martes, 4 de septiembre de 2012

Memorias de una chica mala cap 5



Capítulo 5

Pero el dolor no se fue, no desapareció, ni se hizo soportable. Era una adolescente y en esa etapa cualquier clase de rechazo se sentía igual a tener la hoja fría de una navaja entre las costillas.
Supongo que suena melodramático, pero quien no lo es a los 17, ojala no fuera así, pero tras los años pasados, tan sólo queda asumirlo.
No hubo muchas palabras más, Alex se levantó de su asiento y dando un rodeo para evitar rozarme, se fue, observé su espalda erguida y fuerte perfilada contra la luz de la pantalla para luego desaparecer en el revuelo de luz causado por la apertura repentina de las cortinas.
El resto de la película pasó con más pena que gloria, el momento había pasado y ahora tan sólo me quedaba la resaca que me bebí a tragos mientras el Dr. Felming y Anna Barton destrozaban su vida y la de sus seres queridos.
De regreso a la casa, con los libros de ingles bajo el brazo, me sentí realmente mal, sucia, culpable, rechazada, enojada, una maravillosa mezcla de emociones sombrías hirviendo bajo la superficie de mi piel.
Para variar, la casa estaba sola cuando llegué, por una parte era mejor así, no tenía humor para enfrentarme a mi madre y responder coherentemente a sus preguntas que en ese momento se me antojaban ridículas.
La regué…ese era el único pensamiento que rondaba por mi mente. Simple, conciso pero absolutamente real.
Todavía odio esa sensación de fracaso que de tanto en tanto me recorre el vientre cada vez que por alguna razón mi mente vuelve a ese momento.
Algunas veces quisiera regresar en el tiempo y comportarme de otro modo, hacer las cosas de forma diferente o…¡Mierda!...no sé…cambiar algo y hacer de esos furibundos y salvajes años algo mejor.
Supongo que no soy la única con ese deseo y también supongo que si pudiera hacerlo, no sería yo misma.
Es duro comprender que (como diría Ortega y Gasset) para bien o para mal soy el resultado de mis circunstancias y de las —buenas o malas —decisiones que tomé.
Sin molestarme en encender las luces me dirigí a mi habitación, buscando la soledad y privacidad de mi santuario para derramar mi amargura en lágrimas.
No tuve mucho tiempo, antes darme cuenta el teléfono sonó. Es extraño ahora recordar en aquellos viejos aparatos, sus estridentes timbres y las llamadas a casa en estos tiempos, en los que los móviles son artículos (casi) de primera necesidad.
Dudé en responder, después de todo y conociendo la larguísima lista de amigos que no podían esperar para hablar conmigo (ironía), seguramente sería una llamada para mis padres.
Pero no.
No por una vez.
—¿Si? — pregunté sin mucho ánimo de ser cortes.
El silencio al otro lado de la línea me puso en guardia y creí que sería alguna de las zorras con las que mi padre se enredaba de tanto en tanto y que por alguna razón creían que llamar a la casa de algún modo haría que mi madre les dejara el camino libre… (Pobres ilusas)
—¿Si? — repetí sin saber que esperar y para mi propia sorpresa escuché un voz aclararse la garganta.
—Julia— dijo y al instante supe quien se escondía tras la línea. Alex Petricelli
Me tocó ser la que se quedaba sin palabras, así que simplemente sostuve el aparato con tanta fuerza que mis nudillos dolieron.
—¿Julia eres tú? — su voz rasposa me llenó de mariposas el pecho y en un breve instante todo el oscuro cóctel emocional se ocultó tras un absurdo jubilo.
—Si — conseguí responder mientras el corazón me saltaba en el pecho.
—Yo…no sé porque —comenzó a explicarse y de nuevo guardó silencio. La cadencia de su acento se hizo dolorosamente clara.
—¿Por qué, qué? — atajé impaciente, la ira y demás emociones negativas regresaron haciéndome atacar. —¿Por qué soy una loca? ¿es porque te gustó?
Hubo una pausa larguísima en la que casi esperé que cortara la comunicación antes de escucharlo decir — No sabes lo que dices.
—Si lo sé — rebatí — soy joven, no estúpida.
—No— la vehemencia de su respuesta me detuvo un segundo antes de que mi mente recalentada volviera al ataque.
—¿Entonces de que se trata?
—De ti.
—No, no de mi, — apreté el auricular con fuerza.
—Si— siguió él avanzando por encima de mis palabras, callándome a la fuerza con su voz. — si de ti, de lo que eres, del potencial que tienes y de cómo lo desperdicias en nada.
—No sabes nada de mí.
—No lo suficiente, pero si más de lo que debería.
—¿Tienes idea de cómo me siento? A que no ¿Verdad?
—Sé que te sientes sola — musitó — sé que no consigues conectarte y por eso actúas como si el mundo te diera lo mismo, la escuela, el futuro, incluso ese chico — otra llamativa pausa — con el que andas.
No me gustó que todo fuera tan claro para él. — No hables de Fran.
—Él no me interesa.
—A mi sí.
—No es cierto.
—¿Cómo mierda lo sabes? — gruñí. — como sabes lo que siento o no, ¿Quién te crees que eres?
Un ruido de fondo me llamó la atención, algo como una puerta que se abría y el amortiguado eco de una voz femenina. Intuitivamente supe que nuestra conversación había terminado, Alex no se atrevería a seguir hablando, por lo menos no con la intimidad con la que lo había hecho hasta ahora.
—Dices que ésta conversación no se trata de ti si no de mi — le espeté aprovechándome de su repentino silencio— pero creo que te equivocas.
—No…no lo creo, lo sé.
—Creo que se trata de ti — lo atajé. Mi corazón latía tan rápido que creí que me desmayaría — y de mí.
—No— otra seca negativa
—Oh, sí — seguí sin importar si me ponía en ridículo o no —creo que te gusto y no tienes la menor idea de cómo explicarle a esa mente obtusa lo que sientes.
—Eres una cría — dijo.
Parecía que trataba de convencerse.
—No lo soy — una oleada de calor corrió por mi vientre mientras la valentía y el descaro se unían para hacerme hablar — no soy una adulta, —admití,—tengo 17 pero sé lo que quiero  y como lo quiero y no me avergüenzo de hacerlo y si, tienes razón, no quiero a Fran, lo admito pero lo necesito.
—¿Para qué diablos? — me espetó.
—para cerrar los ojos y fingir que te beso a ti.
El chasquido llegó y con él, el silencio, mi oscura habitación resultó extrañamente acogedora, sin molestarme en desvestir, me tumbé boca arriba en la cama y dejé que mis lágrimas corrieran libres mojando mis mejillas y la sábana.
Quizás había metido la pata hasta el fondo, cruzado la línea en lo que pudo haber sido algo bueno, el inicio de una amistad.
Quizás…pero lo hecho estaba hecho y por ahora sólo me quedaba llorar en paz.
Malena Cid