jueves, 26 de abril de 2012

De lobos y Caperucitas


Capitulo 1

Fuente de maravillas

Las niñas buenas no deben pasear solas por la noche.
Me advirtió la abuela Calpurnia apenas tuve edad suficiente para comprender, primero que yo era una chica y segundo, el significado de pasear, que para la dura mujer que me crió, era ni más ni menos ir de fiesta sin acompañante.
Hay que estar de acuerdo con que se trata de un buen consejo, dado además con excelentes intenciones, pero es en definitiva, poco práctico en la época que me tocó vivir, en donde hay que valerse por sí misma sin importar las circunstancias.
No es que piense que mi abuela está desfasada, senil o algo así. Nada más lejano de la realidad ya que ella es—a parte de algunas extrañas manías —una de las mujeres más sensatas que conozco y sus consejos son  siempre útiles… con la excepción de éste.
Sin embargo reconozco que la noche que estuve frente a frente a Dragan Feroce en el Bosque —el Lounge bar de moda en mi ciudad—  tuve la sospecha de que debí haberlo seguido.
No me mal entiendan, no soy ninguna niña boba que se asusta de cualquier cosa, sino una mujer actual, con todo lo que el titulo lleva: vivo sola en una casita de la calle Leñador cuya hipoteca aun no terminó de pagar, trabajo como contable por horas en varias empresas, entre ellas la pastelería de la abuela, pago mis cuentas, hago la colada y aparte de salir con hombres hechos y derechos, tengo muy pocos vicios. En pocas palabras mi existencia es absolutamente común y corriente, sin sobresaltos y pocos riesgos.
No podía ser de otro modo cuando se vive en Fuente de Maravillas, una ciudad que difícilmente es tachada de cosmopolita. De hecho llamarla ciudad es quizás una exageración para un pueblo glorificado que posee dos iglesias, diez parques, un Waltmart, dos salas de cine y unos cuantos buenos— realmente buenos — restaurants.  
Como se podrá imaginar la vida resulta un tanto monótona. Ver las mismas caras, escuchar las mismas quejas, salir con más o menos las mismas personas… es bastante aburrido y si esa situación se prolonga durante mucho tiempo el resultado es una volátil mezcla de mala leche y cotilleo, esperando a estallar a la mínima provocación.
No es de extrañar que dicha provocación llegara, cuando menos se esperaba, en la figura de un alto, sexy y nada convencional hombre de negocios que respondía al poco ortodoxo nombre de Dragan Feroce.
Para ser justos hay que reconocer que la ciudad estaba pasando por un largo periodo de calma e inmovilidad el día —o más bien la tarde — que el señor Feroce apareció conduciendo un Ferrari rojo descapotable como si tal cosa fuera común en Fuente de Maravillas.
Quizás no se dio cuenta de la agitación que causó, aunque podría darse el caso de que lo hiciera a propósito, algo así como un medio para llamar la atención y convertir su llegada en un acto de desafío o propaganda. El resultado fue de lo más previsible.
A las ocho de la noche, todo mundo sabía todo lo que valía la pena saber de él, es decir los hechos comprobables.  A las nueve, las especulaciones sobre el origen y pasado del señor Feroce avanzaban a toda velocidad, para las diez las llamadas telefónicas que tenían como objetivo averiguar detalles sobre su vida privada, se multiplicaron por mil, a las once, ante la falta de información fidedigna se inicio una serie de murmuraciones malintencionadas y al filo de la media noche, corría el rumor era que Dragan Feroce era en realidad alguna clase de peligroso criminal que venía a esconderse en nuestra pacifica ciudad.
El señor Feroce no hizo intento alguno, por aclarar las cosas o integrarse, por el contrario mantuvo un aire misterioso que sólo consiguió exacerbar los ánimos, especialmente cuando contra todo sentido común, adquirió la Casona Faller — un decrépito pero bien ubicado edificio— a un precio ridículamente caro y anunció con total desparpajo que pensaba instalar un Lounge Bar.
Ahí fue cuando se desató el infierno.
De pronto, y por toda la ciudad, no se hablo de otra cosa que no fuera el señor  Feroce y su  robo, como se dio por llamar a operación de compraventa de la casona.  Como es natural, su reputación pasó de dañada a desastrosa, sin que eso, aparentemente, le quietara el sueño o cambiara, su notoriamente nocturno, estilo de vida.
Para mayor mortificación de los vecinos y mía —lo admito—, en un dos por tres, el antes respetable pero abandonado edificio, se transformó en un sórdido club gótico. 
O cuando menos esa era la historia.
Al ser nativa de Fuente de Maravillas, no me sorprendía la capacidad sus pobladores para despotricar en público por un asunto que era a todas luces, privado, después de todo, cada quien podía hacer lo que le viniera en gana con sus propiedades, siempre y cuando no violara la ley y por mucho que la idea me disgustara, tenía que aceptar que no existía prohibición alguna para instalar esa clase de negocios.
Acepto que gran parte de mi desagrado se debía al el forastero que ahora era propietario de uno de los símbolos de la ciudad. A regañadientes admitía  que antes de que el señor Feroce se interesara en la vieja casona, a nadie se le había ocurrido hacer algo para evitar su destrucción.
Eso no evitaba la oleada irracional de furia que me invadía al pensar en el guapo, alto, imponente y desconsiderado hombre que parecía disfrutar tocándole las pelotas a toda una ciudad y que por si fuera poco tenía el descaro de convertir una muy digna edificación en un bar de mala muerte.
Durante un par de meses, más o menos el tiempo que tomó la remodelación, traté de distanciarme del tema, al fin y al cabo, Dragan Feroce, su vida, tiempo y dinero no eran de mi incumbencia. Me daba igual si el tipo salía de fiesta todas las noches, gastaba ingentes cantidades de dinero en satisfacer sus caprichos o si su última conquista fue una modelo anoréxica sacada de la cubierta de la Cosmo.
Hice oídos sordos a las habladurías y me mordí la lengua antes que de dedicarle una sola palabra al tema, así me aseguré que nadie notara mi sucio secretito: que estaba absoluta, total y completamente, fascinada con el Sr. Feroce y por eso lo odiaba.
Desde que tengo memoria siempre estuve a gusto en mi propia piel, sé que no soy una belleza pero tampoco estoy mal. Sensual y curvilínea así me describió un novio del instituto y es así como me sentí, hasta el momento en que puse los ojos  en Dragan Feroce y comprendí que estaba fuera de mi alcancé.
—Cabrón hijo de puta — murmuraba para mí cada vez que pensaba en lo sexy y deseable que lucía en sus fotos con esa actitud de “vayan todos a la mierda” con la que navegaba por la vida, “gastas tu ira en nada Rose” me recordaba al momento siguiente desalentada.
Sé que eventualmente habría superado esos sentimientos masoquistas por un hombre del que podía decir, con total seguridad, nunca sabría de mi existencia.
Excepto que…
En ese momento no tenía idea de lo poco que al destino le importaba mi “total seguridad”.