viernes, 16 de diciembre de 2011

Me queda


Me queda el alma ardiendo,
el cuerpo en llamas,
la piel chinita,
la vida en ascuas…
Y es que me quedas lejos amor,
no tanto como la luna
pero casi igual, de inaccesible.
Me queda un horizonte aun por alcanzar,
 en medio del mar de dunas,
de encuentros y desencuentros,
donde mi amor vaga sediento,
después de dos semanas sin tenerte.
Me quedan:
los pies cansados,
de andar sobre las arenas,
con éste deseo que se quema y no se extingue,
cada vez que nos quedamos con las ganas
de metértenos desnudos a la cama.
Me queda el humor áspero,
De tocarme, donde tus manos no me tocan,
portándome mal
mientras trato de pasarla bien,
y sueño, sueños de ángel
al hacer del pecado, mi virtud,
la manzana ofrecida en tentación,
de encontrar juntos un paraíso,
perdido en las andadas.
Malena Cid
2011©Todos los derechos reservados.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Marina (Primer capitulo)

Capitulo 1

Es verano y sé que moriré en el invierno.
Si tengo suerte.
El médico lo dijo mirándome con esa expresión de sereno profesionalismo destinado a mantener la calma y ayudarme a comprender. Aun así no consigo aceptar las implicaciones: Tengo 36 años, soy joven, estoy muriendo y no hay mucho que pueda hacer al respecto.
Ni yo ni nadie.
Sentada en la consulta, mirando la lluvia golpear suavemente los ventanales,  todo en lo que podía pensar era ¿Por qué yo?
De algún modo, siempre me sentí a salvo, inmune a las enfermedades, el dolor, la muerte, tomándolas como cosas que le ocurren a otros.
Siempre a otros, no a mí.
Tengo…
No…
Tenía, la vida ideal: era jefa del departamento de contabilidad en una gran empresa, poseía una hermosa casa y estaba casada con Rubén, mi novio desde el instituto, pero lo único que en verdad deseaba era un hijo.
Pensé que sería fácil quedar embarazada, pero el tiempo avanzó y nunca ocurrió, a pesar de todos mis esfuerzos, mes tras mes esperé ilusionada sólo para decepcionarme una y otra vez.
Cada mes, cada intento fallido se llevaba un poco de mi alma haciéndome sentir fracasada.
Mi relación con Rubén se llenó de silenciosos reproches porque la culpa convierte lo que toca, aun lo más dulce, en acido.
Noche tras noche, mientras la pasión se volvía obligación, mi vida perfecta se convertía en una fachada y ni siquiera podía notarlo enganchada como estaba a conseguir mi deseo.
Me daba mil excusas, mil razones posibles por las cuales no conseguía embarazarme: Estrés, cansancio, incluso Dios, imaginaba todas las causas posibles, todas excepto la real.
Finalmente tuve que aceptar que no lo lograría sola. Necesitaba encarar el problema, salir de dudas y de algún modo, aun cuando no me atrevía ni siquiera a decirlo en voz alta, salvar mi matrimonio
La primera vez que entre, con Rubén de la mano, a la consulta, creí ingenuamente que todo se resolvería. Me decía que la medicina es capaz de realizar milagros.
Hoy sé que no habrá milagros para mí, aunque en ese momento ni siquiera sospeché, todo en lo que podía pensar era en sentir a mi bebé moverse en mi vientre.
Mi médico, un hombre encantador de manos suaves, ordenó una serie de exámenes para descartar, según dijo.
