sábado, 20 de octubre de 2012

Noche de amor para los muertos



Bajo la azulada luz de la luna tu cuerpo desnudo resplandece, mármol tibio derramado sin pudor sobre sábanas de algodón basto.  Tu belleza, inmortal y fugaz, a un tiempo, es un faro que me atrae desde la oscuridad de mi mar hacia la deslumbrante costa de tu lecho.
—Te amo — murmuro a la noche desde mi noche y descubro que si tuviera que entregar mi vida de nuevo, lo haría sin pensar y tan solo por el privilegio de de deslizar la punta de mis dedos por tu piel de seda.  
Por revivir esos breves instantes en que los dos nos convertimos en uno, daría mi alma sin dudarlo.
Dormida musitas quedamente una plegaria y en el gélido aire de la habitación mi nombre, desgranado silaba a silaba, nace convertido en vaho de tus labios.
Sueñas con el amor perdido, lo percibo, y es tu voz doliente y esperanzada, la que me ha hecho volver en ésta noche a tu lado.
Siempre me pregunté si acaso los sentimientos eran más fuerte que el olvido o la distancia.  Si existía únicamente el aquí y el ahora.  Si al morir me desharía en la nada igual que la respiración se funde con la niebla.
Ahora tengo la respuesta y no importa, como tampoco el pasado o el presente, justo o injusto, bueno o malo, la virtud o el pecado.
El cómo o el porqué.
Importa únicamente que estas y estoy, que tus manos dormidas me acarician, que mis manos pálidas te sujetan. Importa tu respiración insuflando vida a mi marchito pecho, tu valiente corazón latiendo por el mío, mis labios gélidos besando el pulso de tu cuello.
—Amor —murmuras llamándome en sueños, asida a mi espalda, arañando mi nada que a la luz de tus emociones se convertida en todo.
—Aquí estoy— respondo para robarte el aliento con un beso y beberme entero el rojo de tus labios, en ésta noche de amor para los muertos.