martes, 20 de noviembre de 2012

Luna de Cazador



Les presento con mucha alegría el primer capítulo de mi novela Luna de Cazador, próxima a publicarse:



1

El seco crujido procedente de la mesa de pool hizo saber a Cristina Möller, camarera de profesión y frustrada aspirante a actriz, que era noche de juega para los Varek.
Sonriendo, para sí misma, al tiempo que intentaba trasladar una orden de cerveza y papas sin derramar o mezclar los contenidos, la chica se preguntó, como lo había hecho tantas otras veces, la razón de aquella desconcertante pero sin duda bienvenida presencia.
Que los hermanos Varek pasaran, las horas muertas de sus madrugadas, destrozando bolas, partiendo tacos y rayando el paño de las mesas, no resultaba insólito, después de todo, el pool siempre ha sido, y aun es, un rito de testosterona. Lo sorprendente, —a los ojos de Cristina— era que el ritual se llevara a cabo en las entrañas del O´Sheas, el más corriente de los bares del Southie, el más vulgar de los vecindarios del Gran Boston, y no en algún club pijo adecuadamente ubicado en el distrito financiero, donde sin duda serían bienvenidos, pese a lo inadecuado de su cuna.
Era obvio para todos, que los Varek no pertenecían a la aristocracia local, compuesta en su mayoría por los descendientes de peregrinos llegados en el Mayflower, al contrario, su mismo apellido insinuaba un nebuloso punto de Europa del Este— que ellos jamás se habían molestado en precisar— como lugar de procedencia.
Sin embargo, como quiera que fuera — o más exactamente— de donde vinieran, los hermanos Varek encarnaban el sueño americano. La suya era la arquetípica historia de éxito que tanto gusta a la prensa, cuyos integrantes— columnistas, reporteros y comentaristas — no dejaban pasar la oportunidad de recordarle a la audiencia, el origen extranjero de aquellos que de algún modo se abrieron paso desde las calles de Boston hasta alcanzar las cumbres del mundillo financiero internacional.
Con habilidad nacida de la experiencia, Cristina coloco un par de jarras de cerveza y la consiguiente orden de papas a la francesa, sobre una despostillada mesa, al mismo tiempo, se las arregló para esquivar un torpe intento de magreo a su entrepierna.
Definitivamente, si tuviera la mitad de la plata que poseían los Varek, jamás pondría un pie en el Southie.
Nah, ni por error, para ella, el simple hecho de estar por voluntad propia en O´sheas, respirando aire viciado, bebiendo cervezas corrientes y codeándose con lo último en la escala de los nacidos para perder, constituían una jodida falta de criterio. Sin embargo dicha falta le venía a ella de perlas al permitirle disfrutar de un espectáculo generalmente reservado a la prensa rosa.
Cristina no pudo evitar sonreír licenciosa al pensar en los chicos— hombres más bien— Varek y en sus innegables atributos físicos, que superaban con mucho el balance mensual de sus abultadas cuentas bancarias.
Belleza y dinero, bonita combinación…pensó la chica con los ojos puestos en las altas y macizas figuras iluminadas por charco de luz de la mesa de pool.
Decir que eran guapos era poco. Guapo era una palabra que Cristina usaría en alguien como Gabriel Aubry o a Brad Pitt cuya belleza era superficial. Ricos, altos, recios, fuertes, poderosos, amenazadores…sexys… eran vocablos más adecuados. Ferozmente atractivos, era por otra parte, la frase que mejor quedaba a la hora de describirlos.
Sus imponentes siluetas destacaban entre la clientela habitual de O´shea, compuesta en su mayoría por ex convictos, moteros y maleantes de cierta importancia, quienes sin embargo, evitaban como a la peste acercarse al mal iluminado rincón donde los Varek jugaban pool del mismo modo en que conducían sus negocios: combinando la destreza de un profesional con la hostilidad de un sicario.
Sip… había que reconocer que aun en el submundillo peligroso y a menudo violento de O´Sehas, los Vareck constituían una categoría aparte y como ocurre en estos casos, todo mundo prefería dejarlos de lado.
