miércoles, 12 de septiembre de 2012
Hijo de Nadie
Algunas veces la llamaba tía, un titulo que siempre antecedía a su nombre, un nombre que a pesar de su evidente rareza, nunca percibí como diferente y es que no recuerdo haber escuchado jamás, ni antes ni después, otro como el suyo: Nadie
Ella era Nadie y al mismo tiempo todo, una presencia tan rotunda y contundente que, en sí misma, resultaba, una contradicción a su nombre.
Nadie tenía los ojos negros como trozos de carbón, la piel cetrina, la boca grande, la risa fácil y una corona de desordenados rizos rodeando como un halo su cabeza, vestía siempre de colores vivos y la mayor parte del tiempo andaba descalza.
No era amiga del orden, ni una gran ayuda en cualquiera de los menesteres domésticos que implicaran agua, jabón, escobas o paños, sin embargo o a pesar de, Nadie mantenía su oronda persona rigurosamente limpia.
A Nadie le gustaban los animales, especialmente perros y gatos, de los cuales tenía muchos de todos los colores y tamaños por lo que al avanzar por los vetustos corredores de la alquilada casa en donde crecí, se me figuraba una reina rodeada de sus cortesanos de cuatro patas y de aquel niño de ojos claros y piel de trigo que la seguía como a su sombra.
Sin ella, mi niñez habría sido diferente, triste diría, mis padres, simplemente estaban demasiado ocupados en sus grandes proyectos como para realizar la miríada de pequeñas y numerosas tareas que implica la crianza de un niño, así que estuvieron más que agradecidos cuando Nadie anuncio, sin que nadie le pidiera, que se haría cargo de aquella cría molesta y preguntona que parecía no encajar en ningún lado.
No recuerdo época más feliz que aquella, en la que esa mujer extravagante y colorida se convirtió en mi madre sustituta, pues cada día, cada desayuno, merienda, cena, cada hora del baño, cada juego y cuento, cada tarde de sol en la playa y cada hora de dormir en mi infancia estuvo sin duda presidida por Nadie.
Puedo decir sin temor a equivocarme o faltar a la memoria que Nadie me amó.
Ella parecía eterna, pero no lo era, una mañana cuando mi cuerpo se adentraba a la adolescencia aunque mi mente se empeñaba en permanecer anclada a la infancia, Nadie se marcho de sorpresa, por el camino de conchas y caracolas que marcaba la frontera de lo posible, dejando a mis padres, nuevamente con la carga, de criar un hijo al que nunca habían conocido.
La enterráramos una tarde soleada, luminosa y poco parecida a la amargura que reinaba pero idéntica a ella en su vivacidad y alegría.
En su lapida simplemente grabamos: Nadie yace aquí, como si de esa forma pudiéramos paliar el dolor de saber que la ociosa e inocente delicia de mis días con ella terminaran de forma tan abrupta.
Ha pasado tiempo desde entonces pero aun ahora, al pensar en ella me invade el deseo de ser niño de nuevo, tomar su mano morena y regordeta entre las mías blancas y pequeñas para decirle lleno de admirada maravilla: Mira Nadie somos iguales, soy tu hijo, el hijo de Nadie.
lunes, 10 de septiembre de 2012
DENUNCIA DE AUTORES A EDITORIAL PELÍCANODENUNCIA DE AUTORES A EDITORIAL PELÍCANO
DESDE "De Mariposas y otras cosas, Bolg de Malena Cid" NOS HACEMOS ECO DE ESTE RECLAMO
Los
auotres indignados con el proceder y la indiferencia que esta
"editorial" presenta ante sus reclamos anuncian que de ser necesario
harán públicos todos los incumplimientos que han tenido con ellos para
que ya no puedan engañar a más autores y lectores. Reclaman se les anule
el contrato por escrito, se les devuelvan los derechos de sus obras y
que estas sean eliminadas de todo canal de ventas que utilice la
"editorial" de Hubeto Pérez Bernate y Maria E. Cardona Porto.
