sábado, 20 de octubre de 2012

Noche de amor para los muertos



Bajo la azulada luz de la luna tu cuerpo desnudo resplandece, mármol tibio derramado sin pudor sobre sábanas de algodón basto.  Tu belleza, inmortal y fugaz, a un tiempo, es un faro que me atrae desde la oscuridad de mi mar hacia la deslumbrante costa de tu lecho.
—Te amo — murmuro a la noche desde mi noche y descubro que si tuviera que entregar mi vida de nuevo, lo haría sin pensar y tan solo por el privilegio de de deslizar la punta de mis dedos por tu piel de seda.  
Por revivir esos breves instantes en que los dos nos convertimos en uno, daría mi alma sin dudarlo.
Dormida musitas quedamente una plegaria y en el gélido aire de la habitación mi nombre, desgranado silaba a silaba, nace convertido en vaho de tus labios.
Sueñas con el amor perdido, lo percibo, y es tu voz doliente y esperanzada, la que me ha hecho volver en ésta noche a tu lado.
Siempre me pregunté si acaso los sentimientos eran más fuerte que el olvido o la distancia.  Si existía únicamente el aquí y el ahora.  Si al morir me desharía en la nada igual que la respiración se funde con la niebla.
Ahora tengo la respuesta y no importa, como tampoco el pasado o el presente, justo o injusto, bueno o malo, la virtud o el pecado.
El cómo o el porqué.
Importa únicamente que estas y estoy, que tus manos dormidas me acarician, que mis manos pálidas te sujetan. Importa tu respiración insuflando vida a mi marchito pecho, tu valiente corazón latiendo por el mío, mis labios gélidos besando el pulso de tu cuello.
—Amor —murmuras llamándome en sueños, asida a mi espalda, arañando mi nada que a la luz de tus emociones se convertida en todo.
—Aquí estoy— respondo para robarte el aliento con un beso y beberme entero el rojo de tus labios, en ésta noche de amor para los muertos.

lunes, 15 de octubre de 2012

Un sueño cumplido



Algunas veces me levantó con el pie derecho, supongo que éste debe ser uno de esos días, porque recibí una hermosa noticia, cuando mi amiga Valeria Vozniak, me puso en el muro el link de su prestigiosa revista literaria “Nueve Musas” entre cuyas páginas y en medio de maravillosos artículos, encontré publicado mi cuento “Lobo”.
No puedo ni decir lo feliz que me siento al leerme desde esa perspectiva, mi agradecimiento a Nueve Musas y desde luego a Valeria.
Malena Cid.

jueves, 11 de octubre de 2012

La decisión de lobo



El lobo esperó inmóvil tras un árbol durante horas, pues al no tener Caperucita reloj, no había forma de programar las citas clandestinas a las que, por necesidad, estaban obligados. 
Los minutos pasaron lentos y del frío de la mañana al calor del medio día, el lobo tuvo tiempo para replantear la situación.
Era obvio que la  chica de la capa roja no le convenía, por muchas y buenas razones. 
Ya se lo había dicho su loba madre, cuando se aventuró a mencionar a aquella desquiciada criatura: Aléjate de las chicas humanas dijo con voz cansina la más vieja de su jauría —solo traen problemas.
Y vaya que era cierto, Caperucita no solo era impuntual, se dijo el lobo, también caprichosa, vanidosa y hasta coqueta. 
Además de que había que reconocer que, la extraña y prohibida, relación en la que estaban envueltos no tenia futuro ni marchaba a ninguna parte. 
En cada cuento, que hubiera leído alguna vez, una chica con una capa roja y un lobo,  eran siempre antagonistas y no amantes, un par de fieras separadas por el modo de cazar y el lugar donde habitaban.
Suspirando de tristeza, el Lobo llegó a la conclusión de que era momento para terminar con el asunto y lleno de resignación se imaginó la vida sin ella.
El tiempo sería igual, pensó flemático.  Seguramente un día sí, y otro también, viviría como un lobo común; perseguiría gamos, ciervos ovejas, cabras y hasta  pastores si se sentía de buen humor, seguramente se la pasaría escondido de los cazadores, de los osos y en general de todos los ojos que no fueran los de su propia familia.
—Eso sí — se dijo con un gruñido —tendría que conformarme con gozo que da el instante donde presa y depredador se convierten en uno.
A cada instante la idea de abandonar su historia de amor le parecía más y más agradable. Le encontró ventajas a esa idea, imaginó satisfacciones, y se proyectó a un futuro en donde junto a una hembra peluda y respetable, fundaría una nueva y feliz jauría.
Más convencido que nunca el lobo se dio la vuelta dispuesto a marcharse. Era mejor así, se dijo, sin explicaciones ni recriminaciones, sólo el silencio para decirle a Caperucita que había por fin terminado.
Ella entendería sin duda y se marcharía de vuelta a su pueblo donde con toda probabilidad, una cohorte de muchachos esperaría por verla.
Si… era mejor así…
Excepto que en un instante comprendió una verdad fundamental en su cuento de hadas:
—Vivir sin amor no es vivir — musitó en voz alta y para nadie.
Era cierto, sin Caperucita, su vida sería lejos de toda duda, mucho más sencilla y tranquila, sin sobresaltos ni habladurías. No se enfrentaría al peligro de ser descubierto, a la reprobación de sus padres, o a la estupidez de querer lo que no se debe.
—Pero tampoco la tendría— murmuro para sí. Ni a ella ni a las noches, en las que convertido en hombre, entraba a escondidas por el balcón de la vieja cabaña, para aullar su amor a la luna llena sobre las sábanas mojadas de sudor.
Tampoco habrían más tardes de retozos en un nido de amapolas encarnadas, en las que el sexo, desenfrenado y caliente desafiaba la lógica de lo posible a convertirlo a él en poco más que un hombre y a ella en poco menos que una fiera.
Sin ella seguramente viviría más, pero existiría menos.
Cuando Caperucita finalmente llegó a la cita, un lobo jadeante y más enamorado que nunca, aguardaba impaciente junto al tronco de un antiguo árbol.
—¿Me esperarías por siempre amor? — preguntó ella  al verlo, al tiempo que tiraba coqueta del lazo que mantenía la capa roja como la sangre en su lugar.
—Siempre —respondió seguro el lobo, mientras sus garras convertidas en manos sujetaban con fuerza la cintura de su fiera.
Malena Cid
2012©Todos los derechos reservados.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Memorias de una chica mala, Capítulo 6