Había sabiduría en hacerlo, Cristina llegó a esa conclusión y  cualquier otra noche se la hubiera pensado antes de acercarse pero…¡Qué diablos! De algo hay que morir.
Dándose valor con un trago de whisky, la chica se peino el cabello con los dedos, mordisqueó sus labios para darles color, alisó la minifalda y acomodó sus pechos hasta casi hacerlos salir del escote y caminó contoneándose en dirección a los temidos objetos de sus fantasías.
¡Mierda! Están para comerlos crudos, pensó al acercarse. Dejó escapar un esclarecedor suspiro y se dedicó a observar, sin disimulo, aquel culo digno de rebotar una moneda, enfundado en jeans de diseñador, que uno de ellos, exhibía al inclinarse sobre la mesa.
Cristina conocía sus nombres, pero era incapaz de señalar cuál, de aquellos cinco esplendidos especímenes masculinos, estaba en mejor forma o resultaba menos amenazador.
Dragos quien parecía el mayor —de y entre —ellos, poseía los ojos dorados más bellos que ella hubiera visto alguna vez, aunque su temperamento explosivo y el rictus de amargura en su rostro, hacían que le resultara un tanto antipático. Le seguía Mihail, el asesino— como Cristina le llamaba en su fuero interno —devastadoramente atractivo pero cálido como un iceberg.
Continuaban la lista Ioan y Luka, tan parecidos físicamente como pueden serlo un par de hermanos y a la vez, diametralmente diferentes en sus temperamentos. Luka era despreocupado, desenfrenado, incluso podía ser divertido en ocasiones. Sus desteñidos jeans, camisetas negras, viejas cazadoras y botas con punteras de acero, le daban un aspecto tosco y salvaje que Cristina encontraba irresistible.
En la otra cara de la moneda estaba Ioan y su inmaculada presencia. Cuidadoso y tan controlado que hubiera resultado un tanto aburrido sin ese aire decididamente letal que ocultaba bajo una máscara de encanto.
Sin embargo el favorito de Cristina era Ilie, bello como un ángel caído e igual de peligroso. No era tipo matón como Luka, ni un chico pijo al estilo de Ioan. Sombrío, silencioso, casi hasta el punto de la timidez, era sin embargo, amable con ella aunque sin llegar al coqueteo. 
Peligrosos e impredecibles como un tigre e igual de atrayentes. Cristina podía soñar con morderlos, pero eran definitivamente más de lo que era capaz de masticar, a pesar de lo cual — o quizás a causa de —moría por ponerles las manos encima. Cada vez que estaba cerca de uno de los Varek, los dedos, por no mencionar otras partes de su anatomía, cosquillaban de ansiedad y cada noche que ellos se dejaban caer en O´Sheas la chica tenía una cita segura con su vibrador, porque estar con otro hombre, tras exponerse a ellos, se le hacía simplemente impensable.
Moría de deseo al verlos, a pesar de lo cual, no se atrevía a dar el paso definitivo y, literalmente, ofrecerse.
Los Varek liberaban sus instintos femeninos. La hacían sentirse excitada, caliente, salvaje. Una hembra que desea aparearse con un macho determinado sin importar las consecuencias,
Al mismo tiempo desataban algo más primitivo y básico en su interior, alguna clase de sensatez—¿o cobardía?— que la impelía a mantener las distancias y evitarlos, igual que una oveja a un lobo.
Hasta esa noche.
Rodando las caderas hasta casi desencajárselas, se acercó libreta en mano lista para tomar sus órdenes.
—¿Hay algo que desees?— preguntó descarada. Miró y sostuvo la mirada cargada de sexo y amenaza que “Ojos de oro” le dio a cambio.
—¿Qué ofreces? — preguntó a su vez el imponente hombre.
Cristina no se molestó en responder, lo que ofrecía saltaba a la vista, así que sonrió y recorrió el cuerpo de Ojos de oro con avidez.
