lunes, 6 de agosto de 2012

Memorias de una chica mala Cap 4


El descubrir aspectos insospechados de mi personalidad es una de las cosas que agradezco a Alex, la otra fue enseñarme que la verdadera sensualidad está en la mente y los detalles.
Un hombre sexy no es el que tiene el mejor cuerpo — aunque tenerlo no está de más— sino el que usa la mente para seducir.
Alex era seductor aun sin intención. Bastaba escuchar el tono ronco de su voz, explicando prosaicos problemas de algebra, para que la piel se me erizara y ni hablar de lo bien que se veía.
Definitivamente, las matemáticas no volvieron a ser las mismas después de él y sólo por eso merecería tener un lugar destacado en mis memoria, sin embargo Alex fue, y aun es, más, mucho más.
El hombre que recuerdo, era complejo y a ratos complicado, tenía un genio rápido pero era justo, hablaba en voz baja aunque sabía hacerse escuchar, era sexy y al mismo tiempo, distante como la luna…
En cuanto entraba al salón toda la clase miraba con atención, no a toda la retahíla de números con sus signos de más, menos e igual, sino a sus manos grandes y elegantes que sostenían la tiza sin apenas mancharse.
No fui la única encandilada, si en algún punto me diera por asistir a las reuniones de ex alumnos, a las que de tanto en tanto soy invitada y se me ocurriera la peregrina idea de preguntar por él, estoy bastante segura de que obtendría una larga hilera de suspiros que me pondrían una sonrisa tonta en la cara.
Lo miraba desde mi juventud y mi lugar con la misma ambición de lo prohibido y mientras él explicaba prosaicos problemas matemáticos, mi mente se deleitaba en imaginar toda clase de cosas perversas que, dicho sea de paso, no eran ni la mitad de las que sé ahora.
Más o menos por esa época tenía un novio —o algo así —un chico guapo llamado Francisco que antes de conocer a Alex me parecía interesante y maduro y después patoso e insufrible, eso no impedía que muchas veces me diera gusto con él, en el asiento trasero de su viejo sedan.
Recordar esas horas locas llenas de besos y manos desbocadas aun me pone la carne de gallina. Puede que no fuera tan inteligente o hábil como Alex, pero Frank besaba muy bien y cuando no se ponía pesado resultaba divertido.
Nuestra relación era poco convencional —para los cánones de la época — nunca me preguntó si deseaba ser su novia y yo tampoco lo aclaré, sino que en una de esas salidas de fin de semana, nos encontramos por casualidad y tras una flechazo inicial, nos mandamos mano sin mayor tramite.
Frank fue el primero en tocarme los senos, en meter la mano bajo mi blusa y entre mis piernas, eso sí, sin quitarnos los jeans. No sé si fui la primera en tocarle el bulto, en morderle la barbilla y montarme en sus caderas para besarnos hasta que nos dolieran los labios, pero tampoco me importaba.
Gracias a él tuve mi primer orgasmo y fue delicioso, una sacudida eléctrica que me hizo olvidar hasta mi nombre y que mientras duró me aferré a su espalda gimiendo sin vergüenza.
Gracias a mí, él se corrió completamente vestido y sé nunca me perdono por ello.
Quizá lo nuestro habría madurado con el tiempo. No dudo que en algún punto habríamos terminado en su cama o en la mía, pero la atracción es un don esquivo que tiende a desaparecer sin ninguna causa aparente y eso fue lo que me ocurrió.
Frank dejó de atraerme, pero no por eso dejé de escaparme con él en las tarde a perder el tiempo y pasarla bien. Algunas veces pienso que debí darle otra oportunidad a lo nuestro, pero como no lo hice, no tiene caso divagar en lo que pudo ser.
Mi nuevo profe se convirtió en una obsesión…una deliciosa obsesión que hizo desaparecer el deseo que sentía por cualquier otro chico. 
Pensaba en Alex al besarlo al besar a Frank y cuando torpemente recorrían mis pechos, mi mente evocaba otras manos.
Como dije, nunca fui una chica buena.
Las chicas buenas, como dice el refrán, van al cielo, las malas a todas partes y yo recorrí mi ciudad de punta a punta.
En las tardes y en vez de asistir a mis clases de idioma, me dediqué a ir al cine, sé que ahora no parece la gran cosa, hay lugares mucho peores en donde ir a parar, pero en mi no tan lejana adolescencia, faltar a clases se consideraba algo serio.
¡Dios!... que ingenua me siento al recordarlo.
Fue en una de esas ocasiones, cuando por algún extraño giro del destino, Alex y yo coincidimos en la proyección de una película, que para la casta y conservadora sociedad en la que me crie era casi pornografía: Damages.
No se suponía que yo la viera, después de todo era joven e impresionable y menor de edad, (jaja)  pero de un modo u otro siempre me las arreglaba para entrar a la sala de cine sin levantar sospechas.
Recuerdo la luz de la tarde que contrastaba con la impenetrable oscuridad del cine, la aspereza del viejo asiento contra mi espalda, la oscura forma de un hombre a dos butacas de distancia, el rostro bello de Juliette Binoche en un impresionante close up y la innegable emoción de ser testigo de algo eróticamente prohibido
Saber que no debía estar ahí me ponía los nervios de punta y me hacía mirar por encima del hombro pendiente de cada movimiento, manteniendo un ojo en la pantalla y otro en lo que rodeaba, así que cuando el hombre a dos butacas de distancia se levantó y avanzó hacia mí, poco faltó para que me diera un ataque.
