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jueves, 19 de julio de 2012

Lucía Maller Capitulo 4


—Resulta más teatral de lo que es en realidad.
Las palabras— venidas de algún punto a mis espadas, me hicieron saltar como un conejo aterrado.
—¿Qué?... ¿Quién?...yo…— balbuceé como un idiota mientras giraba en redondo buscando el origen.
—El asunto de la autopsia…— respondió un chico, o más bien un niño con aspecto de haberlas pasado jodidas: flaco como un fideo, blanco tirando a transparente y cuya ropa era un conjunto de harapos grises en los cuales sólo la posición con respecto a su cuerpo— o la representación de éste— diferenciaban.
—Es horrible — respondí sin saber si me refería a él, la situación o al desastre sangriento en que se había convertido mi cuerpo.
El chico se movió aunque no fue exactamente como si lo hiciera, más bien fue un asunto de estar y no estar. En un momento lo tenía frente a mis ojos y al siguiente ya no.
—Ni tanto — dijo a mis espaldas, obligándome a girar de nuevo, esta vez confrontando la chocante escena de mi torso abierto
Volví a experimentar, la ya conocida opresión en el pecho, que nada tenía que ver con malestares físicos, al ver la forma en la que había terminado en envase vacío que había contenido mi alma.
—No te sientas tan mal — dijo desde el otro lado de la fría mesa de acero sobre la que yacía mi cascaron, — en realidad te ves mejor que la mayoría de la gente.
—¿Se supone que eso debe consolarme?
—Sólo si antes de morir tu nivel de inteligencia era igual al de una Barbie — respondió mordaz al tiempo que tocaba la frente de lo que había sido mi cuerpo, para mi sorpresa una capa de hueso y piel se desprendió dejando al descubierto el cerebro.— y aquí hay más que raíces.
No supe que responder, me sentí horrorizada pero también entumida a la vez, así que me limité a cabecear ambiguamente.
—Aunque…— dijo ante mi silencio — podría equivocarme.
—¿Tú crees? —pregunté extendiendo la mano para tocar piel que alguna vez llamé mía y sin ser capaz de sentirla— yo…no lo dudo.
El pecho del chico se crispó emitiendo un gorjeo que se parecía a una risa —¿Por qué? la gente estira la pata por tonta, —  precisó y luego se quedó callado un momento — bueno, algunas veces sí, pero no creo que sea tu caso.
—¿Estoy muerta no? —le espeté casi deseando que me corrigiera.
—Totalmente.— dijo sin vacilar, — como un gato en una autopista a la hora pico.
Era una alegoría de lo más perturbadora, al igual que el espectáculo de mi ex corazón yaciendo sobre la balanza como en espera del juicio final.
—¿Qué posibilidades tiene una chica lista de acabar en éste lugar?
—¿Sinceramente? — el chico se rasco la cabeza en un gesto muy … vital — las mismas que una chica tonta, el único requisito es respirar previamente.
Menuda ayuda, pensé irritada,—No me digas.
—No preguntes estupideces si no quieres respuestas estúpidas.
—Vaya — lo miré casi con ira — muerta y en adorable compañía.
—No te quejes podría ser peor, — el chico alzó sus famélicos hombros —agradece que no te topaste con el comité de recepción.
El recuerdo de las fantasmales manos tratando de sujetarme me estremeció de los pies a la cabeza —Los…los…— ni siquiera era capaz de encontrar la palabra que los describiera, un frio que no tenía nada de natural pareció rodearme al pensar en ellos.
—Así que ya los has visto, ¿En serio? — el chico me miró con interés y chasqueo la lengua —¿Los fantasmas del precinto?
—Los silenciosos —rectifiqué devolviéndole la mirada —si, los he visto.
—¿Cómo lograste escapar de ellos?— preguntó sorprendido.
—No lo sé.— atiné a murmurar, — de verdad no lo sé.
El chico silbó y de nuevo tuve esa extraña sensación de irrealidad. Quien quiera que fuera parecía extrañamente enérgico…vivo diría.
—Has tenido suerte hermana — murmuró — más de las que te imaginas.
Me reí con amargura — Dudo que terminar en una mesa de autopsia pueda llamarse suerte.
—Como dije antes — el chico suspiró — hay cosas peores que la muerte.
Nos quedamos en silencio un largo rato, él parecía evaluarme y yo fingía centrarme en mis despojos mortales.
—¿Quién eras? — pregunté sin estar segura de porque hice la pregunta en pasado.
Un suspiro sonoro y a la vez quebradizo llenó la sala, más que un acto corporal, era una manifestación casi física de un dolor profundo.
—Soy — él me corrigió mirándome con unos ojos extrañamente incoloros —aun soy.
Una profunda sensación de vergüenza me cubrió, ¿Cómo se me había ocurrido formular de esa manera una pregunta que en mi nuevo estado resultaba insultante?
—Eres — dije corrigiéndome —¿Quién eres?
Una sonrisa triste se anuncio en los delgados labios del chico, una que sin embargo no llegó a completarse y murió convertida en mueca —lo mismo que tú, supongo.
Supongo… su respuesta me dolió, así que alegué con rabia—¿Y que se supone somos? ¿Fantasmas? ¿Aparecidos? ¿Almas en pena? o... —titubeé antes de formular la última pregunta, hacerlo requirió toda la fuerza de voluntad que aun me quedaba— ¿Demonios?
—No —él respondió más rápido de lo que esperaba y con una entonación absurdamente chillona que hizo vibrar el liquido de los frascos pulcramente alineados en las repisas de la pared, — no —repitió como intentando convencerse y esa duda reflejada en su voz, fue tan aterradora como el abrazo de los silenciosos. 