¡Dios! qué bueno lucía aquel tío.  Reclinado contra la pared, con los musculosos antebrazos cruzados con indolencia sobre el pecho y aquellos extraordinarios ojos brillantes como topacios fijos en ella.  Por un segundo, Cris experimentó la curiosa sensación de ser una presa evaluada por depredador, cuando él la recorrió de arriba abajo  desnudándola con la mirada. El vello de la nuca se le erizo cuando una sonrisa perversa se formo en su cruel pero agraciado rostro. No respondió de inmediato, el hombre tomó un sorbo de la cerveza antes de indicar con voz sombría —aunque sin duda eres demasiado joven para lo que tengo en mente.
  En la mente de Cristina se formaron imágenes oscuras y eróticas de ella misma siendo tomada por él. Los pezones se le endurecieron mientras se imaginaba con la espalda sobre el paño verde de la mesa de pool, la falda hasta la cintura y aquellos increíbles ojos fijos en ella mientras le daba la clase de sexo que necesitaba ahora mismo.
Mucho antes de perder la virginidad, en el asiento trasero de un viejo auto, Cristina había dejado de ser ingenua. Su vida sexual podía ser catalogada de todo menos de aburrida, a pesar de lo cual, se sonrojó violentamente y la cabeza le dio vueltas al imaginar en lo que se sentiría ser montada salvajemente por “Ojos de Oro”.
Presintió que practicar sexo con él sería sucio, rudo y quizás un pelin violento. Un escalofrió de aprensión le recorrió el cuerpo mientras llegaba a la juiciosa conclusión de que Ojos Dorados tenía toda la razón. Definitivamente no estaba lista para él.
  Un par de grandes manos le rodearon la cintura desde atrás, el calor las ásperas palmas se filtró por la delgada tela de la blusa quemándole la piel. Una voz ligeramente ronca ronroneó contra su oreja — Creo que hay algo que deseo.
No estaba segura cuál de ellos la sostenía contra su cuerpo, tampoco importaba, estaba a punto de hacer realidad su fantasía, sólo debía mover la cabeza, asentir y el asunto estaría hecho.
Sus pezones florecieron contra la tela de la blusa, un torrente de humedad empapó sus ya mojadas bragas, mientras su coño pulsaba enloquecido deseando que aquel miembro, grande y duro que se frotaba contra sus nalgas, la penetrara de una vez.
Una mano grande y callosa se deslizó lenta y pesada por el costado de su cuerpo, recorrió con parsimonia su cintura, la curva de sus caderas y siguió bajando hasta alcanzar el borde de la falda.
El jadeo quedo que escapó de sus labios coincidió con el rocé descarado de unos dedos contra la tierna piel de su entrepierna.
—Podemos hacerlo aquí — dijo la voz, — o donde tú quieras princesa.
La tentación de ceder era enorme. Casi podía sentirlo entre sus muslos, toda esa potencia empujado contra ella.
Y sin embargo…
¡Corre! Dijo una aterrada vocecilla en el fondo de su mente. Su intuición gritaba que perdería más de lo que estaba dispuesta a perder.
Resultaba seguro, aunque terriblemente insatisfactorio tener un interludio con el vibrador, que la sensación de uno de esos cuerpos grandes y pesados aplastándola, gruñendo cosas sucias y mordiendo sus pechos hasta dejar huellas sobre su misma alma.
  Dando un ligero manotazo, Cristina, apartó las calientes manos y miró hacia atrás con un valor que no sentía. —Lo siento — dijo sosteniendo la burlona mirada de Luka Varek — únicamente del menú.
  La sonrisa del hombre se hizo más grande, sin asomo de recato colocó nuevamente la mano en su cintura y tiró levemente de ella, no tanto como para pegarla a su cuerpo pero si lo suficiente para asustarla.
—Es una lástima, podríamos aprender algunas cosas juntos—dijo dejándola ir, —  yo podría enseñarte, pero ya que no te agrada la idea…
  Dejando inconclusa la frase el hombre dio la vuelta con el taco levantado para inclinarse nuevamente y dejarle ver su perfecto culo.
