miércoles, 3 de octubre de 2012

Memorias de una chica mala, Capítulo 6

Recostada en mi deshecha cama y sin nadie alrededor, di rienda suelta a mi histeria y es que no haya nada más fácil, cuando se tienen 17, que torturarse uno mismo por cualquier motivo.
Si hubiera sido capaz de pensar con frialdad, me habría dado cuenta de lo imposible que resultaba cualquier interacción entre nosotros, que pasara de los limites que marcaba la ética personal de Alex, pero mi mente inmadura no era capaz de tanto análisis.
Esa noche y mientras alguno de mis viejos se ocupaba de recordar que además de personas eran padres, me dediqué a recordar con lujo de detalles lo que había sentido al colocar la mano sobre él.
Hmmm… a pesar del oscuro y desolado abismo de mi depresión  adolescente, mis ya incipientes conceptos sobre la masculinidad, aunados a mi revolucionada memoria, me permitieron recrear la dureza de sus muslos, el brillo amenazador de sus ojos, la tensión que había mostrado un segundo antes de huir.
Era demasiado para mí y lo sabía, quizá por eso lo deseé aun más. Abrazada a una almohada y en medio de la oscuridad dejé de llorar y comencé a imaginar.
Imaginar que me deseaba como yo a él…
Era grande, era fuerte, sin duda más de lo que podía manejar, pero me sostenía la mirada mientras le acariciaba el muslo con provocadora lentitud.
—Eres una loca — dijo el Alex en mi fantasía, tergiversando sus propias palabras.
—Si — confesé en un sofocado susurro— lo soy…¿no sabías?
Mi mano corrió suavemente sobre sus jeans. En mi imaginación no era la deslenguada, cuasi adolescente y fastidiosa alumna Julia, sino una mujer adulta, sofisticada, completa, mundana, capaz de tentarlo y no la jovencita fastidiosamente calenturienta que lo acosaba.
Lo acaricié despacio, las yemas de mis dedos recorriendo, casi sin querer un muslo cubierto por desteñido dril, percibí claramente su calor, su dureza, la fuera que escondía de todo y de todos.
En la solitaria penumbra de mi habitación, era mi propia mano la que se deslizaba por mi cuerpo, recorriendo las exiguas curvas, mis pechos, el vientre plano, cintura y caderas antes de entregarme por completo a la fantasía de ser amada por el hombre que deseaba.
Era Alex quien me tocaba, su mano grande y ligeramente rasposa rozaba la calidez entre mis muslos.,
—Tan suave…— musitó acariciándome.
—Si…— gemí enterrando mi rostro en la almohada.
El aire denso y caliente de mi habitación, se llenó con el recuerdo del aroma masculino y picante aun vivo en mi nariz. Embebida en mi estimulante ensoñación, mantuve los ojos fuertemente cerrados mientras me aferraba a las sensaciones.
No era la primera vez que me tocaba — y definitivamente no sería la última —pensando en él, pero esa noche fue diferente, una primera vez en cierto modo. ¿Cómo explicarlo? Tal vez diciendo que todo era y no real.
Los botones de mis jeans cedieron y mi pequeña mano la que se deslizó bajo la cinturilla de mis pudorosas bragas, solo que…no era yo quien me tocaba sino Alex.
Los dedos largos y fuertes de mi fantasía, recorrieron mi monte jugando con los rizos oscuros.
Ah…podía sentirlo…literalmente.
Esas manos masculinamente bellas recorrieron mi casi intocada intimidad lentamente, cosquilleando, explorando, recorriendo.
Otra mano se cerró sobre uno de mis pechos, oprimiéndolo sin mucha delicadeza, la sangre se me subió a la cabeza haciéndome olvidar el desastre de la tarde.
¡Qué delicia!... pensé cuando mi Alex de fantasía tironeó de los jeans hasta arrancármelos y arrojarlos sin cuidado, para enseguida hacer lo mismo con la blusa y el bra.
Podía verlo de rodillas, su peso hundiendo levemente el colchón entre mis muslos abiertos, su torso desnudo y musculoso brillaba bajo la luz de la luna (¿Bueno que querían? Esa era mi fantasía y bien podía ponerle o quitarle los detalles que quisiera)
Giré sobre mi cuerpo, hasta quedar boca abajo mientras arrastraba las ya desordenadas sábanas y las caricias robadas a la imaginación me ayudaban a olvidar todo el desastre.
Mi decepción y la coincidente decepción se fundieron, cambiaron moldeando  algo diferente que no tenía que ver con el despecho.
Aunque… quizá en cierto modo, pues convertir a Alex en el objetivo de mi incipiente erotismo pudo haber sido una forma de paliar mis sentimientos encontrados o una manera de vengarme aunque sabe Dios que sólo podía vengarme de mi propia estupidez.  
(Continuará)