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martes, 4 de septiembre de 2012

Memorias de una chica mala cap 5



Capítulo 5

Pero el dolor no se fue, no desapareció, ni se hizo soportable. Era una adolescente y en esa etapa cualquier clase de rechazo se sentía igual a tener la hoja fría de una navaja entre las costillas.
Supongo que suena melodramático, pero quien no lo es a los 17, ojala no fuera así, pero tras los años pasados, tan sólo queda asumirlo.
No hubo muchas palabras más, Alex se levantó de su asiento y dando un rodeo para evitar rozarme, se fue, observé su espalda erguida y fuerte perfilada contra la luz de la pantalla para luego desaparecer en el revuelo de luz causado por la apertura repentina de las cortinas.
El resto de la película pasó con más pena que gloria, el momento había pasado y ahora tan sólo me quedaba la resaca que me bebí a tragos mientras el Dr. Felming y Anna Barton destrozaban su vida y la de sus seres queridos.
De regreso a la casa, con los libros de ingles bajo el brazo, me sentí realmente mal, sucia, culpable, rechazada, enojada, una maravillosa mezcla de emociones sombrías hirviendo bajo la superficie de mi piel.
Para variar, la casa estaba sola cuando llegué, por una parte era mejor así, no tenía humor para enfrentarme a mi madre y responder coherentemente a sus preguntas que en ese momento se me antojaban ridículas.
La regué…ese era el único pensamiento que rondaba por mi mente. Simple, conciso pero absolutamente real.
Todavía odio esa sensación de fracaso que de tanto en tanto me recorre el vientre cada vez que por alguna razón mi mente vuelve a ese momento.
Algunas veces quisiera regresar en el tiempo y comportarme de otro modo, hacer las cosas de forma diferente o…¡Mierda!...no sé…cambiar algo y hacer de esos furibundos y salvajes años algo mejor.
Supongo que no soy la única con ese deseo y también supongo que si pudiera hacerlo, no sería yo misma.
Es duro comprender que (como diría Ortega y Gasset) para bien o para mal soy el resultado de mis circunstancias y de las —buenas o malas —decisiones que tomé.
Sin molestarme en encender las luces me dirigí a mi habitación, buscando la soledad y privacidad de mi santuario para derramar mi amargura en lágrimas.
No tuve mucho tiempo, antes darme cuenta el teléfono sonó. Es extraño ahora recordar en aquellos viejos aparatos, sus estridentes timbres y las llamadas a casa en estos tiempos, en los que los móviles son artículos (casi) de primera necesidad.
Dudé en responder, después de todo y conociendo la larguísima lista de amigos que no podían esperar para hablar conmigo (ironía), seguramente sería una llamada para mis padres.
Pero no.
No por una vez.
—¿Si? — pregunté sin mucho ánimo de ser cortes.
El silencio al otro lado de la línea me puso en guardia y creí que sería alguna de las zorras con las que mi padre se enredaba de tanto en tanto y que por alguna razón creían que llamar a la casa de algún modo haría que mi madre les dejara el camino libre… (Pobres ilusas)
—¿Si? — repetí sin saber que esperar y para mi propia sorpresa escuché un voz aclararse la garganta.
—Julia— dijo y al instante supe quien se escondía tras la línea. Alex Petricelli
Me tocó ser la que se quedaba sin palabras, así que simplemente sostuve el aparato con tanta fuerza que mis nudillos dolieron.
—¿Julia eres tú? — su voz rasposa me llenó de mariposas el pecho y en un breve instante todo el oscuro cóctel emocional se ocultó tras un absurdo jubilo.
—Si — conseguí responder mientras el corazón me saltaba en el pecho.
—Yo…no sé porque —comenzó a explicarse y de nuevo guardó silencio. La cadencia de su acento se hizo dolorosamente clara.
—¿Por qué, qué? — atajé impaciente, la ira y demás emociones negativas regresaron haciéndome atacar. —¿Por qué soy una loca? ¿es porque te gustó?
Hubo una pausa larguísima en la que casi esperé que cortara la comunicación antes de escucharlo decir — No sabes lo que dices.