sábado, 16 de junio de 2012

Lucía Maller Capitulo 3


Perderse en las emociones no es buena idea estando viva, el riesgo de dejarse ganar por la pasión y hacer algo estúpido es enorme.
Muerta es aun peor.
Mi estallido no fue liberador sino al contrario, al no tener la restricciones que la física impone, el espíritu queda a merced de la fuerza de las emociones incapaz de sujetarse a nada.
Me tomó un tiempo rehacerme, por darle nombre al proceso lento y doloroso de tomar conciencia de mi misma, el suficiente para que el escenario cambiara. 
La policía y toda su parafernalia habían desaparecido, al igual que mi cuerpo y en mi antigua habitación tan solo quedaban las huellas de lo que fue y ya no era.
La tarde caía y la moribunda luz del ocaso formaba sobras alargadas sobre el piso manchado con…
Mi sangre.
lo supe al instante pero rechacé cualquier sentimiento de autocompasión, no ganaba nada revolcándome en mi miseria. A duras penas había salido de un estallido emocional, no quería caer en otro de nuevo y menos tan pronto.
No tener cuerpo tiene sus ventajas, la más obvia en ese momento era la ausencia de olores. Ya era malo ser testigo de una parte de la descomposición para, además, soportar el hedor.
Tratando de no mirar y aunque parezca cosa de locos, tampoco pisar las manchas, decidí que no ganaba nada con permanecer ahí. En vida me la pasaba encerrad en esas cuatro paredes, ahora tenía el menor deseo de repetir el patrón.
Lo cual me planteaba una extraña disyuntiva a donde ir o más extraño ¿a qué?
La imagen del detective O,Connor apareció ante mis ojos, clara y nítida como solo puede serlo la realidad y antes de ser capaz de comprender como, me encontré de pie en medio de un salón lleno de escritorios, polis y delincuentes y algo más.
Algo que me habría quitado – y no de buena manera —el aliento… de tenerlo.
Si… así es, me tomó un instante comprender que la multitud que se congregaba en aquel reducido espacio, atestando cada centímetro disponible en una espeluznante manifestación de desesperación, tenían más en común conmigo que con O´Connor.
Almas…
Decenas, o quizá cientos, miraban con ojos ausentes y expresión, vacua al circo de tres pistas que era el precinto policial.
Mi padre estaba equivocado— como siempre— el infierno existía y ésta, debía ser la antesala, pues tanto dolor y desesperación no podían venir de otra parte que no fuera el lugar maldito.
Pensamientos dispersos y erráticos se agolparon en mi mente al contemplarlos. Hombres, mujeres, niños, niñas, seres de todas las edades, tiempos, clase y condición social se agitaban en el ensordecedor silencio de las almas en pena.
¿Yo era una de ellas?…
Innumerables manos se sujetaron a mis hombros, las percibí todas, grandes, pequeñas, suaves, rudas. Al principio lo sentí casi como una bienvenida a la hermandad de la que ya formaba parte, y por un breve instante, tuve la idea de dejarme caer en el extraño abrazo.
Sería tan fácil hacerlo, tan simple renunciar a mi dolor al miedo y quedarme como un testigo silencioso…desaparecer
¡No!... no, y no. yo no pertenecía a ese lugar, no me quedaría enganchada a ese terrorífico tapiz.  Luché contra el horror recurrente de sentirme atrapada en algo oscuro e irreversible que sacaba fuerzas de mi desesperación, pues mientras más me agitaba, aquellas manos anónimas se volvían más fuertes, frías, reales, extrañamente más…  vivas.
—No…no…no…— grité, ordené y gemí.
No hubo otra respuesta que una corriente de silencioso regocijo, frio y letal como una hoja de acero al morder la carne.
Sentí lagrimas correr por mis mejillas aunque sabía que era imposible. Los muertos no lloran… ¿O sí?
—¿Por qué sigo aquí?— pregunté finalmente dejándome arrastrar.
Afortunado error…
Mi primera lección de etiqueta fúnebre vino con esa sencilla expresión, pues bastaron apenas unas cuantas palabras para hacer que la silenciosa pero violenta, aglomeración de taciturnos espíritus se apartara.
Un millón de voces, desaparecidas desde hacía mucho, murmuraron, gimieron y lloraron penas y amenazas que no conocía y tampoco deseaba conocer.
Decidí en ese momento que las preguntas existenciales no eran para los muertos. Lo mejor era dejar la filosofía a los vivos, pues a los muertos solo les importaba el descanso que les estaba negado.
Igual que a mí.
Era el momento de escapar, ahora que los silenciosos eran presa de sus sufrimientos individuales, antes de que algún detalle los hiciera reaccionaran y se acordaran de mi y de conciencia, individualidad y energía de la que parecían querer alimentarse.
Muerta si, estúpida no.
Del mismo modo en que deseé ver a O´Connor, imagine mi propio cuerpo con el único deseo de escapar y si creía que saliendo de ahí  las cosas no podían ir peor…pues, temo que me equivoqué porque lo siguiente en aparecer frente a mis ojos, fue mi propio corazón sobre una balanza ensangrentada.
Seguramente hice algo muy malo cuando estaba viva, aunque no podía recordar que.
Definitivamente karma is a bitch…