Mierda, eso me pasa por jugar con fuego, pensó Cristina alejándose de la mesa antes de que cambiara de opinión y en verdad se subiera a la mesa.
—Un consejo— le gruñó al paso Mihai, quien montado en una silla hacía una imponente exhibición de fortaleza— no te pongas en la banca si no tienes la intención de jugar.
La breve mirada hizo que la sangre de Cristina se le helara en sus venas, la palabra muerte, se asomó al borde de su conciencia mientras comprendía que Mikai Varek no parecía un asesino. Lo era.
Moviéndose ágilmente entre las mesas, Cristina pretendió no escuchar, se alejó de esos cinco problemas tan rápido como pudo aunque sintiendo en el fondo una leve punzada de arrepentimiento. Suspirando llegó a la juiciosa conclusión tenido suerte al escapar entera.

Siempre es igual, pensó Dragos con ironía teñida de rabia al ver, la no tan graciosa, retirada de la camarera. No importaba si era el vejo o nuevo mundo, a donde fueran los humanos reaccionaban del mismo jodido modo y él los odiaba por ello. Realmente lo hacía. Sus sentimientos hacia esos traicioneros hijos de puta, eran los mismos desde que tenía memoria y dudaba que fueran a cambiar en un futuro próximo.
Los odiaba y al mismo tiempo no podía aislarse de ellos.
El pensamiento produjo una nueva burbuja de ira, en pozo de amargo resentimiento, que hervía bajo su piel.
Comprendió, que en realidad no era culpa de la chica, simplemente su actitud no ayudaba.  Ella era predecible, al igual que el resto.  Los humanos reaccionaban atraídos ante la imagen pero retrocedían al percibir a la bestia en su interior.
  Bebiendo un trago de la fría cerveza observó a sus hermanos reunidos como cada noche. 
  Luka colocaba tiza sobre un taco, intentando por enésima ocasión vencer a  Ilie, algo que no había logrado en…
¡Mierda! No podía recordar desde cuándo.
A un lado Ioan flirteaba descaradamente con una chica rubia.
Vaya pieza, pensó Dragos observando el diminuto top, que sin duda, dejaría escapar sus pechos a la menor provocación y la falda, que no era más que un cinturón ancho. La chica reía como una tonta y sacudía el cabello como si tuviera un tic nervioso, en una perfecta imitación de rubia descerebrada aunque sus ojos azules examinaban el elegante aspecto y el evidente lujo con una mezcla de lujuria y avaricia. 
  Hablando de pecados capitales.
  Mihai era asunto aparte.  Su taciturno hermano se mantenía al margen. Si bien mantenía la mirada fija en el juego, no parecía especialmente interesado en el movimiento de las bolas.
Ni en las meseras.
O en algo siquiera.
La frialdad de Mihai se reflejaba en el gris ártico de sus ojos advirtiendo que era mejor mantenerse lejos de su camino.
Los cinco eran cuanto quedaba del Lagh familiar, peor aún, del orgulloso y antiguo linaje de los Spalvain y pese a no ser hermanos de sangre —excepto Luka y él— estarían unidos hasta el fin de sus días por un lazo que no podía romperse. 
Les gustara o no, eran jauría. Mermada y disfuncional, como la mayor parte de las familias, pero jauría al fin. Como parte de la misma manada sus vidas estaban entrelazadas como lo habían estado la de sus padres y sus abuelos y como lo estarían las de sus hijos si alguna vez los tuvieran, algo que parecía cada vez más lejano.
  Tomó otro trago de la Corona, mientras observaba distraídamente como Ilie y Luka intentaban destrozar las bolas, con una abstracción digna de una cirugía cardiotoraxica.
  La envidia carcomió a Dragos. Sus hermanos, por lo menos se concentraban en algo. Quizás si fuera capaz de dedicarse a algún pasatiempo con esa misma intensidad tendría algo de calma. 
¿A quién engañaba? no existía distracción capaz de cambiar lo que era: una bomba de relojería punto de estallar, tan inestable como jodida nitroglicerina bajo el sol de medio día.
