domingo, 6 de mayo de 2012

Impío


Era cuestión de sangre, no de muerte sin embargo entre los míos ambas cosas se confunden a menudo, así que cuando hundí los colmillos en aquel cuello de cisne, el hambre y la demencia se mezclaron hasta hacerse uno.
-No –gimió ella al sentir la mordida.
Si…grité con la mente al sentir su vida fluir para llenarme la boca y deslizarse por mi lengua con ese sabor rojo y ferroso de la sangre. El ansia nublo mi mente, mis manos se asieron a su cintura, la apreté furioso contra mi cuerpo  mientras bebía con avidez.
Ella gimió de nuevo, esta vez no fue una palabra sino un sonido leve y fugaz como un suspiro. Mi antiguo yo se agitó bajo el barniz de civilización con que los siglos lo habían cubierto. Sentí mi autocontrol agitarse bajo las embestidas de la bestia sedienta de sangre que una vez fui.
Fue el tiempo que dura sólo un latido, el mismo instante que le toma a un corazón estrecharse para impulsar la sangre y mantener la vida, en el que me vi suspendido entre el cielo y el infierno.
Así mismo fue el aroma de su miedo, la excitación que me producían sus patéticos forcejos lo que me devolvió a un pasado distante y glorioso. Una Era perdida en mi memoria en la que fui reverenciado, temido, amado y odiado como un dios impío.
El ciclo se completaba, el eslabón se unía a la cadena, la locura se imponía a la vida del mismo modo que el amor era aplastado por el hambre.
Y mientras la desangraba apretándola entre mis brazos comprendí por fin el alcance de la maldición: Nada podría salvarme, ni siquiera el amor.
Al final no había esperanza, tan sólo muerte.