Crónica de un robo…
Todo autor tiene dos
grandes ilusiones, la primera y más importante es ser leído, la segunda es ver
la obra que nace de su ingenio convertida en una realidad tangible como lo es
el libro.
Hace ya más de un año y
tras enviar mi trabajo a varias casas editoriales, recibí por fin una respuesta
positiva (aquellos que escriben, saben lo difícil que es conseguirla) de la
autoproclamada Editorial Pelicano. Llena
de alegría e ilusionada como sólo puede estarlo una escritora con una carta de aceptación,
me dispuse a completar los requisitos impuestos para poder ver mi novela en
papel.
Primero que nada, debía
firmar un contrato, escanearlo y enviarlo de vuelta más 150 Dll destinados a
cubrir los gastos de la legalización del contrato, más un ejemplar para mi
biblioteca que ellos me enviarían. Debo decir que aunque me resultó un poco
extraña la petición de dinero, la ilusión fue más fuerte y tras vencer mis
recelos y haciendo un esfuerzo económico envié el monto requerido.
Al final y tras casi un
mes de espera, recibí mi novela en papel, reconozco que por breve momento fui
la más feliz de las mujeres pero después abrí el libro y me di cuenta que en
principio, toda la estructura y extensión de los párrafos había sido modificada
para adaptar mi novela a un determinado tamaño.
Ese sólo detalle debí
abrirme los ojos, pero cegada como estaba, lo dejé pasar, asumiendo que lo
ocurrido se debía a la maquetación de la obra.
Tras ese detalle, me
dediqué a hacer un poco de promoción de mi novela, no puedo decir que con
grandes resultados, soy una mujer un tanto tímida y privada, por lo tanto la autopropaganda
no se me da muy bien.
Hasta ahí todo bien,
sin embargo y tras dejar trascurrir los seis meses que según mi contrato con
Pelicano debía espera para que la editorial estuviera en la obligación de
entregarme un informe de ventas y el pago de las regalías correspondientes,
todo se desencajó o por lo menos la venda rosa con la que me cubría los ojos
comenzó a caer.
Consciente de que mi
novela (que dicho sea de paso es deliciosa) no se había promocionado por lo
tanto no resultaba un best selller, no esperaba recibir una gran suma, si acaso
apenas lo suficiente para cubrir el préstamo para financiar su publicación, así
que me dirigí a los canales que Pelicano había determinado para informes de
ventas y pago de regalías sin recibir respuesta.
Más o menos al mismo
tiempo, en la red social del FB descubrí a una autora mexicana llamada Elena
Ortiz Muñiz quien en esos momentos sostenía una lucha por la misma causa.
Asustada, me salté los
canales y escribí pidiendo por escrito (aunque resulte redundante) reportes de
ventas y fue aquí cuando recibí la primera sorpresa, pues Pelicano me salió con
que sólo podía cubrirme el pago en efectivo si la cantidad era superior a los
150 Dll.
Enojada contraataqué
con una carta en la que les recordaba que los términos del contrato no incluían
el pago en especie, sin importar el monto de las regalías y que imponer mínimos
era una violación a nuestro acuerdo comercial.
Como respuesta Pelicano
rompió toda comunicación conmigo, no han vuelto a escribir, ni a nada. Eso sí,
mi Marina aun sigue a la venta con ellos y a mí me tienen en ascuas.
Ya no deseo más que
recuperar mis derechos comerciales, aunque he llegado a pensar que nunca los
perdí, probablemente Hubeto Pérez Bernate y María E. Cardona Porto, ni siquiera
hayan legalizado el contrato y simplemente se embolsaron los 150 dll, que podrán
no parecer mucho pero en los tiempos que corren y en el país al que pertenezco
son una pequeña fortuna que me hubieran permitido cubrir otras necesidades.
Ahora y sin saber mucho
lo que pasara en el futuro, he decidido poner a Marina con otra casa: La EditoraDigital, es ahora el escaparate de mi trabajo, tras recibir de ellos el trato
digno y correcto que todo autor merece.
Sin más por el momento se
despide la agraviada aunque aun ilusionada Malena Cid.