  Joder se suponía que era el líder por derecho de nacimiento, un pilar en donde los Spalvains debían apoyarse. Estable, solido, comprometido con los suyos.
  Dragos sonrío con ironía.
  No estaba ni cerca.
  Como diablos podía ser el pilar, si necesitaba quien lo sostuviera a él. No podía con la presión, no quería esa carga. Día con día la desconfianza hacia sí mismo se mezclaba con la inconformidad por la tarea impuesta y se despreciaba por ello.
Odiaba esa faceta de su personalidad, lo hacía sentir como una mala copia de su padre.
Dimitri Vareck había sido un gran líder… de una jauría masacrada.
De que se quejaba, de modos él no era mejor. Su único consuelo era, que al paso que llevaban, la decadencia que comenzó con su padre terminaría con él.
Menudo consuelo.
Su reflejo parecía burlarse de él desde el mugroso espejo de la pared. —Salve o gran Alfa—parecía decirle.
Si claro… un gran líder, un magnifico alfa que no quería tener responsabilidad alguna sobre los suyos, tan descontrolado que apenas era capaz de cuidarse solo.
Un cabrón indigno de guiar a nadie y a pesar de lo cual sus hermanos lo seguían hasta la muerte.
Si, era idéntico a Dimitri Varek.
Estaba tan asqueado de si mismo que algunas veces ni siquiera podía estar dentro de su piel. La frustración se sentía como un monstruo agitándose y creciendo dentro, alimentándose de sus temores e inseguridades, de sus recuerdos y pesadillas.
Sus ojos se fijaron en el insinuante vaivén de las caderas de chica con la que flirteaba Ioan.  Sin poder evitarlo Dragos sintió un leve y nada bienvenido tirón sexual tensarle la ingle.
Aun tenía un remedio al que apelar, remedio que ya no tenía la misma eficacia de antes se recordó: Follarse a una mujer hasta perder la conciencia. Enterrar su cuerpo y conciencia en el calor líquido de un dulce coño hasta olvidar.
Medicina para el cuerpo.
Medicina amarga.
A Dragos no le gustaba sentirse atraído por una humana, no le agradaban y desde luego no podía confiar en ellas, pero tenía más opción que recurrir a alguna de cuando en cuando. 
Rascándose la barbilla distraídamente intentó recordar la última vez en la que había estado con una mujer.
Joder, no podía ubicar la fecha.  ¿Un par de meses atrás? ¿O serían un par de años?… de todos modos ¿Quién llevaba la cuenta? Encogiéndose de hombros pensó que daba lo mismo a estas alturas. Se encontraba tan tenso que le vendría bien cualquiera. A estas alturas no podía poner pero. Todo cuanto necesitaba era una mujer dispuesta y caliente. 
Era seguro como el infierno que no descargaría toda la frustración que se lo estaba comiendo vivo pero por lo menos mañana funcionaría a un nivel aceptable.
El chasquido de las bolas sobre la madera hizo que el cabello de la nuca se le erizara.
Pensándolo bien, existía otro medio para calmar su temperamento.
Con algo de suerte podía sacarse la mierda de encima, siguiendo el muy humano método, de romperle la cara a alguien.  Sin darse cuenta hizo crujir sus nudillos con un sonido semejante a una pequeña explosión en medio del silencio.
Luka le lanzó una mirada envenenada. La punta de su cigarro ardió largamente antes de gruñir hosco—Si vas a hacer ruido será mejor te largas.
Enseguida volvió su atención a la bola ocho.
Dragos sonrió maquinalmente, ¿Quién podía decirlo? a lo mejor la suerte no le había abandonado del todo.
Esperó en silencio a que Luka preparara el taco cuidadosamente. De tanto en tanto su hermano le lanzaba miradas de advertencia que Dragos ignoraba. Sus ojos dorados no perdían detalle mientras Luka se inclinaba sobre la superficie de paño verde midiendo el ángulo adecuado.
Un poco más…
Luka levantó el tacó colocándolo en la posición correcta.