lunes, 4 de junio de 2012

Lucía Maller Cap 2


Mientras vivía escuché decir muchas cosas sobre la muerte, mi abuela hablaba de un paraíso donde -con la excepción de mi padre, quien por el contrario, aseguraba que, al estirar la pata (su eufemismo fúnebre favorito) todo terminaba. - la familia estaría juntas y feliz para toda eternidad.
Los dos estaban equivocados, tras mi muerte no encontré el paraíso que la abuela prometía, ni hubo coros de ángeles, túneles de luz o cosa parecida. Papá tampoco acertó porque no desaparecí, ni perdí la conciencia  ni me esfumé en la nada, al contrario, seguí siendo yo, Lucía Maller la misma patética criatura de siempre.
La realidad es que la muerte se parece a la vida o para explicarlo (de la manera más concreta que se me ocurre) estar muerta es como estar viva en un plano diferente.
Tal vez pareciera que trivializo el asunto, pero ¿Qué más puedo hacer? temo que, si profundizo en mis sentimientos perder la razón, ya tengo suficiente con adaptarme a no respirar, como para agregar locura a la ecuación.
Por el momento, me va mejor no pensar en mi nuevo estado y es que algunas veces la realidad puede ser más aterradora que la misma muerte.
No es que no comprenda la enormidad del hecho, es sólo que no encuentro palabras para describirlo, mis emociones al igual que en vida, no tienen una forma concreta, son más bien capas y mezclas incomprensibles, porque aun ahora, la verdadera naturaleza del odio, el amor o la indiferencia siguen siendo un misterio.
Sin embargo, a pesar del temor, a pesar incluso del riesgo de la locura, siento la indeseada y al tiempo inevitable necesidad de saber.
Se dice que el conocimiento es poder, pero justo ahora no lo siento así, saber es temer. No tanto quien me hizo esto, sino el porqué, que es, en última instancia la pregunta más difícil de responder y de la que no puedo huir.
Sé, de cierto, que alguien terminó con mi vida. Un ser, digámosle humano, me puso en ésta condición, de la que me es imposible escapar. Saber quien, no cambiará las cosas, pero… saber seria un comienzo.
Imagino que si consiguiera recordar mis últimas horas, tendría la imagen de mi asesino, tal vez hasta un nombre, lo que me haría más fácil responder a la pregunta que ahora me atormenta: Por qué.
En el poco tiempo que llevo de muerta (si tuviera tráquea me atragantaría al decirlo) no he podido pensar en otra cosa.
¿Hice algo malo? ¿Hablé con la persona equivocada? O ¿Quizás fue simplemente mala suerte?
Esa es la parte que ignoró y que me causa aun más repulsión que mirar mis despojos desde fuera me doy cuenta, no sin cierta furia que muerta soy aun más lastimera.
El rojo teñido de mi cabello, luce ahora más sucio y desaliñado que de costumbre, tengo la piel del color de la ceniza, fría y llena de laceraciones que ya no curaran, aunque todavía llevo el esmalte azul que le puse a mis uñas el jueves… ¿El viernes?…o ¿Qué día es hoy?