Continuara…
martes, 4 de septiembre de 2012
Memorias de una chica mala cap 5
Capítulo 5
Pero
el dolor no se fue, no desapareció, ni se hizo soportable. Era una adolescente
y en esa etapa cualquier clase de rechazo se sentía igual a tener la hoja fría
de una navaja entre las costillas.
Supongo
que suena melodramático, pero quien no lo es a los 17, ojala no fuera así, pero
tras los años pasados, tan sólo queda asumirlo.
No
hubo muchas palabras más, Alex se levantó de su asiento y dando un rodeo para
evitar rozarme, se fue, observé su espalda erguida y fuerte perfilada contra la
luz de la pantalla para luego desaparecer en el revuelo de luz causado por la
apertura repentina de las cortinas.
El
resto de la película pasó con más pena que gloria, el momento había pasado y
ahora tan sólo me quedaba la resaca que me bebí a tragos mientras el Dr.
Felming y Anna Barton destrozaban su vida y la de sus seres queridos.
De
regreso a la casa, con los libros de ingles bajo el brazo, me sentí realmente
mal, sucia, culpable, rechazada, enojada, una maravillosa mezcla de emociones
sombrías hirviendo bajo la superficie de mi piel.
Para
variar, la casa estaba sola cuando llegué, por una parte era mejor así, no
tenía humor para enfrentarme a mi madre y responder coherentemente a sus
preguntas que en ese momento se me antojaban ridículas.
La regué…ese
era el único pensamiento que rondaba por mi mente. Simple, conciso pero
absolutamente real.
Todavía
odio esa sensación de fracaso que de tanto en tanto me recorre el vientre cada
vez que por alguna razón mi mente vuelve a ese momento.
Algunas
veces quisiera regresar en el tiempo y comportarme de otro modo, hacer las
cosas de forma diferente o…¡Mierda!...no sé…cambiar algo y hacer de esos
furibundos y salvajes años algo mejor.
Supongo
que no soy la única con ese deseo y también supongo que si pudiera hacerlo, no
sería yo misma.
Es
duro comprender que (como diría Ortega y Gasset) para bien o para mal soy el
resultado de mis circunstancias y de las —buenas o malas —decisiones que tomé.
Sin
molestarme en encender las luces me dirigí a mi habitación, buscando la soledad
y privacidad de mi santuario para derramar mi amargura en lágrimas.
No
tuve mucho tiempo, antes darme cuenta el teléfono sonó. Es extraño ahora
recordar en aquellos viejos aparatos, sus estridentes timbres y las llamadas a
casa en estos tiempos, en los que los móviles son artículos (casi) de primera
necesidad.
Dudé
en responder, después de todo y conociendo la larguísima lista de amigos que no
podían esperar para hablar conmigo (ironía), seguramente sería una llamada para
mis padres.
Pero
no.
No
por una vez.
—¿Si?
— pregunté sin mucho ánimo de ser cortes.
El
silencio al otro lado de la línea me puso en guardia y creí que sería alguna de
las zorras con las que mi padre se enredaba de tanto en tanto y que por alguna
razón creían que llamar a la casa de algún modo haría que mi madre les dejara
el camino libre… (Pobres ilusas)
—¿Si?
— repetí sin saber que esperar y para mi propia sorpresa escuché un voz
aclararse la garganta.
—Julia—
dijo y al instante supe quien se escondía tras la línea. Alex Petricelli
Me
tocó ser la que se quedaba sin palabras, así que simplemente sostuve el aparato
con tanta fuerza que mis nudillos dolieron.
—¿Julia
eres tú? — su voz rasposa me llenó de mariposas el pecho y en un breve instante
todo el oscuro cóctel emocional se ocultó tras un absurdo jubilo.
—Si
— conseguí responder mientras el corazón me saltaba en el pecho.
—Yo…no
sé porque —comenzó a explicarse y de nuevo guardó silencio. La cadencia de su
acento se hizo dolorosamente clara.
—¿Por
qué, qué? — atajé impaciente, la ira y demás emociones negativas regresaron haciéndome
atacar. —¿Por qué soy una loca? ¿es porque te gustó?
