miércoles, 25 de enero de 2012

Lucia Maller…una historia de fantasmas.


Su nombre era Ian O´Connor y tenía un par de hoyuelos deliciosos en las mejillas. El único problema era que sólo los dejaba ver de tanto en tanto cuando sonreía, algo que no hacía con frecuencia, pero eso no lo supe sino hasta mucho más tarde.
Lo conocí en el peor de mis días, bajo la más mala, absurda y horrenda de las circunstancias y es que la muerte trágica, más cuando es la propia tiende a hacer coincidir dichas particularidades.
Supongo que antes de seguir hablando de Ian O´Connor debería presentarme aunque realmente no le veo el caso. No es como que pueda estrechar la mano o saludar con un par de sonoros besos o tan siquiera lucir una deslumbrante o parca sonrisa porque ni siquiera tengo rostro que mostrar.
Si, así es, suena extraño al pensarlo y mucho más la forma en que se siente pero es la forma en la están actualmente las cosas.
Así pues comenzaré diciendo que me llamo Lucia Maller, tengo…no, tenía 24 años, un departamento miserable en un edificio de segunda, por el que pagaba una hipoteca, un trabajo aburrido y una gata de tres patas a la que amaba…no, a la que amo más que a mucha gente que he conocido en la vida y estoy muerta.
Muerta… que palabra tan dura y tan rotunda para describir un estado que ni siquiera ahora puedo comprender realmente. No es algo de lo que me enorgullezca. Es decir, siempre me consideré una mujer inteligente o por lo menos lo suficiente para encajar en cualquier situación.
En el instituto no era de las chicas populares, esas que tienen como novio al tipo más buenorro y saben que ropa usar para mostrar sus atributos. Así pues no era una diva pero tampoco una paria. Aunque me encantaban las botas de trabajo, los aros en el ombligo y el delineador negro nunca usé nada de eso por temor a sobresalir.
No es que distinguirse sea malo, es solo que había que hacerlo por los motivos correctos y lucir  como refugiada de la oscuridad no parecía uno.
Viéndolo en perspectiva, creo que era cobarde, temía al rechazo así que lo evitaba mimetizándome con el montón. Si, lo confieso, fui una más de las ovejas pero tuve algunos amigos…
¿O no?
La dolorosa verdad es que no.
Creo que estar muerta hace que esos detalles se conviertan en nimiedades y me obligan a aceptar que en realidad no tuve amigos reales sino compañeros. La clase de gente que firma los anuarios al final de año y se olvida de ti.
Siendo honesta admito que mientras estuve viva fui común tirando a mediocre y lo único que me hace original no es la muerte, sino la forma en que morí. Resulta irónico que una vida tan común haya terminado de forma abrupta y cruel.
Lo que nos lleva de nuevo a Ian O´Connor que como podrán adivinar si tiene un trabajo poco usual. No es que los detectives de la división de homicidios sean escasos pero tampoco conocí a muchos.
O´Connor fue mi primer en muchos sentidos, no es que en vida hayamos coincidido -y francamente dudo que de hacerlo él hubiera reparado en mi como para eso- sino que fue el primer (de hecho el único) hombre que se interesó en mi como persona.
En ese momento comprendí –demasiado tarde- que acababa de encontrar al tipo más decente que hubiera conocido. Pude notarlo con un vistazo a esos ojos azules que miraban los despojos de mi cuerpo con pena real en lugar de la hastiada indiferencia de los otros detectives. En el tacto firme pero delicado con el que sus manos tomaron mi barbilla para mirarme a la cara y el tono suave y controlado con el que me prometió que encontraría a quien me hizo daño.
Estar muerta debía haberme vuelto cínica sin embargo le creí.