—Si lo sé — rebatí — soy joven, no estúpida.
—No— la vehemencia de su respuesta me detuvo un segundo antes de que mi mente recalentada volviera al ataque.
—¿Entonces de que se trata?
—De ti.
—No, no de mi, — apreté el auricular con fuerza.
—Si— siguió él avanzando por encima de mis palabras, callándome a la fuerza con su voz. — si de ti, de lo que eres, del potencial que tienes y de cómo lo desperdicias en nada.
—No sabes nada de mí.
—No lo suficiente, pero si más de lo que debería.
—¿Tienes idea de cómo me siento? A que no ¿Verdad?
—Sé que te sientes sola — musitó — sé que no consigues conectarte y por eso actúas como si el mundo te diera lo mismo, la escuela, el futuro, incluso ese chico — otra llamativa pausa — con el que andas.
No me gustó que todo fuera tan claro para él. — No hables de Fran.
—Él no me interesa.
—A mi sí.
—No es cierto.
—¿Cómo mierda lo sabes? — gruñí. — como sabes lo que siento o no, ¿Quién te crees que eres?
Un ruido de fondo me llamó la atención, algo como una puerta que se abría y el amortiguado eco de una voz femenina. Intuitivamente supe que nuestra conversación había terminado, Alex no se atrevería a seguir hablando, por lo menos no con la intimidad con la que lo había hecho hasta ahora.
—Dices que ésta conversación no se trata de ti si no de mi — le espeté aprovechándome de su repentino silencio— pero creo que te equivocas.
—No…no lo creo, lo sé.
—Creo que se trata de ti — lo atajé. Mi corazón latía tan rápido que creí que me desmayaría — y de mí.
—No— otra seca negativa
—Oh, sí — seguí sin importar si me ponía en ridículo o no —creo que te gusto y no tienes la menor idea de cómo explicarle a esa mente obtusa lo que sientes.
—Eres una cría — dijo.
Parecía que trataba de convencerse.
—No lo soy — una oleada de calor corrió por mi vientre mientras la valentía y el descaro se unían para hacerme hablar — no soy una adulta, —admití,—tengo 17 pero sé lo que quiero  y como lo quiero y no me avergüenzo de hacerlo y si, tienes razón, no quiero a Fran, lo admito pero lo necesito.
—¿Para qué diablos? — me espetó.
—para cerrar los ojos y fingir que te beso a ti.
El chasquido llegó y con él, el silencio, mi oscura habitación resultó extrañamente acogedora, sin molestarme en desvestir, me tumbé boca arriba en la cama y dejé que mis lágrimas corrieran libres mojando mis mejillas y la sábana.
Quizás había metido la pata hasta el fondo, cruzado la línea en lo que pudo haber sido algo bueno, el inicio de una amistad.
Quizás…pero lo hecho estaba hecho y por ahora sólo me quedaba llorar en paz.
Malena Cid

lunes, 6 de agosto de 2012

Memorias de una chica mala Cap 4


El descubrir aspectos insospechados de mi personalidad es una de las cosas que agradezco a Alex, la otra fue enseñarme que la verdadera sensualidad está en la mente y los detalles.
Un hombre sexy no es el que tiene el mejor cuerpo — aunque tenerlo no está de más— sino el que usa la mente para seducir.
Alex era seductor aun sin intención. Bastaba escuchar el tono ronco de su voz, explicando prosaicos problemas de algebra, para que la piel se me erizara y ni hablar de lo bien que se veía.
Definitivamente, las matemáticas no volvieron a ser las mismas después de él y sólo por eso merecería tener un lugar destacado en mis memoria, sin embargo Alex fue, y aun es, más, mucho más.
El hombre que recuerdo, era complejo y a ratos complicado, tenía un genio rápido pero era justo, hablaba en voz baja aunque sabía hacerse escuchar, era sexy y al mismo tiempo, distante como la luna…
En cuanto entraba al salón toda la clase miraba con atención, no a toda la retahíla de números con sus signos de más, menos e igual, sino a sus manos grandes y elegantes que sostenían la tiza sin apenas mancharse.