Hubo
una pausa larguísima en la que casi esperé que cortara la comunicación antes de
escucharlo decir — No sabes lo que dices.
—Si
lo sé — rebatí — soy joven, no estúpida.
—No—
la vehemencia de su respuesta me detuvo un segundo antes de que mi mente
recalentada volviera al ataque.
—¿Entonces
de que se trata?
—De
ti.
—No,
no de mi, — apreté el auricular con fuerza.
—Si—
siguió él avanzando por encima de mis palabras, callándome a la fuerza con su
voz. — si de ti, de lo que eres, del potencial que tienes y de cómo lo
desperdicias en nada.
—No
sabes nada de mí.
—No
lo suficiente, pero si más de lo que debería.
—¿Tienes
idea de cómo me siento? A que no ¿Verdad?
—Sé
que te sientes sola — musitó — sé que no consigues conectarte y por eso actúas
como si el mundo te diera lo mismo, la escuela, el futuro, incluso ese chico —
otra llamativa pausa — con el que andas.
No
me gustó que todo fuera tan claro para él. — No hables de Fran.
—Él
no me interesa.
—A
mi sí.
—No
es cierto.
—¿Cómo
mierda lo sabes? — gruñí. — como sabes lo que siento o no, ¿Quién te crees que
eres?
Un
ruido de fondo me llamó la atención, algo como una puerta que se abría y el
amortiguado eco de una voz femenina. Intuitivamente supe que nuestra conversación
había terminado, Alex no se atrevería a seguir hablando, por lo menos no con la
intimidad con la que lo había hecho hasta ahora.
—Dices
que ésta conversación no se trata de ti si no de mi — le espeté aprovechándome de
su repentino silencio— pero creo que te equivocas.
—No…no
lo creo, lo sé.
—Creo
que se trata de ti — lo atajé. Mi corazón latía tan rápido que creí que me
desmayaría — y de mí.
—No—
otra seca negativa
—Oh,
sí — seguí sin importar si me ponía en ridículo o no —creo que te gusto y no
tienes la menor idea de cómo explicarle a esa mente obtusa lo que sientes.
—Eres
una cría — dijo.
Parecía
que trataba de convencerse.
—No
lo soy — una oleada de calor corrió por mi vientre mientras la valentía y el
descaro se unían para hacerme hablar — no soy una adulta, —admití,—tengo 17
pero sé lo que quiero y como lo quiero y
no me avergüenzo de hacerlo y si, tienes razón, no quiero a Fran, lo admito
pero lo necesito.
—¿Para
qué diablos? — me espetó.
—para
cerrar los ojos y fingir que te beso a ti.
El
chasquido llegó y con él, el silencio, mi oscura habitación resultó
extrañamente acogedora, sin molestarme en desvestir, me tumbé boca arriba en la
cama y dejé que mis lágrimas corrieran libres mojando mis mejillas y la sábana.
Quizás
había metido la pata hasta el fondo, cruzado la línea en lo que pudo haber sido
algo bueno, el inicio de una amistad.
Quizás…pero
lo hecho estaba hecho y por ahora sólo me quedaba llorar en paz.
Malena Cid
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Memorias de una chica mala
sábado, 1 de septiembre de 2012
Eres
un agujero en mi pecho que no consigo llenar,
dolor sordo en el fondo de mi conciencia,
eco mutilado,
silencio de una ausencia no reconocida
y no resuelta.
Pero eres.
Eres un amante que nunca he tocado,
deseo insatisfecho,
el alimento que no necesitado,
pero infinitamente anhelado,
amor inútil aunque profundo,
el borde de mi piel que niego.
Pero eres
Todas esas cosas secretas y desconocidas,
los vestidos que no me atrevería a usar,
la experimentación, el placer, la resaca
y el deseo perverso de seguir pecando.
Pero eres.
todo y nada,
arriba y abajo,
dentro pero fuera,
contraste, contradicción,
dominio y sumisión.
Pero eres.
Malena Cid
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Poemas reflexivos
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