No lo sé, mi precepción del tiempo parece tan alterada como mi estado físico, soy incapaz de recordar o situarme y comprender si es día o noche, primavera o verano, aunque podría ser primavera y verano, otoño e invierno, abril y junio, todo a la vez.
De cualquier manera no importa.
Como tampoco importa la falta de modestia de mis desgarradas ropas: la camiseta negra con la imagen de una virgen parece un trapo mugriento que cuelga de mis hombros, los viejos y desteñidos jeans tienen más raspones de los que recordaba, he perdido una de mis zapatillas Coverse y la otra está cubierta con algo que puede ser sangre, vomito… o las dos cosas.
Sentiría asco por lo que fui, pero no puedo, aunque tampoco hay pudor, ese ha desaparecido y tan sólo queda la pena.
Miro la cascara vacía que fue mi cuerpo, casi sin reconocerme. La vida abandonó mis ojos, que ahora, glaucos y fríos, fijan la mirada ciega en algún lejano punto.
Sentí la rabia más abyecta descender sobre mí como un sudario mojado y frio.
Es cierto, yo no era una supermodelo, ni una científica de altos vuelos… ni una madre. Nunca había hecho grandes cosas – y ya nunca las haría- pero estaba viva, tenía un cuerpo que, sin ser el epitomé de la belleza femenina, por lo menos, era mío, un corazón que latía en mi pecho, ojos, manos, piel y si bien no era la gran cosa, tenía un futuro, patético o grandioso, nunca lo sabría, porque alguien cegó de golpe.
¡No era justo!
No lo era…
¡No!...
La ira se acumuló en mi pecho, solida y fría como un bloque de hielo que me aplastaba hasta convertirme en simple oscuridad. El dolor que me atravesó fue repentino y brutal que habría perdido el aliento… de tenerlo.
Nunca antes en vida sentí una emoción con tan horrenda pureza. y puesto que mi ser estaba -por decirlo de algún modo-en carne viva no había manera de escapar, ni arrinconar el sufrimiento en algún pequeño espacio de mi mente o encerrarme a mi misma ahí y cambiar la desesperación por un dolor físico, puesto que el cascaron vacío de mi cuerpo ya no me permitiría esa forma de evasión.  
Un grito de rabia y agonía estalló en mis labios, incontenible y sangriento como la flor roja que desgarraba mí pecho. Un alarido de muerte, hecho por la muerte misma, reverbero en las agrietadas paredes, agito las grasosas cortinas de una habitación que ya no era mía e hizo vibrar la superficie del agua que se acumulaba sobre los platos sucios.
El mundo entero pareció estremecerse alrededor pero ninguno de los vivos, a excepción del detective d O´Connor y el perro de la unidad k-9, fueron capaces de sentir el impacto de mi desesperación.
¿Qué coño era aquello de descansar en paz?


miércoles, 25 de enero de 2012

Lucia Maller…una historia de fantasmas.