No fui la única encandilada, si en algún punto me diera por asistir a las reuniones de ex alumnos, a las que de tanto en tanto soy invitada y se me ocurriera la peregrina idea de preguntar por él, estoy bastante segura de que obtendría una larga hilera de suspiros que me pondrían una sonrisa tonta en la cara.
Lo miraba desde mi juventud y mi lugar con la misma ambición de lo prohibido y mientras él explicaba prosaicos problemas matemáticos, mi mente se deleitaba en imaginar toda clase de cosas perversas que, dicho sea de paso, no eran ni la mitad de las que sé ahora.
Más o menos por esa época tenía un novio —o algo así —un chico guapo llamado Francisco que antes de conocer a Alex me parecía interesante y maduro y después patoso e insufrible, eso no impedía que muchas veces me diera gusto con él, en el asiento trasero de su viejo sedan.
Recordar esas horas locas llenas de besos y manos desbocadas aun me pone la carne de gallina. Puede que no fuera tan inteligente o hábil como Alex, pero Frank besaba muy bien y cuando no se ponía pesado resultaba divertido.
Nuestra relación era poco convencional —para los cánones de la época — nunca me preguntó si deseaba ser su novia y yo tampoco lo aclaré, sino que en una de esas salidas de fin de semana, nos encontramos por casualidad y tras una flechazo inicial, nos mandamos mano sin mayor tramite.
Frank fue el primero en tocarme los senos, en meter la mano bajo mi blusa y entre mis piernas, eso sí, sin quitarnos los jeans. No sé si fui la primera en tocarle el bulto, en morderle la barbilla y montarme en sus caderas para besarnos hasta que nos dolieran los labios, pero tampoco me importaba.
Gracias a él tuve mi primer orgasmo y fue delicioso, una sacudida eléctrica que me hizo olvidar hasta mi nombre y que mientras duró me aferré a su espalda gimiendo sin vergüenza.
Gracias a mí, él se corrió completamente vestido y sé nunca me perdono por ello.
Quizá lo nuestro habría madurado con el tiempo. No dudo que en algún punto habríamos terminado en su cama o en la mía, pero la atracción es un don esquivo que tiende a desaparecer sin ninguna causa aparente y eso fue lo que me ocurrió.
Frank dejó de atraerme, pero no por eso dejé de escaparme con él en las tarde a perder el tiempo y pasarla bien. Algunas veces pienso que debí darle otra oportunidad a lo nuestro, pero como no lo hice, no tiene caso divagar en lo que pudo ser.
Mi nuevo profe se convirtió en una obsesión…una deliciosa obsesión que hizo desaparecer el deseo que sentía por cualquier otro chico. 
Pensaba en Alex al besarlo al besar a Frank y cuando torpemente recorrían mis pechos, mi mente evocaba otras manos.
Como dije, nunca fui una chica buena.
Las chicas buenas, como dice el refrán, van al cielo, las malas a todas partes y yo recorrí mi ciudad de punta a punta.
En las tardes y en vez de asistir a mis clases de idioma, me dediqué a ir al cine, sé que ahora no parece la gran cosa, hay lugares mucho peores en donde ir a parar, pero en mi no tan lejana adolescencia, faltar a clases se consideraba algo serio.
¡Dios!... que ingenua me siento al recordarlo.
Fue en una de esas ocasiones, cuando por algún extraño giro del destino, Alex y yo coincidimos en la proyección de una película, que para la casta y conservadora sociedad en la que me crie era casi pornografía: Damages.
No se suponía que yo la viera, después de todo era joven e impresionable y menor de edad, (jaja)  pero de un modo u otro siempre me las arreglaba para entrar a la sala de cine sin levantar sospechas.
