lunes, 4 de junio de 2012

Lucía Maller Cap 2


Mientras vivía escuché decir muchas cosas sobre la muerte, mi abuela hablaba de un paraíso donde -con la excepción de mi padre, quien por el contrario, aseguraba que, al estirar la pata (su eufemismo fúnebre favorito) todo terminaba. - la familia estaría juntas y feliz para toda eternidad.
Los dos estaban equivocados, tras mi muerte no encontré el paraíso que la abuela prometía, ni hubo coros de ángeles, túneles de luz o cosa parecida. Papá tampoco acertó porque no desaparecí, ni perdí la conciencia  ni me esfumé en la nada, al contrario, seguí siendo yo, Lucía Maller la misma patética criatura de siempre.
La realidad es que la muerte se parece a la vida o para explicarlo (de la manera más concreta que se me ocurre) estar muerta es como estar viva en un plano diferente.
Tal vez pareciera que trivializo el asunto, pero ¿Qué más puedo hacer? temo que, si profundizo en mis sentimientos perder la razón, ya tengo suficiente con adaptarme a no respirar, como para agregar locura a la ecuación.
Por el momento, me va mejor no pensar en mi nuevo estado y es que algunas veces la realidad puede ser más aterradora que la misma muerte.
No es que no comprenda la enormidad del hecho, es sólo que no encuentro palabras para describirlo, mis emociones al igual que en vida, no tienen una forma concreta, son más bien capas y mezclas incomprensibles, porque aun ahora, la verdadera naturaleza del odio, el amor o la indiferencia siguen siendo un misterio.
Sin embargo, a pesar del temor, a pesar incluso del riesgo de la locura, siento la indeseada y al tiempo inevitable necesidad de saber.
Se dice que el conocimiento es poder, pero justo ahora no lo siento así, saber es temer. No tanto quien me hizo esto, sino el porqué, que es, en última instancia la pregunta más difícil de responder y de la que no puedo huir.
Sé, de cierto, que alguien terminó con mi vida. Un ser, digámosle humano, me puso en ésta condición, de la que me es imposible escapar. Saber quien, no cambiará las cosas, pero… saber seria un comienzo.
Imagino que si consiguiera recordar mis últimas horas, tendría la imagen de mi asesino, tal vez hasta un nombre, lo que me haría más fácil responder a la pregunta que ahora me atormenta: Por qué.
En el poco tiempo que llevo de muerta (si tuviera tráquea me atragantaría al decirlo) no he podido pensar en otra cosa.
¿Hice algo malo? ¿Hablé con la persona equivocada? O ¿Quizás fue simplemente mala suerte?
Esa es la parte que ignoró y que me causa aun más repulsión que mirar mis despojos desde fuera me doy cuenta, no sin cierta furia que muerta soy aun más lastimera.
El rojo teñido de mi cabello, luce ahora más sucio y desaliñado que de costumbre, tengo la piel del color de la ceniza, fría y llena de laceraciones que ya no curaran, aunque todavía llevo el esmalte azul que le puse a mis uñas el jueves… ¿El viernes?…o ¿Qué día es hoy?
No lo sé, mi precepción del tiempo parece tan alterada como mi estado físico, soy incapaz de recordar o situarme y comprender si es día o noche, primavera o verano, aunque podría ser primavera y verano, otoño e invierno, abril y junio, todo a la vez.
De cualquier manera no importa.
Como tampoco importa la falta de modestia de mis desgarradas ropas: la camiseta negra con la imagen de una virgen parece un trapo mugriento que cuelga de mis hombros, los viejos y desteñidos jeans tienen más raspones de los que recordaba, he perdido una de mis zapatillas Coverse y la otra está cubierta con algo que puede ser sangre, vomito… o las dos cosas.
Sentiría asco por lo que fui, pero no puedo, aunque tampoco hay pudor, ese ha desaparecido y tan sólo queda la pena.
Miro la cascara vacía que fue mi cuerpo, casi sin reconocerme. La vida abandonó mis ojos, que ahora, glaucos y fríos, fijan la mirada ciega en algún lejano punto.
Sentí la rabia más abyecta descender sobre mí como un sudario mojado y frio.
Es cierto, yo no era una supermodelo, ni una científica de altos vuelos… ni una madre. Nunca había hecho grandes cosas – y ya nunca las haría- pero estaba viva, tenía un cuerpo que, sin ser el epitomé de la belleza femenina, por lo menos, era mío, un corazón que latía en mi pecho, ojos, manos, piel y si bien no era la gran cosa, tenía un futuro, patético o grandioso, nunca lo sabría, porque alguien cegó de golpe.
¡No era justo!
No lo era…
¡No!...
La ira se acumuló en mi pecho, solida y fría como un bloque de hielo que me aplastaba hasta convertirme en simple oscuridad. El dolor que me atravesó fue repentino y brutal que habría perdido el aliento… de tenerlo.
Nunca antes en vida sentí una emoción con tan horrenda pureza. y puesto que mi ser estaba -por decirlo de algún modo-en carne viva no había manera de escapar, ni arrinconar el sufrimiento en algún pequeño espacio de mi mente o encerrarme a mi misma ahí y cambiar la desesperación por un dolor físico, puesto que el cascaron vacío de mi cuerpo ya no me permitiría esa forma de evasión.  
Un grito de rabia y agonía estalló en mis labios, incontenible y sangriento como la flor roja que desgarraba mí pecho. Un alarido de muerte, hecho por la muerte misma, reverbero en las agrietadas paredes, agito las grasosas cortinas de una habitación que ya no era mía e hizo vibrar la superficie del agua que se acumulaba sobre los platos sucios.
El mundo entero pareció estremecerse alrededor pero ninguno de los vivos, a excepción del detective d O´Connor y el perro de la unidad k-9, fueron capaces de sentir el impacto de mi desesperación.
¿Qué coño era aquello de descansar en paz?