jueves, 22 de septiembre de 2011

Canción de Mar


Ella quería darme algo. Si hubiera dicho amor, mi corazón se habría detenido pero de todos modos, no podía creer mi suerte, sus palabras me dejaron aturdido, no podía respirar, tenía que calmarme.  Periferia morir que hacerle daño. Buenas intenciones que desaparecieron en cuanto la besé.
Supe que no habría forma de contenerme cuando su cuerpo flexible y esbelto se pegó al mío, acuné su rostro en mis manos y puse en ese beso partes iguales deseo y desesperación.
Apelando a una fortaleza que nunca tuve me separe de ella y la miré, un gran error, mi deseo creció al ver sus ojos brillantes por la excitación y labios hinchados por mis besos. Cerré los ojos para alejar esa imagen apoyando mi frente en la suya aun con mis manos rodeando su cara.
—¿Quieres hablar primero?— Dije forzándome a ir lentamente aunque realmente no se me ocurría de que hablar.
—No — ronroneó mi sirena — no hablar, te quiero a ti.
Aileen es seductora, es después de todo es una sirena aunque ella misma no lo sepa. Me sujetó por la mandíbula de la misma forma en la que yo tocaba su rostro haciéndome inclinar mi cara para ponernos al mismo nivel, impulsándose desde sus piernas que me rodeaban se elevó frotando todo su cuerpo contra mí en un erótico mojado y resbaloso rocé.
—Keli— murmuró bajito antes de besarme.
En toda mi vida no conocí deseo como el que ella me inspiraba, fue arrollador, tan intenso que no entiendo por que el mar no hirvió con el calor que generamos.
En medio del beso bajé los brazos para sujetarla por las caderas, separe nuestros labios y la elevé un momento, nuestras caras quedaron frente a frente, deseaba mirarla, contemplar sus ojos color oscuros queriendo retener esa imagen para siempre.
Estaba a punto de tenerla por completo, de llenar su cuerpo con  el mío. Tuve un momento de duda, ella era pequeña, delicada, y yo era grande, mucho más que Aileen, no sabía si mi erección entraría en ella.  Alieen jadeó al sentirme, un sonido de éxtasis y agonía, intenté penetrarla pero era tan increíblemente estrecha que a duras penas  logre hacerlo, un tanto asustado la solté para sujetar sus caderas.
—Aun puedes arrepentirte— le dije sabiendo que moriría si se hacía para atrás. Deseaba estar con ella, en ella.  Mis instintos me urgían a tomar de ella aquello que me era ofrecido libremente.
Viendo mis dudas Aileen hizo lo que yo, me soltó el rostro y bajo una mano para rodear mi erección jadeando de asombro al no lograr abarcarla por completo, su delicada mano me acaricio de arriba abajo logrando que casi estallara con su simple su toque.
—¿Quieres hacerlo?— pregunté de nuevo con los dientes trabados.
—Más que nunca— dijo moviendo la muñeca para colocar nuestros cuerpos y presionó contra mí, bajando su cuerpo de golpe para que la penetrara.
Aun siendo ella era quien me contenía fui yo quien grité al sentirla. Me di cuenta que era su primer amante, su jadeó involuntario de dolor me paralizó un momento haciéndome detenerme intentando que ella se acostumbrara a sentirme dentro.
Aileen se mordió el labio en un gesto de inconciente sensualidad y me miró expectante, en aquel momento sus caderas ondularon, su calor me rodeó envolviéndome, se sentía tan estrecha, mojada y resbaladiza que tuve que concentrarme en no eyacular inmediatamente.
Mi sirena jadeó, nuestra unión le dolía, podía verlo pero ya no había marcha atrás, ella era mía, lo sentía en la forma en la que se entregaba a ese momento en que estábamos unidos.
¡Como deseaba conservarla para siempre!. 
Nuestros labios se unieron de nuevo y volvimos a sumergirnos, al llevarla en los brazos mientras nos desplazábamos ella continúo frotándose contra mí, sus manos me sujetaron de los hombros mientras levantaba el torso aplastando sus pechos, sus pezones duros como guijarros se presionaron clavándose en mis pectorales.
En mi mente escuché esos ruiditos que Alieen hizo cuando la besé por primera vez, unos pequeños gemidos delicados y absolutamente femeninos que fueron aumentando volviéndose salvajes y desinhibidos.
Nos acariciamos y tocamos con fiereza, nadamos sin rumbo, simplemente dejando que la corriente nos guiara, girando, haciendo rizos en el agua, hundiéndonos para en seguida acender. Mis caderas empujaban y se retiraban al ritmo de los movimientos de mis piernas, ella jadeaba apoyándose en mis hombros para aparejar sus movimientos a los míos con sus maravillosas piernas rodeando mi cintura.  Su cuerpo me aprisionaba, casi me hacía daño, me envolvía reteniendo, rodeando, quemando mi erección en su ardiente y pegajosa presión.  
Mi velocidad aumentó, no podía evitarlo, me dejé llevar, empujé poseído por la urgencia se dejar mi semilla. No, no únicamente mi semilla sino mi marca en su cuerpo, queriendo hacerle saber al mundo que ella era mía.
Ella enterró las uñas en mis hombros y arqueó la espalda.  Sus gritos de placer resonaron profundamente en mí, era la señal que necesitaba, ascendí buscando el cielo, llevando mi felicidad en los brazos y enterrado en su cuerpo.
Estallé un instante antes de emerger, mi semen se vertió en su envolvente calor y grité igual que ella.  La fuerza de mi empuje nos hizo saltar del agua, rompimos la superficie y nos elevamos mientras mi orgasmo seguía y seguía durante el interminable momento en que nos elevamos suspendidos entre el cielo y el mar.