Recuerdo la luz de la tarde que contrastaba con la impenetrable oscuridad del cine, la aspereza del viejo asiento contra mi espalda, la oscura forma de un hombre a dos butacas de distancia, el rostro bello de Juliette Binoche en un impresionante close up y la innegable emoción de ser testigo de algo eróticamente prohibido
Saber que no debía estar ahí me ponía los nervios de punta y me hacía mirar por encima del hombro pendiente de cada movimiento, manteniendo un ojo en la pantalla y otro en lo que rodeaba, así que cuando el hombre a dos butacas de distancia se levantó y avanzó hacia mí, poco faltó para que me diera un ataque.
La adrenalina corrió en mis venas, me preparé para gritar, escapar, para todo…excepto lo que ocurrió.
—¿Qué haces aquí? — preguntó entre susurros una voz impregnada de un fuerte acento.
—¡Oh Dios! — alcancé a gemir antes de cubrirme la boca. Tres filas adelante una voz siseo pidiendo silencio y sin que yo lo hubiera pedido Alex se dejó caer a mi lado.
—No deberías ver esto— susurró.
Me tomó un segundo pensar la respuesta y dos más convencer a mi lengua que debía moverse pero cuando lo hice, todo el miedo se evaporó y sólo quedó la secreta excitación de estar con él en la oscuridad—¿Tu sí? — lo tuteé saltando de un solo golpe la distancia entre un maestro y su alumna.
Alex dirigió la vista a la pantalla y yo aproveché para mirar de reojo su maravilloso perfil, tras una pausa anuncio —Soy mayor de edad — como si yo no supiera.
—¿Y qué? — me alcé de hombros y dirigí mis ojos a la pantalla, donde tenía lugar un prohibido, y quizá por ello, excitante encuentro sexual. — yo no…así que acúsame.
Sonreí ante el muy audible bufido de frustración y durante los siguientes cinco minutos nos dedicamos a ignorarnos mutuamente, fingiendo estar atentos a la pantalla.
Mi corazón latía tan rápido, el pulso frenético de mi sangre vibraba en las yemas de mis dedos que a falta de algo mejor se aferraban al reposabrazos de la butaca.
—Esto no es bueno — lo escuché musitar pero me negué a seguirle el juego y fingí que no me afectaba, sin embargo para cuando la escena terminó y a pesar de mi fanfarronada, no puedo negar que me sentía sucia.
—¿Satisfecha? — preguntó con un poco de resentimiento.
—¿Por qué habría de estarlo? — lo miré y me alcé de hombros— es sexo fingido, si fuera real pues…
—¡Dios! — un gesto extraño cruzó por sus facciones y la cadencia de su acento resultó tan clara como el tañido de una campana. —tenían razón.
—¿Quiénes?
Alex obvio mi pregunta y siguió hablando para si  —eres un desastre a punto de ocurrir.
Fue como recibir un golpe en la cara pues nada me habría herido más de lo que esas palabras lo hicieron.
“Un desastre a punto de ocurrir”…eso era yo. Esa era la percepción de los que me rodeaban, de algún modo siempre lo supe pero hasta entonces, nadie lo había expresado con esa claridad.
Un dolor muy físico me estrujó el corazón, la sensación de estar más sola que la una me llenó de una rabia feroz que sólo deseaba devolver el golpe.
—Quizá —acepté tragándome las lágrimas. Fijé una vez más los ojos en la película— pero no soy tu desastre o nada que tenga que ver contigo.
Supongo que Alex comprendió el desliz verbal que había cometido porque me miró con preocupación teñida de remordimiento. —¿No lo entiendes?
—No hay nada que entender — negué con la cabeza para puntualizar mi mente buscaba una forma de causar daño— aunque es divertido darme cuenta de lo mucho que piensas en mi.
Alex desechó el comentario con un movimiento de mano— Eres una chica con muchas posibilidades… — comenzó a explicarse.
—Ahórrate — le dije sin bajar la voz, la sensación de vergüenza se agudizó — Lo que digan de mí, me tiene sin cuidado, he vivido con los rumores mucho antes de que aparecieras y seguiré cuando te vayas.
—Escucha… — siseo.
—No — lo atajé y sonreí sintiendo deseos de ser mala o sé que se apoderó de mí, ni de donde saqué el valor para colocar la mano sobre su rodilla pero al hacerlo percibí la fuerza y el calor de su cuerpo bajo la rugosa tela de los jeans,— que pasa profe,— lo provoqué.— ¿No se siente tentado a averiguar qué tan mala puedo ser?