Recostada en mi deshecha cama y sin nadie alrededor, di rienda suelta a mi histeria y es que no haya nada más fácil, cuando se tienen 17, que torturarse uno mismo por cualquier motivo.
Si hubiera sido capaz de pensar con frialdad, me habría dado cuenta de lo imposible que resultaba cualquier interacción entre nosotros, que pasara de los limites que marcaba la ética personal de Alex, pero mi mente inmadura no era capaz de tanto análisis.
Esa noche y mientras alguno de mis viejos se ocupaba de recordar que además de personas eran padres, me dediqué a recordar con lujo de detalles lo que había sentido al colocar la mano sobre él.
Hmmm… a pesar del oscuro y desolado abismo de mi depresión  adolescente, mis ya incipientes conceptos sobre la masculinidad, aunados a mi revolucionada memoria, me permitieron recrear la dureza de sus muslos, el brillo amenazador de sus ojos, la tensión que había mostrado un segundo antes de huir.
Era demasiado para mí y lo sabía, quizá por eso lo deseé aun más. Abrazada a una almohada y en medio de la oscuridad dejé de llorar y comencé a imaginar.
Imaginar que me deseaba como yo a él…
Era grande, era fuerte, sin duda más de lo que podía manejar, pero me sostenía la mirada mientras le acariciaba el muslo con provocadora lentitud.
—Eres una loca — dijo el Alex en mi fantasía, tergiversando sus propias palabras.
—Si — confesé en un sofocado susurro— lo soy…¿no sabías?
Mi mano corrió suavemente sobre sus jeans. En mi imaginación no era la deslenguada, cuasi adolescente y fastidiosa alumna Julia, sino una mujer adulta, sofisticada, completa, mundana, capaz de tentarlo y no la jovencita fastidiosamente calenturienta que lo acosaba.
Lo acaricié despacio, las yemas de mis dedos recorriendo, casi sin querer un muslo cubierto por desteñido dril, percibí claramente su calor, su dureza, la fuera que escondía de todo y de todos.
En la solitaria penumbra de mi habitación, era mi propia mano la que se deslizaba por mi cuerpo, recorriendo las exiguas curvas, mis pechos, el vientre plano, cintura y caderas antes de entregarme por completo a la fantasía de ser amada por el hombre que deseaba.
Era Alex quien me tocaba, su mano grande y ligeramente rasposa rozaba la calidez entre mis muslos.,
—Tan suave…— musitó acariciándome.
—Si…— gemí enterrando mi rostro en la almohada.
El aire denso y caliente de mi habitación, se llenó con el recuerdo del aroma masculino y picante aun vivo en mi nariz. Embebida en mi estimulante ensoñación, mantuve los ojos fuertemente cerrados mientras me aferraba a las sensaciones.
No era la primera vez que me tocaba — y definitivamente no sería la última —pensando en él, pero esa noche fue diferente, una primera vez en cierto modo. ¿Cómo explicarlo? Tal vez diciendo que todo era y no real.
Los botones de mis jeans cedieron y mi pequeña mano la que se deslizó bajo la cinturilla de mis pudorosas bragas, solo que…no era yo quien me tocaba sino Alex.
Los dedos largos y fuertes de mi fantasía, recorrieron mi monte jugando con los rizos oscuros.
Ah…podía sentirlo…literalmente.
Esas manos masculinamente bellas recorrieron mi casi intocada intimidad lentamente, cosquilleando, explorando, recorriendo.
Otra mano se cerró sobre uno de mis pechos, oprimiéndolo sin mucha delicadeza, la sangre se me subió a la cabeza haciéndome olvidar el desastre de la tarde.
¡Qué delicia!... pensé cuando mi Alex de fantasía tironeó de los jeans hasta arrancármelos y arrojarlos sin cuidado, para enseguida hacer lo mismo con la blusa y el bra.
Podía verlo de rodillas, su peso hundiendo levemente el colchón entre mis muslos abiertos, su torso desnudo y musculoso brillaba bajo la luz de la luna (¿Bueno que querían? Esa era mi fantasía y bien podía ponerle o quitarle los detalles que quisiera)
Giré sobre mi cuerpo, hasta quedar boca abajo mientras arrastraba las ya desordenadas sábanas y las caricias robadas a la imaginación me ayudaban a olvidar todo el desastre.
Mi decepción y la coincidente decepción se fundieron, cambiaron moldeando  algo diferente que no tenía que ver con el despecho.
Aunque… quizá en cierto modo, pues convertir a Alex en el objetivo de mi incipiente erotismo pudo haber sido una forma de paliar mis sentimientos encontrados o una manera de vengarme aunque sabe Dios que sólo podía vengarme de mi propia estupidez.  
(Continuará)