Solo un poco…
La punta tocó la bola y retrocedió
Dragos hizo crujir sus nudillos una vez más. Un chasquido horrible  tan sonoro como el primero.
—Mierda —rugió Luka al ver fallar estrepitosamente el tiro. La bola ocho dio un salto y salió despedida cayendo con un plop sobre el linóleo manchado y continuó rodando hasta  quedar bajo la barra
—Tenías que hacerlo… ¿no es así? —Luka le rugió enseñando los colmillos.
Dragos sonrío levemente mostrando su propio par de armas en un gesto de intimidación.
La adrenalina corrió por sus venas caliente y salvaje.
—¿Vas a hacer algo al respecto?— gruñó.
Su cuerpo apenas se movió y sin embargo estaba listo para luchar.
Un grupo de moteros ajeno a la discusión se agitó nervioso en una clara demostración de instinto de supervivencia o conciencia de hato.
Luka gruñó soterrado.
Ioan se adelantó un paso.
Ilie se enderezó codo a codo con sus hermanos.
Incluso Mihai levantó la cara mostrando interés en algo por primera vez en la noche, estirando la espalda sin moverse de su asiento.
— Si idiota, voy a hacer algo  — Luka se plantó enfrentando a su hermano nariz con nariz. Durante un largo segundo ambos hombres se midieron hasta que Luka sacudió la cabeza negativamente, pero sin someterse, antes de ir por la bola.
—Voy a ignorar tu deseo estúpido de perder los dientes por nada.
¡No! rugió Dragos por dentro. Necesitaba una pelea, igual que un adicto a su dosis. Una sensación de ligara picazón se extendió por su piel, las uñas de las manos surgieron y necesito de toda su fuerza de voluntad para calmar su ansia de sangre.
Luka tenía razón, estaba actuando por impulso y necedad, la ruta directa al infierno.
¡Mierda!
El monstruo de la desconfianza asomó su cabeza por encima de su hombro.  ¿Conspiraban contra él? ¿Alguno de ellos deseaba ser el alfa?
Recorrió los rostros de sus hermanos buscando el reproche o la crítica y solo hayo preocupación y desconcierto.
Estaba comportándose como un jodido imbécil. Dragos acorralarlo en un rincón de su mente a la bestia de la desconfianza, pero no al monstruo del deshonor.
No quería su preocupación, no necesitaba su piedad, la sola palabra le repugnaba. Ahora necesitaba que alguno de ellos—o todos—le gritaran su incompetencia o se sometieran o mierda ya ni siquiera sabía que era lo que quería.
—Es mejor que te calmes viejo— dijo Ioan palmeándole el brazo — a menos que quieras comenzar el espectáculo de los fenómenos y terminemos por aparecer en las noticias de las cinco.
Dragos se quitó de encima la mano con un empujón que llevaba la fuerza suficiente para desencajarle el hombro. En esos momentos no soportaba que lo tocaran. Se apartó de ellos dándoles la espalda. 
Ioan tenía razón.
O´Sheas era un lugar público estaban rodeados de humanos, cualquier error podría llamar la atención hacia ellos algo que nadie deseaba.
Inhaló profundamente el aire viciado del bar. Sería mejor que se largara de ahí o haría algo que los cinco lamentarían.
No podía arriesgar la vida que habían conseguido en Boston por un instante de furia, bebió un último trago de la Corona y dejo la botella sobre el borde de la mesa con un violento golpe.
—Debo irme— masculló sacando un par de billetes de la cartera para lanzarlos con movimientos rígidos antes de salir tan rápido como le fue posible de O´sheas.
Ninguno de los suyos hizo el menor intento por detenerlo.
El frío de la calle le ayudo un poco a serenarse, aunque apenas fue capaz de percibir el cambio de temperatura.
De reojo observó a algunos clientes de O´Sheas buscando algo de acción con las prostitutas que daban largas caminatas por las aceras cercanas. El olor a perfume, licor barato y desesperación envolvía la calle.
