jueves, 11 de octubre de 2012

La decisión de lobo



El lobo esperó inmóvil tras un árbol durante horas, pues al no tener Caperucita reloj, no había forma de programar las citas clandestinas a las que, por necesidad, estaban obligados. 
Los minutos pasaron lentos y del frío de la mañana al calor del medio día, el lobo tuvo tiempo para replantear la situación.
Era obvio que la  chica de la capa roja no le convenía, por muchas y buenas razones. 
Ya se lo había dicho su loba madre, cuando se aventuró a mencionar a aquella desquiciada criatura: Aléjate de las chicas humanas dijo con voz cansina la más vieja de su jauría —solo traen problemas.
Y vaya que era cierto, Caperucita no solo era impuntual, se dijo el lobo, también caprichosa, vanidosa y hasta coqueta. 
Además de que había que reconocer que, la extraña y prohibida, relación en la que estaban envueltos no tenia futuro ni marchaba a ninguna parte. 
En cada cuento, que hubiera leído alguna vez, una chica con una capa roja y un lobo,  eran siempre antagonistas y no amantes, un par de fieras separadas por el modo de cazar y el lugar donde habitaban.
Suspirando de tristeza, el Lobo llegó a la conclusión de que era momento para terminar con el asunto y lleno de resignación se imaginó la vida sin ella.
El tiempo sería igual, pensó flemático.  Seguramente un día sí, y otro también, viviría como un lobo común; perseguiría gamos, ciervos ovejas, cabras y hasta  pastores si se sentía de buen humor, seguramente se la pasaría escondido de los cazadores, de los osos y en general de todos los ojos que no fueran los de su propia familia.
—Eso sí — se dijo con un gruñido —tendría que conformarme con gozo que da el instante donde presa y depredador se convierten en uno.
A cada instante la idea de abandonar su historia de amor le parecía más y más agradable. Le encontró ventajas a esa idea, imaginó satisfacciones, y se proyectó a un futuro en donde junto a una hembra peluda y respetable, fundaría una nueva y feliz jauría.
Más convencido que nunca el lobo se dio la vuelta dispuesto a marcharse. Era mejor así, se dijo, sin explicaciones ni recriminaciones, sólo el silencio para decirle a Caperucita que había por fin terminado.
Ella entendería sin duda y se marcharía de vuelta a su pueblo donde con toda probabilidad, una cohorte de muchachos esperaría por verla.
Si… era mejor así…
Excepto que en un instante comprendió una verdad fundamental en su cuento de hadas:
—Vivir sin amor no es vivir — musitó en voz alta y para nadie.
Era cierto, sin Caperucita, su vida sería lejos de toda duda, mucho más sencilla y tranquila, sin sobresaltos ni habladurías. No se enfrentaría al peligro de ser descubierto, a la reprobación de sus padres, o a la estupidez de querer lo que no se debe.
—Pero tampoco la tendría— murmuro para sí. Ni a ella ni a las noches, en las que convertido en hombre, entraba a escondidas por el balcón de la vieja cabaña, para aullar su amor a la luna llena sobre las sábanas mojadas de sudor.
Tampoco habrían más tardes de retozos en un nido de amapolas encarnadas, en las que el sexo, desenfrenado y caliente desafiaba la lógica de lo posible a convertirlo a él en poco más que un hombre y a ella en poco menos que una fiera.
Sin ella seguramente viviría más, pero existiría menos.
Cuando Caperucita finalmente llegó a la cita, un lobo jadeante y más enamorado que nunca, aguardaba impaciente junto al tronco de un antiguo árbol.
—¿Me esperarías por siempre amor? — preguntó ella  al verlo, al tiempo que tiraba coqueta del lazo que mantenía la capa roja como la sangre en su lugar.
—Siempre —respondió seguro el lobo, mientras sus garras convertidas en manos sujetaban con fuerza la cintura de su fiera.
Malena Cid
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