedazar el bar.
—Solo lo sé — dijo en el momento en que el tejado del galpón se arrancó de cuajo.
No me detuve a esperar lo que se venía encima, escapé del “Destino” dejando a Nicholas con el suyo y salí de los despojos de lo que había sido un bar, justo a tiempo para ver al mar abrirse y devolver a la mujer que se había llevado mucho tiempo atrás, vestida de novia  avanzando sobre la arena mojada, rumbo a encontrarse con su amante.
Malena Cid
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