Éste no era un buen lugar y sin embargo hacia juego con su estado de animó, Dragos se sentía en carne viva. Sin poder evitarlo hizo crujir los nudillos por tercera vez. Jugó con la idea de encontrar un callejón para despellejarse las manos o la cabeza—¿por qué no?—  contra los ladrillos.
Debía marcharse a casa seguramente ahí encontraría algo que golpear hasta que le sangraran las manos. Dragos tomó una larga inhalación del aire frío y viciado y sacó las llaves de la Harley Davison aparcada en un rincón.
Antes de poder encender la maquina su aguda audición captó un débil sonido, lejano y tan tenue que los humanos no podían escucharlo. Cerró los ojos para concentrarse, dejando que sus oídos trabajaran.
Ahí estaba de nuevo… gritos agudos, quizás la oportunidad de una buena pelea.
Con algo de suerte podría encontrar una salida para su rabia, una válvula de escape.
Intentando escapar de si mismo echó a andar por las calles desiertas sabiendo que sin importar que tanto corriera la bestia correría con él.
* * * *
Harry Pikett  lanzó una asquerosa maldición al ver a su presa escapar.
La noche había comenzado sin contratiempos, su plan estaba bien definido para logar su meta final, el extermino de todos esos engendros de Satán.
A medida que el tiempo pasaba, la idea de largarse de ahí comenzaba a hacerse cada vez más y más fuerte. No es que no deseara complacerla pero se hacía tarde y con los lobos había que andarse con cuidado.
Si lobos, Harry estaba al tanto de el sucio secreto que esas criaturas guardaban. A pesar de parecerlo los Varek no eran humanos, sino criaturas demoniacas a las que era necesario destruir para bien de la verdadera humanidad.
Pero quizás era mejor hacerlo en otra ocasión.
Estaba por marcharse cuando la puerta de O´sheas se abrió y Dragos Vareck salió a la noche.
Como siempre, Harry sintió la mezcla de envidia corrosiva y repulsión como cada vez que veía a alguno de ellos.
¿Lobo estas ahí?— moduló con los labios.
Sonriendo taimadamente levantó el arma apuntando directamente al pecho del lobo, respiró profundamente y aguardó. Un momento más y el primero de ellos moriría.
Parecía tan fácil que casi no tenía gracia. Harry exhaló, levantó la muñeca con el arma amartillada y contó.
Uno…dos… y
El lobo salió corriendo hacia la noche como si lo persiguieran los demonios del infierno.
Maldita fuera su sangre, pensó mientras bajaba la Glock sin haber logrado disparar.
Harry odiaba a los Vareck por varias razones, la primera de ellas era la excusa que necesitaba para aborrecerlos con todas sus fuerzas: a pesar de todo ese deslumbrante aspecto los Vareck ni siquiera eran humanos.
La segunda era simplemente la más básica y la que jamás admitiría en voz alta: como hombres ellos eran lo que él nunca sería, altos, fuertes, bien parecidos, ricos y con éxito con las mujeres.
La tercera, era un tanto prosaica pero igual de valida a sus ojos: Harry no entendía la razón por la cual contando con tantos recursos, dinero y pudiendo entrar a cualquier lugar —dado que los Vareck eran dueños de una de las más exitosas firmas de consultoría financiera en Boston— tenían que ser asiduos de O´Sheas el bar más sucio y corriente de Misión Hill.
Malditos fueran.
No le agradaba esa parte de la ciudad, no porque no estuviera familiarizado sino por el contrario, la conocía demasiado bien y detestaba estar ahí.
Odiaba esos mugrientos callejones, odiaba el olor a basura que parecía pegarse a su piel y si no fuera por la devoción que le tenía a Ella se daría la vuelta e iría a buscar un par de tragos en algún lugar digno de su categoría en vez de esconderse como una rata vigilando a los Vareck en espera de una oportunidad.
Y ahora al ver correr a ese maldito, la ira por las horas desperdiciadas aguardando lo hacía odiarlos más sobre todo porque sin importar sus deseos debía seguirlo por esas calles olvidadas de de dios.