A las primeras pruebas le siguieron otras y luego otras más.  Fui pinchada, escaneada, escrutada y más.  Odie cada segundo de la experiencia pero resistí refugiándome en la fantasía de ser madre, de sentir la vida crecer.
Debí saber que no eran buenas noticias.
Ningún medico tiene esa expresión cuando va a decirle a alguien que todo está bien. Sentada en la impoluta consulta, escuché su voz suave y controlada hablar de plaquetas, de sangre, tiempo y para al final pronunciar la palabra leucemia como una sentencia de muerte pero todo en lo que podía pensar, era que nunca sostendría entre mis brazos, el cuerpo pequeño y dulce de un bebé, nadie me llamaría mamá.
Moriría antes de lograrlo.
Todo lo que tenía hasta ese momento, era una ilusión para sostenerme y ahora se ha ido. ¿Qué debo hacer? ¿Qué diablos se supone que debo hacer?
Ni siquiera supe que lloraba hasta que una gota cayó sobre la pechera de mi blusa.
—Oh Dios —sollocé, eso fue todo, no podía hablar. La escena entera se me antojaba irreal y al mismo tiempo definitiva.
Rubén me miró…
No viviré mucho tiempo pero mientras lo haga no olvidaré su rostro lívido, ni la frialdad de sus dedos sujetando los míos.
Me sentí como si lo hubiera traicionado.
Escuché atontada a mi esposo hacer preguntas, tantas que apenas podía seguirlas, mucho menos comprender excepto por un sólo hecho, dolorosamente claro: no había nada que hacer.
Podría tener otros médicos, podría buscar otras opiniones, podría…
¡Dios! como odie esa palabra. Podría…posibilidad, cuando yo no tenía ninguna.
Al final estuvo claro que no importaba cuantas pruebas más me hicieran, ni el esfuerzo o dinero, nada cambiaría, tenía leucemia, moriría y el resultado sería igual.
Aún así el médico nos dio dos opciones, una era arriesgarme, aceptar un tratamiento experimental sin ninguna garantía de éxito, pasar los meses que me quedan atada a una cama de hospital muriendo de a poco, con el cuerpo martirizado por la quimioterapia en busca de una esperanza lejana como la luna.
La otra era vivir lo mejor que pudiera el tiempo que tuviera, después de todo el fin sería lento, moriría con la misma suavidad con la que una vela se apaga.
No recuerdo como regresamos a casa, el viaje en coche o las calles de mi ciudad.
Perdí la noción de todo hasta que me descubrí lado a lado de Rubén en nuestra cama, vestidos, sin tocarnos ni hablar, juntos, pero a la vez distantes.
Quería llorar, gritar, maldecir, tenía necesidad de Rubén, de sentirlo, su cuerpo, sus manos, su boca, buscar, desesperadamente, consuelo, en nuestra unión.
Quería escucharlo decirme, prometerme, que todo estaría bien, que saldríamos de esta, que un día nos reiríamos del asunto, que lo haríamos tomados de la mano como un par de ancianos tontos. En vez de eso, él sólo me miraba con ojos vacíos.
Sentí el acostumbrado impulso de reconfortarlo. Ese siempre fue el tono de nuestra relación. No lo hice, me rebelé contra esa costumbre que creamos. Esta vez yo era la que necesitaba de él, de su amor.
Quise preguntarle si me amaba
¿Me quieres? Sentí las palabras quemar mis labios, quise decirlas, pero tuve miedo.
Miedo de la respuesta. Miedo de saber lo que ya podía leer en sus ojos, así que callé, me tragué las lagrimas sin saber quién moriría primero, nuestra relación o yo.
 Éste es el primer capitulo de mi novela Marina, editada por Pelicano y a la venta en Amazon

