martes, 9 de abril de 2013

Cuento de Hadas para Vampiros Cap 8




Capitulo 8
Damien
Dejar la cama tibia, los suaves brazos de mi mujer para adentrarme en la tierra y dormir fue una de las cosas más duras que hubiera hecho jamás, pero el sol es el sol y con él los Strigoi no podemos discutir.
Al mirarla por última vez aquella mañana mi deseo por ella me hizo plantearme— por primera vez— la idea de enfrentar la luz. Al final fue Ilana quien me pidió que me fuera.
Recuerdo sus cabellos, largos y oscuros, enredados sobre la blanca almohada, el rojo de sus labios inflamados por mis besos, el placer que hacía estremecer su piel con sus ecos.
—Te amo tanto — murmuré acariciando el suave contorno de su rostro.
Ilana me sonrió y fue como ver de nuevo un amanecer. Ella tenía razón, para bien o para mal, estábamos destinados a estar juntos.
Desinhibida, Ilana estiró su cuerpo sobre el colchón. A pesar de haber pasado la noche entre sus muslos de seda, mi virilidad reaccionó irguiéndose. Suspiré incapaz de apartar la vista— Quizás pueda quedarme…
Ilana negó con la cabeza y después con los labios —Nada me gustaría más — dijo y se irguió en la cama dejando que las sabanas cayeran para descubrir el brillo de su cuerpo hecho de nácar y luz.
—Te quiero — dijo sonriendo — ¿lo sabes?
—Si…lo sé.
Ilana enredó sus brazos menudos contra mi cuello, sus labios mojados y tersos se amoldaron a los míos y nos besamos con hambre insaciable durante un largo…larguísimo momento tras el cual renuente empujó mi pecho para apartarme — Debes irte — murmuró.
Rodeé su minúscula cintura con mis brazos y la mecí suavemente —¿Y si no quiero?
Ella sonrió y negó con la cabeza, sus palmas firmes descansaban sobre la piel de mi pecho para impedir que la apretara.
—No quiero dejarte — le dije sintiendo cada palabra. No quería marcharme, no deseaba dejarla sola y desprotegida.  Mis instintos gritaban me marchara con ella de ese pueblo olvidado de Dios de inmediato
Ajena al lóbrego presagio Ilana me guiñó el ojo musitando con voz ronca y sexy —Sólo serán unas horas.
—Demasiado tiempo sin ti— le respondí sonriendo — qué tal si nos marchamos de una vez.
Ilana deslizó sus manos por mi piel hasta rodearme, se acurruco suspirando contra mi pecho. — me encantaría…
—¿Pero?
—Quiero hacer las cosas bien — dijo
Reí feliz, deslicé las manos hasta abarcar la suave redondez de su trasero —Las has hecho maravillosamente.
Ella también rió agitando levemente su larga melena contra mi piel para después morderme suavemente.
—Hey… — protesté tomándole el pelo.
—Es serio Damien.
Acuné su rostro con la mano saboreando el suave calor.— lo sé, por eso creo que debemos irnos ahora, podrías tomar tus cosas y ya.
—Sí, podría.
Una vez más sentí aquel maldito Pero en su voz.
—¿Qué te detiene?
Ella dudó un momento y le di un pellizco juguetón en la nalga para animarla a seguir.
—Es una tontería — dijo por fin.
—Nada en ti es una tontería — aspiré el aroma de sus cabellos embriagado.— ¿Qué te detiene amor? ¿Es el sol?...— dudé comprendiendo que quizás Ilana no estaba preparada para dejar la luz —¿quieres despedirte de él?
—No — ella protestó y me miró —¿Cómo extrañar el sol si te tengo a ti?
—¿Entonces?
—Es tonto — repitió.
—Ya pasamos por eso — la reprendí suavemente.
Ella negó con la cabeza —no quiero que culpen a ti o a cualquier Strigoi si desaparezco.
—Ilana… — musité sintiendo como un golpe todo el amor que ella sentía por mí. —no sabes cuánto te amo.

domingo, 10 de marzo de 2013

Para ti...hombre



Si cierro los ojos casi puedo ver la silueta de tu rostro recortada contra la sangre que corre por las persianas de mis parpados.
Si pienso en ti siento, aunque no sepa exactamente qué.   
Tu aroma, alguna vez odiado, de tanto en tanto llega hasta mis recuerdos y los hace revolotear como mariposas sobre la playa del tiempo.
Éstas aunque no estés, una presencia enclavada en mí día a día.
No lo sabes, y quizá nunca lo harás, pero eres tú quien desayuna conmigo, quien me acompaña en auto en esos largos trayectos cantando viejas canciones a dúo de una sola voz, quien se ducha y enjabona mi piel con tus recuerdos.
Si duermo son tus brazos fantasmales los que me rodean, es la ausencia de tus manos quien me acaricia en las noches y eres tú quien cada noche me recuerda que soy mujer para ti…hombre.
Malena Cid

domingo, 24 de febrero de 2013

Derecho, revés.



Sentada en una mecedora, sin más compañía que coloridas bolas de lana, dos agujas y mucho tiempo, tejo  y me importa un comino lo que piensen los demás.
—Punto derecho.
Dicen que comencé esta afición por puro despecho, pero la verdad es que siempre había deseado hacerlo.
—Punto revés.
Mi madre cree que debería hacer otra cosa, cestería o cerámica tal vez. Mi suegra - quizás deba llamarla futura ex suegra - concuerda.
—Punto derecho.
A las dos se les ha ocurrido que de ese modo por lo menos tendremos una vajilla nueva en lugar de éste proyecto de manta que es cuento de nunca acabar.
—Punto revés.
Sin embargo yo encuentro relajante montar punto sobre punto.
—Punto derecho.
Ya que es lo único que monto, además cuando tejo no pienso.
—Punto revés.
¡Y menos en ese cabrón!
—Punto derecho.
 No me pregunto en dónde o peor aún, con quién esta.
—Punto revés.
Tejer me agrada.
—Punto derecho.
Así no extraño a ese hombre.
—Punto revés.
No desgasto mi tiempo en recuerdos.
—Punto derecho.
No pienso en su piel.
—Punto derecho.
O su aroma.
—Punto derecho.
Ni me da por idealizarlo en la cama.
—Punto derecho.
Y es que el desgraciado era bueno en ella.
—Punto derecho.
Más que bueno, maravilloso.
—Punto derecho.
Aguanta horas y además…
! Mierda!
¡Me equivoqué! ¡Y con lo que odio deshacer lo hecho! ¡Tres malditas horas desperdiciadas en nada!
Aunque eso no es lo peor, ni por mucho. Lo peor será cuando alguien entré a la habitación y pregunte en todo mesurado como quien le habla a una loca:
¿Qué tejes Penélope?
Malena Cid.