Su nombre era Ian O´Connor y tenía un par de hoyuelos deliciosos en las mejillas. El único problema era que sólo los dejaba ver de tanto en tanto cuando sonreía, algo que no hacía con frecuencia, pero eso no lo supe sino hasta mucho más tarde.
Lo conocí en el peor de mis días, bajo la más mala, absurda y horrenda de las circunstancias y es que la muerte trágica, más cuando es la propia tiende a hacer coincidir dichas particularidades.
Supongo que antes de seguir hablando de Ian O´Connor debería presentarme aunque realmente no le veo el caso. No es como que pueda estrechar la mano o saludar con un par de sonoros besos o tan siquiera lucir una deslumbrante o parca sonrisa porque ni siquiera tengo rostro que mostrar.
Si, así es, suena extraño al pensarlo y mucho más la forma en que se siente pero es la forma en la están actualmente las cosas.
Así pues comenzaré diciendo que me llamo Lucia Maller, tengo…no, tenía 24 años, un departamento miserable en un edificio de segunda, por el que pagaba una hipoteca, un trabajo aburrido y una gata de tres patas a la que amaba…no, a la que amo más que a mucha gente que he conocido en la vida y estoy muerta.
Muerta… que palabra tan dura y tan rotunda para describir un estado que ni siquiera ahora puedo comprender realmente. No es algo de lo que me enorgullezca. Es decir, siempre me consideré una mujer inteligente o por lo menos lo suficiente para encajar en cualquier situación.
En el instituto no era de las chicas populares, esas que tienen como novio al tipo más buenorro y saben que ropa usar para mostrar sus atributos. Así pues no era una diva pero tampoco una paria. Aunque me encantaban las botas de trabajo, los aros en el ombligo y el delineador negro nunca usé nada de eso por temor a sobresalir.
No es que distinguirse sea malo, es solo que había que hacerlo por los motivos correctos y lucir  como refugiada de la oscuridad no parecía uno.
Viéndolo en perspectiva, creo que era cobarde, temía al rechazo así que lo evitaba mimetizándome con el montón. Si, lo confieso, fui una más de las ovejas pero tuve algunos amigos…
¿O no?
La dolorosa verdad es que no.
Creo que estar muerta hace que esos detalles se conviertan en nimiedades y me obligan a aceptar que en realidad no tuve amigos reales sino compañeros. La clase de gente que firma los anuarios al final de año y se olvida de ti.
Siendo honesta admito que mientras estuve viva fui común tirando a mediocre y lo único que me hace original no es la muerte, sino la forma en que morí. Resulta irónico que una vida tan común haya terminado de forma abrupta y cruel.
Lo que nos lleva de nuevo a Ian O´Connor que como podrán adivinar si tiene un trabajo poco usual. No es que los detectives de la división de homicidios sean escasos pero tampoco conocí a muchos.
O´Connor fue mi primer en muchos sentidos, no es que en vida hayamos coincidido -y francamente dudo que de hacerlo él hubiera reparado en mi como para eso- sino que fue el primer (de hecho el único) hombre que se interesó en mi como persona.
En ese momento comprendí –demasiado tarde- que acababa de encontrar al tipo más decente que hubiera conocido. Pude notarlo con un vistazo a esos ojos azules que miraban los despojos de mi cuerpo con pena real en lugar de la hastiada indiferencia de los otros detectives. En el tacto firme pero delicado con el que sus manos tomaron mi barbilla para mirarme a la cara y el tono suave y controlado con el que me prometió que encontraría a quien me hizo daño.
Estar muerta debía haberme vuelto cínica sin embargo le creí.