La adrenalina corrió en mis venas, me preparé para gritar, escapar, para todo…excepto lo que ocurrió.
—¿Qué haces aquí? — preguntó entre susurros una voz impregnada de un fuerte acento.
—¡Oh Dios! — alcancé a gemir antes de cubrirme la boca. Tres filas adelante una voz siseo pidiendo silencio y sin que yo lo hubiera pedido Alex se dejó caer a mi lado.
—No deberías ver esto— susurró.
Me tomó un segundo pensar la respuesta y dos más convencer a mi lengua que debía moverse pero cuando lo hice, todo el miedo se evaporó y sólo quedó la secreta excitación de estar con él en la oscuridad—¿Tu sí? — lo tuteé saltando de un solo golpe la distancia entre un maestro y su alumna.
Alex dirigió la vista a la pantalla y yo aproveché para mirar de reojo su maravilloso perfil, tras una pausa anuncio —Soy mayor de edad — como si yo no supiera.
—¿Y qué? — me alcé de hombros y dirigí mis ojos a la pantalla, donde tenía lugar un prohibido, y quizá por ello, excitante encuentro sexual. — yo no…así que acúsame.
Sonreí ante el muy audible bufido de frustración y durante los siguientes cinco minutos nos dedicamos a ignorarnos mutuamente, fingiendo estar atentos a la pantalla.
Mi corazón latía tan rápido, el pulso frenético de mi sangre vibraba en las yemas de mis dedos que a falta de algo mejor se aferraban al reposabrazos de la butaca.
—Esto no es bueno — lo escuché musitar pero me negué a seguirle el juego y fingí que no me afectaba, sin embargo para cuando la escena terminó y a pesar de mi fanfarronada, no puedo negar que me sentía sucia.
—¿Satisfecha? — preguntó con un poco de resentimiento.
—¿Por qué habría de estarlo? — lo miré y me alcé de hombros— es sexo fingido, si fuera real pues…
—¡Dios! — un gesto extraño cruzó por sus facciones y la cadencia de su acento resultó tan clara como el tañido de una campana. —tenían razón.
—¿Quiénes?
Alex obvio mi pregunta y siguió hablando para si  —eres un desastre a punto de ocurrir.
Fue como recibir un golpe en la cara pues nada me habría herido más de lo que esas palabras lo hicieron.
“Un desastre a punto de ocurrir”…eso era yo. Esa era la percepción de los que me rodeaban, de algún modo siempre lo supe pero hasta entonces, nadie lo había expresado con esa claridad.
Un dolor muy físico me estrujó el corazón, la sensación de estar más sola que la una me llenó de una rabia feroz que sólo deseaba devolver el golpe.
—Quizá —acepté tragándome las lágrimas. Fijé una vez más los ojos en la película— pero no soy tu desastre o nada que tenga que ver contigo.
Supongo que Alex comprendió el desliz verbal que había cometido porque me miró con preocupación teñida de remordimiento. —¿No lo entiendes?
—No hay nada que entender — negué con la cabeza para puntualizar mi mente buscaba una forma de causar daño— aunque es divertido darme cuenta de lo mucho que piensas en mi.
Alex desechó el comentario con un movimiento de mano— Eres una chica con muchas posibilidades… — comenzó a explicarse.
—Ahórrate — le dije sin bajar la voz, la sensación de vergüenza se agudizó — Lo que digan de mí, me tiene sin cuidado, he vivido con los rumores mucho antes de que aparecieras y seguiré cuando te vayas.
—Escucha… — siseo.
—No — lo atajé y sonreí sintiendo deseos de ser mala o sé que se apoderó de mí, ni de donde saqué el valor para colocar la mano sobre su rodilla pero al hacerlo percibí la fuerza y el calor de su cuerpo bajo la rugosa tela de los jeans,— que pasa profe,— lo provoqué.— ¿No se siente tentado a averiguar qué tan mala puedo ser?
Alex se envaró, sus ojos me fulminaron tratando de mostrar la autoridad de un adulto pero me negué a ceder. No era una chica buena, me recordé, sino un desastre andante al que todo mundo auguraba un mal final, así que tocarlo era algo casi esperado.
—¡Loca! —me sostuvo la mirada antes de deshacerse de mi mano de un golpe— ¿tienes idea de lo que ocurriría si alguien nos viera?
—Algo así —sonreí al imaginar el escándalo — pero cuento con ello.
Alex miró de derecha a izquierda, estaba furioso, su respiración áspera llenaba el silencio entre nosotros.
—¿Qué es lo que tratas de probar? — preguntó.
—Yo…— le regalé una sonrisa torcida — nada, todo mundo ya se ha encargado de dejar claro que soy mala.
—Mala o …
Nunca supe que era lo que intentaba decir, tampoco estaba de humor para escuchar.
—¿A le qué temes? — pregunté sintiendo el eco de su toqué en mi piel, —¿A los rumores, el descredito…?—sonreí malvada– o a ceder.
No sé que esperaba, si que responderá o que no, sólo sé que algo dentro de mi dolía y deseaba que el dolor cesara.