Alex se envaró, sus ojos me fulminaron tratando de mostrar la autoridad de un adulto pero me negué a ceder. No era una chica buena, me recordé, sino un desastre andante al que todo mundo auguraba un mal final, así que tocarlo era algo casi esperado.
—¡Loca! —me sostuvo la mirada antes de deshacerse de mi mano de un golpe— ¿tienes idea de lo que ocurriría si alguien nos viera?
—Algo así —sonreí al imaginar el escándalo — pero cuento con ello.
Alex miró de derecha a izquierda, estaba furioso, su respiración áspera llenaba el silencio entre nosotros.
—¿Qué es lo que tratas de probar? — preguntó.
—Yo…— le regalé una sonrisa torcida — nada, todo mundo ya se ha encargado de dejar claro que soy mala.
—Mala o …
Nunca supe que era lo que intentaba decir, tampoco estaba de humor para escuchar.
—¿A le qué temes? — pregunté sintiendo el eco de su toqué en mi piel, —¿A los rumores, el descredito…?—sonreí malvada– o a ceder.
No sé que esperaba, si que responderá o que no, sólo sé que algo dentro de mi dolía y deseaba que el dolor cesara.

martes, 12 de junio de 2012

Memorias de una chica mala (capitulo 3)


Algunos recuerdan la escuela como la etapa más feliz de la vida y cuando se les pregunta, dicen que harían cualquier cosa por volver, nunca le he encontrado sentido a esa afirmación.
La preparatoria no fue una etapa feliz, al contrario, la sentía como algo cercano al infierno, así que preferiría que me arrastraran cuatro caballos salvajes que volver a pasar por ella.
Es decir, ¿Por qué coño volvería al punto en donde, además del absoluto desastre que era mi vida familiar, tenía que lidiar con las personalidades retorcidas y malévolas de mis compañeros?
La respuesta es simple: por nada del mundo.
En aquel entonces, mi propio ego era una cosa frágil y quebradiza que me empeñaba en esconder tras una gruesa coraza de cinismo.  Es decir, no es que las palabras y actitudes de rechazo no me hirieran, sino que siempre me las arreglaba para esconder mi dolor, usando una actitud de “me vale madre”
Además de la autodefensa había un gran componente de rebeldía en mi actitud. A pesar de sentirme una anormal me negaba a someterme a las imposiciones dictadas por la moda.
En la prepa o instituto – como quieran llamarle- siempre hay entes lastimosos empeñados en integrarse al hato y por lo tanto capaces de hacer cualquier cosa por conseguir aceptación.
Nunca fui de esos.
Supongo que a cierto nivel deseaba lo mismo, sin embargo íntimamente comprendía que mis gustos y aficiones nunca serían comprensibles ni aceptables para, la descerebrada y conformista, masa de chicos con la que a fuerza tenía que tratar.
Para mi resultaba más simple decir: “Ve a saludar a tu hetaira progenitora” que era mi manera florida de mandarlos a joder con – y a- su madre, que tratar de ponerme a nivel y desconectar mi cerebro para ser capaz de interactuar la manada y hablar de música Pop o sobre los guapos de la clase, que en mi opinión brillaban por su ausencia.
Que puedo decir… tenía- más bien tengo- gustos raros.
Me encanta la literatura del siglo de oro, cuando era adolescente, algunas veces incluso repetía partes de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, como un mantra que me ayudaba a pasar los tragos amargos del día.
Además amaba escuchar a Nine Inch Nails, , lo que junto con el maquillaje oscuro y el código de vestimenta tirando a dark no me convertían en la reina del baile.
Académicamente tampoco sobresalía mucho, sin falsa modestia puedo decir que era una chica muy inteligente, aunque no muy lista.
En mi, lo que ahora los psicólogos llaman inteligencia emocional, brillaba por su ausencia en mi personalidad. Supongo, de nueva cuenta, que era asunto de las hormonas, pues se me hacía mucho más fácil- y más satisfactorio- emprenderla a golpes que usar mi habilidad verbal para despellejar.