martes, 6 de diciembre de 2011

Nox Codex


En algún punto durante la madrugada deseé morir, pero al acercarse el alba comprendo que tal vez no será así.
He pasado ya la noche, así que supongo viviré a pesar del dolor que no da tregua.
Desde mi delirante y poco claro estado mental, el sufrimiento se siente como una serpiente purpura enroscándose al rededor de mis huesos, deslizándose sobre cada fibra de musculo, cada porción de piel.
La fiebre que presentí al comenzar los lentos y complicados canticos del ritual se ha hecho sentir con todo su fuego en cuanto el eco de las últimas silabas desapareció en el silencio del cuchitril que habitó, dejándome tumbado y destrozado como un animal al borde de la carretera.
Creo que me estoy transformando en algo y la idea de ser como una mariposa emergiendo del sudario de mi cuerpo pone una irónica pero extremadamente breve sonrisa en mis agrietados labios.
Quizás así sea…pero por ahora sólo soy una doliente larva fácilmente aplazable.
La absoluta agonía que me produce la luz que se asoma por las rendijas de mis ventanas cerradas me obliga a cerrar los ojos buscando un escape. El brillo quema mis pupilas y hace que cada fibra de mi ser se oponga al dolor.
No te resistas… me digo, mientras astillas de hielo y fuego se clavan en las articulaciones de mis piernas.
un profundo y primitivo terror hace que me pregunte si conservaré mi forma, entonces recuerdo que no soy precisamente un atleta, ni alto, fuerte o bien parecido…
Si tengo que ser objetivo diría que soy tan sólo un tipo esmirriado y pobre, con un rostro tan común que se pierde entre la multitud. Un descastado sin familia ni conexiones, nacido sin otro futuro que una vida de servicio y dolor hasta que la muerte viniera a buscarme.
No tengo la menor idea de lo que pasara con mi cuerpo; el conjuro era desconocido por mí, por lo tanto no puedo saber cuáles serán las consecuencias, sin embargo a despecho de despertar convertido en una babosa cualquier cambio será bienvenido.
Sin embargo y mientras el dolor me atormenta comprendo que no debí actuar con tanta arrogancia.
A ciegas busco el Libro que descansa sobre la destartalada mesilla al lado de la cama y experimento algo que se parece al consuelo cuando mis dedos se posan en su gastada superficie.
A pesar de su apariencia vetusta y decrepita puedo sentir el poder que emana de sus versos. Palabras en una vieja lengua parece susurrar un nombre en mi mente: Nox Codex…el libro de la noche y como ocurre con todo libro éste tampoco debe ser juzgado por su portada, especialmente cuando se trata de un grimorio tan poderoso que fue capaz de engatusarme.
¿Qué querrá de mí?, quizás nada, quizás todo: un juguete, un sirviente devoto, un vehículo adecuado a su sabiduría, un canal para su furia.
No lo sé.
Desde el estrecho lecho en donde yazgo convertido en lastimero y sudoroso fardo, el futuro es tan poco claro como el resultado final de mis padecimientos.
Así que mientras los anillos purpuras del dolor constriñen y rearman mi cuerpo comprendo, en un instante de intensa y aterradora claridad, que tal vez habría sido preferible morir.

sábado, 3 de diciembre de 2011

La princesa de la Torre (fragmento)

  Antes de que pudiera comprender lo que ocurría sentí sus manos sobre mis senos.
—hmmm— musite adormilada durante un segundo antes de reaccionar lanzándome a sus brazos — has venido.
—¿Lo dudaste?— preguntó mi vampiro enterrando su rostro en mi cuello en donde lo sentí inhalar largamente antes de murmurar  —¡Dios!...te extrañé
—No más que yo a ti— respondí sin dejar de besar sus mejillas rasposas a causa de la barba de dos días que le oscurecía el mentón— quisiera que pudiéramos vernos más.
—Sería maravilloso— su boca aleteó sobre mi cuello — pero conoces las reglas, nada de contacto excepto en los días permitidos.
—Las reglas se hicieron para romperse— respondí traviesa.
Con un suspiro abatido, mi vampiro dejó mi cuello, sus manos grandes y rasposas acunaron mi rostro. –Éstas no —dijo con sus hermosos ojos azules fijos en los míos.
—no lo entiendo —sujeté sus muñecas con mis manos sintiendo la diferencia de fuerza y tamaño entre nosotros, — me amas.
No fue una pregunta y él no intentó negarlo, una sonrisa triste aleteó en sus labios antes de asentir —Si —dijo con voz ronca —te amo como nunca amé a nadie.
Mi corazón se detuvo un momento en mi pecho antes de emprender una veloz carrera, que estaba segura él podía escuchar. Sentí mi amor por él llenarme el pecho hasta que pensé que estallaría si no podía confesárselo. —Mircea yo…
—No —mi vampiro intentó cortar la confesión —no…
—Pero es verdad —dije sosteniéndole la mirada sin amedrentarme, — no importa si no quieres escuchar, no cambia nada lo que siento, te amo Mircea…
—Elisa… —sentí mi nombre en sus labios como una caricia, antes de que las palabras entre nosotros desaparecieran convertidas en un beso lleno de furia.