sábado, 26 de mayo de 2012

Memorias de una chica mala (capitulo 2)


A lo largo del tiempo ha habido periodos en los que me he sentido confundida, sola, extraña, incluso un poco malvada, supongo que es hasta cierto punto natural, a todos nos ha pasado, pues sin importar lo perfecta que sea nuestra vida, los seres humanos tendemos a joder las cosas.
Sin embargo esos periodos nunca son más violentos o difíciles de sobrellevar que  mientras atravesamos los vendavales de la adolescencia. Es entonces cuando y a pesar de que, en apariencia debamos estar llenos de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, en realidad tan sólo somos humanos y de un modo u otro siempre terminamos haciendo y diciendo cosas de las que nos arrepentimos más tarde.
Algo así fue lo que ocurrió la primera vez hablé con Alex.
Podría argumentar, para defenderme, que justo en ese momento, mi pobre humanidad era presa de mis malvados impulsos hormonales que me obligaban a ser literalmente una perra del mal.
Pero no lo haré.
Éste es mi diario y es aquí donde puedo ser absolutamente honesta, para aceptar que la regué (como decíamos entonces) y convertí la oportunidad de comenzar de cero, con un nuevo profesor, en algo parecido a un pequeño cuento de horror.
Mi única excusa es que la mañana de ese día me levanté con el pie izquierdo o mejor dicho no llegué a acostarme. Aquella noche la pasé arrellanada sobre un sillón, mientras mis viejos (como siempre) usaban las horas muertas de la madrugada para tratar de hacerse más daño.
Aun ahora, y a pesar de que el paso de los años me despojaron de todo sentimentalismo inútil, recordar aquel dolor convertido en palabras, todavía consigue estremecen a la chica que fui.
Un genio de mil demonios, delineado oscuro en los ojos, rastas en el cabello,  botas de trabajo y la actitud de me vale madre la vida, fue lo que llevaba como escudo para confrontar los resultados del test de diagnostico.
—Mondragón — me llamó Alex con voz clara. De inmediato el vientre se me llenó de mariposas, aunque tuve el cuidado de actuar como si todo me tuviera sin cuidado.
No sé que debió pensar al verme aunque reconozco que no pareció particularmente impresionado por mi aspecto,  De haber estado en su lugar no habría vacilado en tacharme, al menos, de problemática por no decir de loca.
—Mondragón—repitió  en cuanto estuve a su lado.
Si, ese es mi apellido, pero no lo gastes… pensé
No se la puse fácil, no estaba de humor para ser condescendiente así que todo lo que hice fue mirarlo con hastió, hasta que sus manos de dedos largos y elegantes tomaron con un poco más de fuerza de la que era normal, el legajo de papeles que yacía sobre el escritorio.
—Tome asiento — me pidió tras la pausa y con la misma desgana de siempre me dejé caer en una silla que él mismo había colocado junto a su escritorio.
Tras un par de segundos de embarazoso silencio, los cuales pasé mirando la rayada punta de mis botas, Alex carraspeo y dijo —¿problemas?
No pude evitar reír con amargura. Más de los que imaginas idiota....
—¿Algo es gracioso? — preguntó ligeramente exasperado, era claro que no tenía idea de cómo lidiar conmigo.
Sintiendo una alegría malvada ladeé la cabeza en un gesto ambiguo.
—A tu edad no debería haber — dijo e hizo un gesto de cansancio
Si…claro…se nota que no recuerdas lo que es tener 17… pensé al tiempo que cabeceaba rencorosa.
—Supongo que está de más preguntar.
No me sorprendió su aparente interés. De tanto en tanto aparece algún profe que parece creer que, con un poco de dialogo, las cosas cambian…Ilusos
Me encogí de hombros.— ¿Que quiere saber? — murmuré finalmente.
Mi voz lo sorprendió y hasta conseguí que sonriera.
—Tu nombre para comenzar.
No pude evitar la mueca de hastío, era más que obvio que sabía quién era, después de todo lo había escuchado pronunciar mi apellido.
—Sería redundar — dije sin ganas de ceder
Su sonrisa se tornó genuina antes de repetir — Redundar…interesante palabra.
—Significa repetir…— gruñí enojada — además es sólo una puta palabra.
Debí haber cerrado la boca, pero no estaba de humor para soportar a otro idiota (por muy bueno que estuviera) burlándose de mí y de modo de hablar.
El agraciado rostro de Alex se crispo, sus sensuales labios se convirtieron en una línea.
—Julia Mondragón— pronuncio mi nombre y apellido, en lo que me pareció un burdo intentó de intimidación.
Ahí va…uno más que enseña el cobre, pensé esperando la llamada de atención reglamentaria.  Una parte de mi se sentía realmente desilusionada. No sé porqué, pero había esperado algo más de él, por otro lado era bueno saber que no tenía que idealizarlo. El profe Petricelli era igual a los demás, tan sólo otro maestro obtuso incapaz de ver nada más que mi apariencia.
—Lamento si creíste que me burlaba— su tono se suavizo a pesar de su obvia contrariedad— nunca fue mi intención, en realidad me resulta estimulante encontrar a alguien con variedad en el vocabulario.
De no ser por la costumbre de mantener un rostro neutro creo que habría abierto la boca. Nunca antes había recibido una disculpa o un halago y mucho menos de un maestro.
—Desde luego, conozco tu nombre, número en la lista y hasta el promedio de calificaciones,— continuó impertérrito — simplemente creí que escucharlo de ti era una buena forma de romper el hielo.
Tenía razón, lo sabía.
La vergüenza coloreo mis mejillas, me sentí torpe y estúpida, una nena malcriada incapaz de ver nada más allá de sus narices.
A pura fuerza de voluntad conseguí balbucear una disculpa y me alejé de ahí, más enojada conmigo de lo que había estado con el mundo.