Con esos antecedentes no es de extrañar que mi vida se desarrollara al margen, de la sociedad, por así decirlo. Hubiera sido la victima perfecta de bulling –  conducta que para cuando estudie no tenía nombre –a no ser por mi reputación de salvaje que me había conseguido un margen de respeto.
El mismo que se les da a los locos.
Sin embargo a Alex no parecía hacerle meya mi oscura notoriedad.  Tras el fracaso inicial, decidió tomarse las cosas con calma, sin quitar el dedo del renglón.
De un modo u otro me incitaba a participar en sus clases.
Al principio no me lo tomé bien, por dos razones, la primera era que estaba más que acostumbrada a ser ignorada.
La segunda es que hasta el día de hoy padezco lo que mi madre llama “Conflicto de autoridad”, es decir, me enferma, encabrona, cabrea, emputa y otra gran cantidad de palabras soeces, que me den órdenes.
-Naciste para ser jefa – aun dice mi vieja, con voz dulce y sonríe como si al cabo de los años ese defecto se hubiera convertido en virtud.
Alex, que en realidad era un hombre de lo más intuitivo, decidió apelar a la curiosidad en vez de utilizar la fuerza o de aplicarme el código de silencio.  Día a día, clase a clase, se dedicó a retar mi incipiente confianza intelectual con problemas matemáticos que fueron escalando en complejidad.
Al principio ni siquiera me di cuenta de lo que pretendía, cegada por el rencor, la mala leche y otros tantos sentimientos incomprensibles e inmanejables para la adolescente que aun era, respondía a sus preguntas del peor modo posible, sin desanimarlo.
Impasible ante mis desplantes, Alex seguía haciéndome preguntas en un tono que, sugería un desafío a mi inteligencia aunque nadie más parecía percibirlo de ese modo.
a causa de mi inmadurez, sentía cualquier reto del mismo modo que un toro percibe un trapo rojo: como una oportunidad para atacar, y así casi sin darme cuenta una tarde me encontré, lápiz en mano, trabajando y obligando a mi mente enfocarse en algo diferente a los malsanos miasmas de la realidad para abrirse a una idea que no había contemplado: yo era realmente buena en mate.

sábado, 26 de mayo de 2012

Memorias de una chica mala (capitulo 2)


A lo largo del tiempo ha habido periodos en los que me he sentido confundida, sola, extraña, incluso un poco malvada, supongo que es hasta cierto punto natural, a todos nos ha pasado, pues sin importar lo perfecta que sea nuestra vida, los seres humanos tendemos a joder las cosas.
Sin embargo esos periodos nunca son más violentos o difíciles de sobrellevar que  mientras atravesamos los vendavales de la adolescencia. Es entonces cuando y a pesar de que, en apariencia debamos estar llenos de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, en realidad tan sólo somos humanos y de un modo u otro siempre terminamos haciendo y diciendo cosas de las que nos arrepentimos más tarde.
Algo así fue lo que ocurrió la primera vez hablé con Alex.
Podría argumentar, para defenderme, que justo en ese momento, mi pobre humanidad era presa de mis malvados impulsos hormonales que me obligaban a ser literalmente una perra del mal.
Pero no lo haré.
Éste es mi diario y es aquí donde puedo ser absolutamente honesta, para aceptar que la regué (como decíamos entonces) y convertí la oportunidad de comenzar de cero, con un nuevo profesor, en algo parecido a un pequeño cuento de horror.
Mi única excusa es que la mañana de ese día me levanté con el pie izquierdo o mejor dicho no llegué a acostarme. Aquella noche la pasé arrellanada sobre un sillón, mientras mis viejos (como siempre) usaban las horas muertas de la madrugada para tratar de hacerse más daño.
Aun ahora, y a pesar de que el paso de los años me despojaron de todo sentimentalismo inútil, recordar aquel dolor convertido en palabras, todavía consigue estremecen a la chica que fui.
Un genio de mil demonios, delineado oscuro en los ojos, rastas en el cabello,  botas de trabajo y la actitud de me vale madre la vida, fue lo que llevaba como escudo para confrontar los resultados del test de diagnostico.
—Mondragón — me llamó Alex con voz clara. De inmediato el vientre se me llenó de mariposas, aunque tuve el cuidado de actuar como si todo me tuviera sin cuidado.
No sé que debió pensar al verme aunque reconozco que no pareció particularmente impresionado por mi aspecto,  De haber estado en su lugar no habría vacilado en tacharme, al menos, de problemática por no decir de loca.
—Mondragón—repitió  en cuanto estuve a su lado.
Si, ese es mi apellido, pero no lo gastes… pensé
No se la puse fácil, no estaba de humor para ser condescendiente así que todo lo que hice fue mirarlo con hastió, hasta que sus manos de dedos largos y elegantes tomaron con un poco más de fuerza de la que era normal, el legajo de papeles que yacía sobre el escritorio.
—Tome asiento — me pidió tras la pausa y con la misma desgana de siempre me dejé caer en una silla que él mismo había colocado junto a su escritorio.
Tras un par de segundos de embarazoso silencio, los cuales pasé mirando la rayada punta de mis botas, Alex carraspeo y dijo —¿problemas?
No pude evitar reír con amargura. Más de los que imaginas idiota....
—¿Algo es gracioso? — preguntó ligeramente exasperado, era claro que no tenía idea de cómo lidiar conmigo.
Sintiendo una alegría malvada ladeé la cabeza en un gesto ambiguo.
—A tu edad no debería haber — dijo e hizo un gesto de cansancio
Si…claro…se nota que no recuerdas lo que es tener 17… pensé al tiempo que cabeceaba rencorosa.
—Supongo que está de más preguntar.
No me sorprendió su aparente interés. De tanto en tanto aparece algún profe que parece creer que, con un poco de dialogo, las cosas cambian…Ilusos…
Me encogí de hombros.— ¿Que quiere saber? — murmuré finalmente.
Mi voz lo sorprendió y hasta conseguí que sonriera.
—Tu nombre para comenzar.
No pude evitar la mueca de hastío, era más que obvio que sabía quién era, después de todo lo había escuchado pronunciar mi apellido.
—Sería redundar — dije sin ganas de ceder
Su sonrisa se tornó genuina antes de repetir — Redundar…interesante palabra.
—Significa repetir…— gruñí enojada — además es sólo una puta palabra.
Debí haber cerrado la boca, pero no estaba de humor para soportar a otro idiota (por muy bueno que estuviera) burlándose de mí y de modo de hablar.
El agraciado rostro de Alex se crispo, sus sensuales labios se convirtieron en una línea.
—Julia Mondragón— pronuncio mi nombre y apellido, en lo que me pareció un burdo intentó de intimidación.
Ahí va…uno más que enseña el cobre, pensé esperando la llamada de atención reglamentaria.  Una parte de mi se sentía realmente desilusionada. No sé porqué, pero había esperado algo más de él, por otro lado era bueno saber que no tenía que idealizarlo. El profe Petricelli era igual a los demás, tan sólo otro maestro obtuso incapaz de ver nada más que mi apariencia.
—Lamento si creíste que me burlaba— su tono se suavizo a pesar de su obvia contrariedad— nunca fue mi intención, en realidad me resulta estimulante encontrar a alguien con variedad en el vocabulario.
De no ser por la costumbre de mantener un rostro neutro creo que habría abierto la boca. Nunca antes había recibido una disculpa o un halago y mucho menos de un maestro.
—Desde luego, conozco tu nombre, número en la lista y hasta el promedio de calificaciones,— continuó impertérrito — simplemente creí que escucharlo de ti era una buena forma de romper el hielo.
Tenía razón, lo sabía.
La vergüenza coloreo mis mejillas, me sentí torpe y estúpida, una nena malcriada incapaz de ver nada más allá de sus narices.
A pura fuerza de voluntad conseguí balbucear una disculpa y me alejé de ahí, más enojada conmigo de lo que había estado con el mundo.